Intermediarios.


Viviendo en Almería es difícil no cruzarte con un intermediario por la calle. Pensad que por ese tomate que os cuesta dos euros el kilo el agricultor viene a cobrar unos cuarenta céntimos. ¿Qué pasa con la diferencia? Pues se suele invertir en coches de gama alta, viviendas para tener una rentita y otros lujos varios.

¿Demagogia? Puede ser. Pero mi mente no acepta que una persona gane un pastizal por hacer dos llamadas, cuando otra se tira todo un año pateándose el invernadero para producir los tomates con los que el primero especula. Porque el tomate sale listo para comer del invernadero, y todo lo que viene después no le aporta ningún valor al producto, simplemente lo traslada desde el campo a las estanterías de los supermercados. Y en cada kilómetro que recorre, en cada mano que manosea ese tomate, el precio se va multiplicando.

Esto es solo un botón de muestra, porque los ejemplos del dinero que va de nuestro bolsillo a manos de especuladores nos rodean por todos lados.

Por ejemplo, la electricidad. Hace pocos años se promulgaron leyes para liberalizar el sector. Las mentes bienpensantes decidieron que había que abrir ese mercado a la libre competencia por el bien del consumidor, y no se les ocurrió otra cosa que separar la producción de la comercialización. Resultado: hasta ese momento, la misma compañía que producía la electricidad se la vendía a los usuarios, pero a partir de entonces una empresa produce y otra distinta vende. Resumiendo: hay dos empresas que hacen lo que antes hacía una. Dos empresas que tienen costes, que tienen empleados y que ganan dinero. Mucho dinero. Ya veis, ahora el mercado es libre, ¡que bonito!, y como resultado nosotros pagamos mucho más por lo mismo.

En realidad el caso de la electricidad tiene más derivadas, porque estamos pagando todo el despilfarro que se realizó en tiempos de la burbuja de las renovables. Conozco a un señor que cobra seis mil euros al año, de por vida, por el mero hecho de que pasa por sus tierras el camino que va a un parque eólico. Ni te cuento lo que cobran quienes tuvieron la suerte de que le cayeran en sus secarrales un par de molinos (vulgo aerogeneradores). Y todo eso lo estamos pagando tú y yo en cada recibo de la luz. Pero vamos a dejar este tema porque hoy la cosa va de intermediarios, no de sinvergüenzas en general.

Yo definiría intermediario como aquel sujeto que hace que algo cueste más para quedarse con la diferencia. Como ocurre con el tomate, el pepino, la electricidad, la telefonía… ¡caramba! ¡con casi todo! Pero… ¿qué está pasando aquí?

Porque parece mentira que hoy en día te puedas comprar un tornillo en China por el aliexpress y te cueste diez centimitos sin gastos de envío, y sin embargo por productos y servicios que se producen, como quien dice, al lado de casa tengamos que pagar el peaje de todo tipo de empresas intermediarias que se lucran únicamente por cambiar las cosas de lugar. ¿En esto consiste la economía de mercado? ¿En que haya un montón de manos pegajosas entre la cadena de valor y el consumidor final?

Está uno harto, pero bien harto, de todas estas empresas que en realidad no hacen nada, empresas que son cáscaras vacías que no producen y que viven únicamente de estar en el sitio adecuado y en el momento justo. Eso sí, lo hacen con mucho arte. Te fríen a llamadas, te acosan con publicidad, defiende su espacio (legal o no) con uñas y dientes, y se buscan las habichuelas de mala manera para colarte un gol por la escuadra.

Por ejemplo, algunas compañías de alquiler de vehículos a bajo coste. ¿Sabéis cual es su verdadero beneficio? ¡Las comisiones por los seguros! Vaya que sí. Ellos te ofrecen un coche en alquiler a muy bajo precio, tan bajo que a ellos casi no les sale rentable, pero cuando ya te han enganchado con el precio, justo antes de darte las llaves del coche… ¡vaya! ¡resulta que es obligatorio hacer un seguro! ¿lo quiere usted a todo riesgo?… Y ¡zas! te la meten doblada. Y, claro, como tú estás con la familia esperando en la puerta con las maletas, ¡date por foll asegurado!

Porque son muy, muy listos. Como todos los parásitos, los intermediarios viven de aprovechar tus debilidades para hacerse un hueco por el que poder chuparte la sangre. Está claro que nadie va a ir a Almería a comprar un kilo de tomates, ni nadie va a acercarse a un parque eólico a que le carguen la batería del coche. Pero es que si la gente lo hiciera, entonces lo prohibirían, como se han cargado la posibilidad de que los particulares podamos generarnos nuestra propia electricidad con placas fotovoltaicas e incluso ¡revender el sobrante a la suministradora! ¡Noooo! ¡Eso no les interesa! Para nada, y como además de ser listos conocen gente, han tirado de todos sus hilos para que eso, por ley, no pueda suceder.

¿Entonces estamos perdidos? No. Hoy en día el consumidor tiene armas a su disposición para tratar de esquivar a toda esta legión de parásitos. Por ejemplo, tratar de comprar a quien realmente produce. No hace falta ir al campo. Tenemos internet, y existen grandes plataformas de logística que te pueden traer a casa lo que compres a un precio razonable.

Y sobre todo hay que tomarse determinadas molestias a la hora de comprar un producto o servicio. Mirar, comparar, asesorarse. El ahorro puede ser considerable. Incluso en el caso de no tener más remedio que escoger al especulador que te ofrezca las mejores condiciones, porque al menos estarás reduciendo la parte que te estafan.

Tenemos que cambiar. No puede ser que nuestras prioridades a la hora de comprar sean la marca del producto, la cercanía, la fiabilidad aparente de las grandes empresas o incluso factores emocionales. No se puede comprar de forma impulsiva, ni dejarse llevar por la publicidad o por ofertas engañosas. Hay que saber hacer uso de nuestro dinero, ese que tanto trabajo nos cuesta ganar.

Pensad que todos los intermediarios viven de nuestro desconocimiento. ¡Todos sin excepción! Porque se les puede burlar, siempre que se sepa cómo hacerlo. Hay que tomarse esas molestias. El productor debe poder cobrar un precio justo por su trabajo, y el consumidor debe poder comprar a un precio razonable, pagando sólo por aquello que le aporta valor al producto. Y quiero que quede que eso incluye almacenarlo y transportarlo, pero no toda la serie de plusvalías absurdas que se van generando por el camino.

En definitiva: Hay que saber comprar.

No se me ocurre mejor forma de terminar esta crítica que la polka frutera de Los Sabandeños, una canción de principios de los setenta que nos muestra que esto de la intermediación es tan viejo como la vida misma, porque ¿acaso no cobró aquel intermediario veinte monedas de plata solo por hacer una llamadita?

 

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