Haciendo amigos en la vecindad.


Llevamos más de una década en esta casa, un pequeño adosado en un barrio residencial. Nos gustó porque era una zona tranquila, alejada de las vías principales. Cierto que hay que coger el coche para ir a comprar el pan, pero tal vez esa sea el precio a pagar para poder comértelo tranquilo y sin otro ruido que la sintonía del telediario.

O así era hasta hace unos días.

Porque dos casas más abajo están haciendo reformas. Vale, lo entiendo. Lo que no comprendo es que tengan que ponerse con el puñetero martillo mecánico hasta las diez de la noche, sábados y domingos incluidos. Como también entiendo que a los perros de la otra vecina les vaya la marcha, pero no que los dejen solos todo el día y por tanto las criaturitas se entreguen a ladrar a dos voces como si les fuera en ello el whiskas, con o sin acompañamiento del citado martillo eléctrico.

Pero esto no acaba aquí.

Más reformas, en la casa de enfrente. Dejadme que os haga una pregunta: ¿Los albañiles vienen sordos de serie, o estos de enfrente son sólo un capricho de la genética? Porque cada vez que el de la planta de arriba le pide cemento al que está con la hormigonera en la calle tiemblan los cristales en toda la calle. Vamos, que hasta me dan ganas de llevárselo yo para que no grite más de esa manera. Y como estaréis imaginando, sí, estos también tienen un martillo eléctrico. Se ve que ha sido el regalo de moda estas Navidades. Conste que yo me alegro por su inventor, y también por su madre, de la que últimamente me estoy acordando con bastante frecuencia.

Os podréis imaginar que nuestra pacífica casa tiene ahora el mismo ambientazo que una trinchera en el frente de Verdún. Con todo este ruidazo alrededor yo solo tengo que cerrar los ojos para poder imaginarme los morteros soltando pepinazos, los obuses volando sobre nuestras cabezas, las ametralladoras barriendo de un lado a otro la hilera de casas y hasta he llegado a ver a un alemán confraternizando cigarrito en mano con su enemigo inglés en una esquina, mientras sonaba de fondo aquella canción de Spandau Ballet. Me pierde ese aluvión de golpes y porrazos, me dejo arrastrar en una ensoñación psicobélica, un mantra que me traslada a una peculiar playa brumosa de arenas doradas donde, sin poder evitarlo, me recuesto arrullado por el ritmo acompasado de tiros y explosiones, y entonces me digo a mi mismo “que le vayan dando al soldado Ryan, que yo estoy aquí muy agustito”, hasta que…  ¡Niño trae cemeeeeentooooo! Y entonces mi sueño se vuelve lúgubre y sombrío, y solo pienso en cadáveres, concretamente en todos los difuntos del maldito sorderas de enfrente, que parece que aprendió a hablar dentro de una tinaja.

Pues bien, todavía hay más.

Poooorque el de dos casas más abajo, yo creo que envidioso porque la otra obra hace más ruido, ha tenido la feliz idea de ampliarse el sótano. Diréis, ¡no! y yo contestaré ¡Pues si! Y como resultado ahora hemos subido de nivel. Vaya que sí: El martillo eléctrico ha promocionado a neumático, ahora tiene motor y cuatro ruedas, y dentro va un tío manejando los mandos. Lo que viene siendo una señora excavadora partiendo roca a jornada completa.

Si ayer había ruido y el problema se restringía al oído, ahora ya interviene también el tacto. Si, hoy se siente. ¿Que cómo es eso? Pues que pones la mano en la pared y te cae un cuatro en la escala Richter. Se nos han ido al suelo ya varios cuadros, con tan mala suerte que se ha ido a salvar precisamente el de las flores chillonas, ese que le tengo tanta manía, el que nos regaló una tía de mi santa por la boda y que no hay huevos a que se rompa. Y sin embargo un cuadro con una preciosa marina que tenemos en el salón, con el ajetreo se ha torcido y se le ha vaciado todo el agua, y ahora la goleta está ahí embarrancada en el fondo, muerta del asco. De la vajilla ni hablamos, está en alerta roja, tanto, que no nos atrevemos a sacarla del lavaplatos. Pero lo peor es que a la casa le han salido ya tantas grietas que estamos pensando en mudarnos, no vaya a ser que nos contagiemos y empiecen a salirnos arrugas.

En fin, que en momentos como este desearía uno ser calvo para no poder tirarse de los pelos.

Esta es la situación. ¿Qué hemos hecho para merecer esto? Nosotros, que por no molestar hasta nos tiramos los pedos con sordina. En esta casa nunca se ha hecho un ruido. Nunca. Los niños, de pequeños, pedían el biberón por señas. El perrete estamos por llevarlo a un logopeda porque, a sus cinco años, todavía no se le ha escuchado un ladrido. Fíjate que nos gastamos todos los puntos de la BP en auriculares. Ya te digo, que de esta casa nunca ha salido un grito ni un ruido. Vamos, aquí dentro hay tan pocos decibelios que hasta les ponemos nombre para entretenernos. Entonces, ¿Por qué nos ha tocado en suerte esta tortura? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

¿¡Qué hemos hecho!?

Nota: y hasta aquí llegaba el texto original, pero cuando ya iba a enviarlo los de enfrente han empezado a derribar un muro con un martillo pilón, de estos que dejan al martillo de Thor en pañales. Eso no era ruido, no, eso era la banda sonora del big bang. Y, claro, han ocurrido más cosas…

Pues mira, todavía no sé lo que habremos hecho, pero te contaré lo que acabo de hacer. Pensando que todos los problemas con los ruidos de los vecinos se puedan deber en realidad a un déficit de comunicación entre nosotros, he decidido mejorar las relaciones intervecinales, y entrar en confianzas en aras de fomentar el mutuo respeto y la comprensión. Y para ello, ¿qué mejor que presentarles a mi amigo Angus Young, bellísima persona donde las haya, quien con sus alegres compañeros y haciendo gala de su delicada interlocución (a todo lo que da el puto equipo de música) seguramente hará que encontremos un espacio común y logremos entendernos y quien sabe si hasta poder echar una cabezadita después de comer?

Creo que puede ser la solución. De hecho ya les he propinado la primera dosis, con el amplificador a toda pastilla y los altavoces en la ventana metiendo tanta caña que se ha volado hasta la ropa del tendedero.

En fin, esto es solo un primer acercamiento en el que he puesto muchas esperanzas. Pero si no funciona tendré que buscar tal vez un momento más proclive para fomentar la tolerancia y el civismo. ¿Pensáis que sería adecuado el domingo a las siete de la mañana, cuando empieza el día y se ven las cosas de otra manera?

 

 

 

6 Comentarios

    1. El caso es que me viene bien todo esto: andaba a la búsqueda de villanos para mí historia de fantasía y ya tengo un troll, un par de orcos con problemas auditivos y hasta un dragón apestoso que ha esclavizado a unos enanos para que le hagan una cueva…😂😂😂

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