Steve y la Gran Idiotizadora.


Steve, el mayor de los Buchanan, acababa de ver su serie favorita, una nueva precuela de la secuela de la exitosa historia de una familia de gangsters homosexuales de origen monegasco cuya mayor ambición era hacerse por cualquier medio con el accionariado de Mattel y poder retirar a Barbie de los escaparates para que las ventas de Kent coparan el mercado y así extender el poder de su lobby con el ominoso fin de dominar el mundo gay mediante los constantes cambios de estilismo del famoso muñeco, indeciso y promiscuo por naturaleza, objetivo que están a punto de lograr hasta que el propio Kent comete el error de picar unos pistachos después de medianoche y a consecuencia le sobreviene una profunda crisis de identidad, y tras varios episodios de ansiedad y un par de visitas a su congénere el Kent psicoanalista, decide dar un giro a su vida: se implanta un poco de felpa en el pubis, se une al partido republicano, al tea party y a la NRA, se sube el nivel de los graves en la caja de voz y se apunta de nuevo a un gimnasio, pero esta vez para usar los aparatos, y como resultado el propio Kent madura, le salen patitas de gallo, se pone más mazao que un muñeco de acción y se alista como voluntario en una expedición de los marines de playmobil a la península de Kamchatka para rescatar al unicornio peinados mágicos de mattel (y aquí queda claro que el remordimiento causa este alejamiento de su proverbial misoginia) que estaba secuestrado por las Barbies amazonas en un nuevo acto de su eterna reivindicación de colocar a una de sus semejantes en el desfile de Victoria’s Secret pues entendían que merecían un puesto en esas pasarela máxime cuando ellas no tenían ni que depilarse, hasta que el propio Kent se deja seducir por la tentación y cae víctima de una barra de labios envenenada, dejando en todo este proceso una larga estela de llorosos muñecos machomen con el corazoncito de plástico engurruñido.

Sí, los guionistas tomaban sustancias.

Terminado el capítulo Steve apagó la tele. De inmediato empezó a sentirse desorientado. Estaba en un lugar extraño, encerrado entre cuatro paredes en un lugar con una decoración monótona y ramplona, para nada comparable a la del mundo real. Los sillones eran ásperos e incómodos. La luz, pobre, de lámparas baratas en las que incluso había alguna bombilla fundida. Pero lo peor era la gente que había en aquel lugar: ¡Eran feos de cojones!

En aquel salón había unos señores mayores con cara de don nadie y una niñata en plena edad del acné que no paraba de llamarle de una forma extraña: “¡Esteban!” ¿Esteban? ¿Que coño Esteban? ¡Soy Steve, idiota! ¡Steve Buchanan! Pero nada, la niña siguió erre que erre. Y de pronto se unieron los dos viejos a aquel rollo extraño. “¿Qué te pasa Esteban?” Joder, ¡aquello era una locura!

Steve pensó que había caído en algún mundo paralelo, o tal vez era que estaba atrapado en otra dimensión, o puede que… vaya… a ver si…. ¡lo habían castigado por no ver los anuncios! Sí, eso tenía que ser. Todo eso no era más que un puñetero castigo: le habían encerrado allí por saltarse las normas. Tenía que escapar. Tenía que salir de aquel infierno a cualquier medio. Trató de moverse con sigilo. Alargó su mano hacia el mando a distancia y con mucho disimulo pulsó el botón del canal 7.

Y entonces todo se transformó una vez más.

Volvía a estar en casa, en la seguridad de lo conocido. Se encontró de nuevo con su familia, sus padres, hermanos, el perro… sintió tanta emoción que llegó a pensar en llamarles y saludarles, pero decidió no hacerlo para que no le tomaran por un perturbado. Contempló cada mueble, cada objeto, cada imagen como si fuera la primera vez. Y se sintió cómodo y tranquilo. De nuevo en casa.

Aquel salón era su salón. Un verdadero salón, con sus cortinas de kevlar, sus cristales blindados y sus controles biométricos de acceso. Le gustaba mucho esa estancia tan lujosa y bien decorada, aunque en el capitulo VII las paredes resultaran llenas de balazos y quedaran aquellos cadáveres ensangrentados sobre la alfombra. Era de esperar, los narcotraficantes suelen tener muy mal café y más cuando de buena mañana aparece el sobrino nieto (por parte de chófer) del capo de la banda rival a pedirle la mano de su hija, como si no llevara meses disfrutando del resto de su cuerpo, y encima se negara a aceptar el helicóptero de regalo aludiendo que le daba miedo volar, lógico por tanto que aparecieran las Smith & Wesson y se formara tal balasera que el papel pintado de a dos mil dólares el metro quedara como un gruyere y aunque todos escaparon ilesos (porque tienen contrato para toda la temporada con la productora de la serie), sin embargo cayeran como víctimas colaterales las tres cacatúas incas que acabaron sobre el suelo, y como estas aves eran precisamente las que llevaban la contabilidad del negocio, su muerte fue el verdadero motivo de la rivalidad entre las familias que…

Vaya, en este caso los guionistas fumaban.

4 Comments

  1. ¡Yo me apunto fijo a la siguiente temporada!…aunque eche de menos la secuencia anuncio de perfume-anuncio de detergente-anuncio de microenema-anuncio de perfume-anuncio de dentista-anuncio de perfume…No sé si podré soportar un capítulo entero sin pubis-cidad!

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  2. Este texto es una especie de sandwich: pan, lo que importa, pan.

    El pan: es un párrafo con frases largas que se encadenan sin solución de continuidad, una serie de divagaciones encadenadas cuyo nexo no es la propia historia, ni siguen una estructura lógica; son, en cambio, ideas que se suceden dominadas por una intención ajena al texto, en una metáfora bastante ácida de la imposición de las lineas argumentales de la productora al guionista que provoca giros absurdos en la trama.

    Lo que importa: es el mensaje, la crítica a esa gran idiotizadora, la televisión, que impone sus realidades distintas a tal punto que Steve, Esteban, se ha fugado ya del mundo real y reside en un mundo absurdo de ficciones.

    Me gusta el primer párrafo. Muchas ideas por metro cuadrado a ritmo vertiginoso, caleidoscópico, con su chispa de humor y su barniz irreverente. Ha salido solo, de corrido, tan solo he tenido que dejarme arrastrar por las ocurrencias que llegaban sin parar. El resto, más pensado y sin embargo peor. Encorsetado. A lo mejor tengo que pensar menos.
    Espero que os haya gustado.

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