Pues mira, yo no te deseo felicidad.

Estamos a finales de Diciembre, los días con mayor concentración de tópicos por metro cuadrado. Uno de ellos es desearnos felicidad unos a otros. Está bien eso, sí. Pero no deja de ser otro tópico, y bastante inútil, por cierto. ¿Cambiaría algo vuestras vidas que yo, un tío que está a miles de kilómetros y al que no conocéis casi de nada, os deseara felicidad? Esta claro que no.

Sin embargo yo quiero hacer algo mejor: Os puedo contar como conseguir la felicidad, y así os la podréis procurar por vuestros propios medios.

Yo creo que la clave de la felicidad es el equilibrio. Aunque no nos demos cuenta de ello, todos vivimos en un equilibrio bastante inestable. Trabajo, familia, casa, posición, amigos, dinero… todo eso que consolida nuestra existencia, ese entorno que nos da seguridad, estabilidad, y que incluso nos aporta felicidad, en realidad es el resultado de un complejo equilibrio, una delicada trama de factores interrelacionados que se sostienen unos a otros y nos dan esta apariencia de solidez y estabilidad. ¡Cuidado con esto!

Aunque no lo creamos, ese equilibrio es tan frágil que un cambio minúsculo puede echarlo todo por tierra. ¿Queréis un par de ejemplos?

  • Una pequeña distracción al volante.
  • Una simple cifra en el resultado de una biopsia.

Podría poner muchos más ejemplos, algunos incluso increíbles (¡A cuanta gente le habrá arruinado la vida que les toque la lotería!), pero os dejo esa tarea a vosotros. Porque pensar también en todas esas pequeñas causas de las grandes tragedias nos puede ayudar a evitarlas y sobre todo a valorar en su justa medida todo lo que forma parte de nuestro equilibrio.

Ya véis, a lo mejor el camino a la felicidad pasa por asomarse un poco a la infelicidad. Y no es extraño, sin una no existiría la otra. Así es. Si todo fuera perfecto, si todos fuéramos felices, en realidad nadie lo sería. Es necesario que exista la oscuridad para que sepamos qué es la luz, y de la misma forma la tristeza es parte de la felicidad porque sin ella, no tendría ningún sentido. Para ser feliz, hay que saber ser también infeliz.

De hecho, si todo fuera felicidad, existirían grados de felicidad. Habría momentos, personas, actos, emociones o vidas que serían más felices y otras que los serían menos. Y entonces las menos felices se redefinirían como tristes, y ya no sería todo felicidad. Qué lío, ¿no? Pues no. Porque esto que acabo de decir es la gran diferencia: saber redefinir cosas. Hay una linea que separa la felicidad de la infelicidad, y esa linea no es absoluta, sino relativa. Cada uno la ponemos donde nos conviene. Los optimistas la ponemos muy abajo, mientras que los pesimistas ponen el listón de la felicidad demasiado alto. De nuevo, hay que encontrar el equilibrio. Y hasta aquí puedo leer: pues cada uno decide donde pone esa línea. No hay reglas, no hay normas, no hay verdades absolutas, es algo que tienes que decidir tú. Yo solo te puedo poner el ejemplo de las patatas fritas.

Puede que para mucha gente comer patatas fritas sea algo aburrido e intrascendente, puede que haya incluso quien se queje porque preferiría comer algo mejor y tal vez no se lo pueda permitir. Bien. Yo he visto a una persona llorar de felicidad ante un plato de patatas fritas. Tendríamos que aprender muchas cosas de la vida viéndolas con los ojos de un niño en tratamiento oncológico. Por ejemplo, a colocar en la posición adecuada el listón de la felicidad.

Hay otros listones. Por ejemplo está el que separa lo que tengo y lo que quiero. Este listón es el que nos hace sentirnos ricos o pobres, queridos u odiados, satisfechos o ambiciosos. Este listón no lo podemos mover, pero si lo podemos redefinir: seguramente no podemos actuar mucho sobre lo que tenemos, pero si sobre lo que deseamos. Cuantas más cosas deseemos, más bajo se quedará el listón de lo que tenemos y por tanto seremos más infelices. Y al contrario, cuanto menos deseemos, mas cerca estaremos de tener justo lo que necesitamos. Existe un pequeño truco para hallar la justa medida: empieza a dar las gracias por todas las cosas que tienes, y cuando te canses pon ahí mismo el listón. A lo mejor descubres que el resto te sobra.

Por último, hay otra clave fundamental para conseguir la felicidad: saber cual es tu único bien. Si, saber qué es lo único que hay en este mundo de lo que eres dueño, lo único que tú posees en realidad:

Tu tiempo.

Lo demás no es tuyo, ni tan siquiera tu propio cuerpo. ¿Tu cuerpo? Venga ya, no te engañes: ese 90% de agua y resto de elementos químicos que miras al espejo volverá a la tierra que te lo prestó cuando tu ya no estés. Pero ojo, todo eso es prestado, no es tuyo. Nadie posee nada, a excepción de su tiempo. Y además tu tiempo no te lo puede quitar nadie, incluso aunque te encierren, aunque te ate una enfermedad o te castigue la vida de alguna extraña manera. Vaya, sé lo que estás pensando: Te lo pueden acortar, pero nunca te podrán robar lo que has vivido. Tu tiempo es tuyo y solo tuyo.

Tienes que entenderlo. Solo tienes eso, tu tiempo, y además no sabes cuanto tienes porque nadie sabe nunca cuanto tiempo le queda. Piénsalo bien porque ahora mismo pueden quedarte cien años de vida o sólo cinco minutos. Entonces, ¿Por qué desperdiciarlo? De hecho, ¿por qué malgastarlo lamentándote? ¡Disfruta cada jodido minuto! Haz que tu tiempo sea intenso, que sea útil para ti o para los demás, ama, crea, siente… ¡vive! ¡Haz que merezca la pena!

Piensa que incluso los momentos más amargos de nuestras vidas son infinitamente valiosos: Son un hecho único e irrepetible en el universo. Tienes algo precioso. Tienes tiempo. Y ¿sabes cuál es el único ingrediente imprescindible para ser feliz? Hay que tener tiempo. Lo demás son sólo adornos. 

Creo que estos sencillos trucos para ser feliz pueden ser más útiles que limitarme a desearte felicidad. Ha sido más trabajoso, la verdad, pero creo que resultará mucho más práctico. Y además me satisface mucho hacerlo porque… ¡vaya, se me había olvidado contarte lo más importante de todo: la matemática de la felicidad! Nada, nada, esto te lo resumo en una sola frase porque llevo ya más de mil palabras:

La felicidad, cuanto más se reparte, más se tiene.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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14 Comments

  1. Me gusta mucho esta entrada navideña, Israel y coincido contigo en que el tiempo es el más valiosa de nuestras posesiones: es infinitamente valioso y terriblemente finito, así que: ¿por qué desperdiciarlo llorando por lo que quisiéramos tener? Un abrazo.

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