Crimen en la blogosfera (iii)


Las ideas volaban cada tarde por el cielo del salón como un enjambre de aviones sobre un concurrido aeropuerto. Leyes y preceptos con destino al ansiado título de derecho que rompería las paredes de una prisión doméstica. Temarios con billete a una promoción a Inspector y el consiguiente traslado que se venía resistiendo desde hacía años. Argumentos y deducciones que partían inquietantes de las plumas de Conan Doyle o Agatha Christie para saciar una intuición demasiado precoz. Dibujos e imágenes sencillas que poco a poco se iban abriendo camino sobre las distracciones y las crisis de tos para vestirse de letras y números.

Cuarenta y dos pulgadas inútiles en una esquina, una cálida alfombra poblada de juguetes aburridos y unas pocas mesas y sillas que nacieron para gustar y ahora vivían para servir formaban la decoración de aquella sala de estudio en la planta baja donde, a veces, también se comía.

Me leo el treinta y siete y después hago la cena. No he tomado notas. Debería. Después me cuesta acordarme. Esquemas. Subrayar. Tengo que ser más organizada.

—Sara, ¿has terminado ya la tarea?

—La hice en el recreo.

Siempre igual. Es buena. Es muy buena. Las notas son muy buenas. Pero pronto será el cumpleaños y volveremos a estar solos los cuatro. Seguro que no sale nunca al recreo. Algo pasa. Igual la ven como a un bicho raro. Tengo que pedir una tutoría. Deberíamos cambiarla de colegio. Primero, el treinta y siete.

—Quiero que veas esto, Patri.

—Espera, termino y lo vemos.

—Es muy extraño. Echale un vistazo.

Así no hay manera. Me queda solo una hora. Lleva toda la tarde enredando con eso. Esta perdido, muy perdido. Pero tengo que entregar esto. Y tengo que ponerme con la cena. Así no hay manera.

El ordenador portátil de Ángel tenía un nuevo y extraño apéndice. Puede que ese pendrive fuera todo lo que quedaba de aquel hombre, aparte de la raquítica esquela en el diario. Los archivos borrados y recuperados por la judicial eran en realidad la autopsia intelectual del triste escritor: Un blog sombrío, inhóspito y apenas frecuentado, decenas de textos por revisar, algunas facturas, recibos del banco y unas cuantas imágenes escabrosas de mujeres desnudas con pupilas dilatadas y blanco de colirio. Nada más que los restos de una existencia gris amortajados en un microchip de ocho gigas.

—Mira esto, el tipo padecía de la espalda. He encontrado algunos informes clínicos, citas con un traumatólogo y alguna información que se descargaba sobre tratamientos de herbolarios y cosas parecidas.

—Da un poco de grima todo esto, Ángel.

—Con el tiempo te acostumbras. ¡Qué remedio! Pero quiero que mires aquí. En la carpeta donde tenía todo eso hay un archivo bastante reciente. No puedo abrirlo. Tiene como una clave o algo… ¡Sara! ¡Vuelve a tus cosas! Patri, ¿no podrías tú…?

Así no hay manera.

—Puedo probar, pero esto puede tardar un buen rato. ¡Esta bien! Te lo miro si tú te pones con las patatas, que son más de las ocho.

—¿Para freír o para tortilla?

—Decide, guapo, ¡las vas a hacer tú!

—¡Fritas!

—¡Tortilla!

—¡Yo quiero fritas!

—¡Y yo tortilla, que ayer las comimos fritas!

—¡Pues como sea, pero id los dos a la cocina a ayudar a papá! Yo me quedaré viendo esto…

A la mierda el tema treinta y siete. Otra vez a estudiar en la cama. A ver que hay aquí… No es una clave, no. Esto está comprimido. Probaré con el winzip... ¡Listo!

—¡Ángel! ¡No es nada! ¡Una receta para una pomada!… Sara ¿Es que no tienes nada que hacer en la cocina?

—Mamá. Mira. Lleva semillas de manzana.

—Ya, y gengibre, y cúrcuma, y áloe vera… Es una pomada de herbolario, cariño, llevan muchas cosas raras.

—Pero es que papá lleva toda la tarde buscando el rastro de esas semillas. Son venenosas. Lo he mirado en la wikipedia.

Leer el capitulo anterior.

 

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