Demasiada precisión.


Las ondas de Maxwell se observaron por primera vez a mediados del dos mil veintitrés, cuando ya era demasiado tarde. Su nombre no es casualidad: por una vez la ciencia pasó por encima del ego de los muchos científicos que contribuyeron al descubrimiento y decidió bautizarlas con el nombre de James Clerk Maxwell, reconociendo así su inmensa aportación al campo de la radiación electromagnética. Es solo una curiosidad que se le hiciera justicia con unas ondas que no son de esa naturaleza.

No es sencillo explicar en qué consisten en realidad, pero es muy importante hacerlo ahora que queda tan poco tiempo. Hay numerosos artículos al respecto, no solo en la prensa especializada, plagados de ecuaciones y términos de difícil comprensión. El hombre de la calle demanda otro tipo de explicaciones. Desea saber cual ha sido el error, como es posible que se cometiera una imprudencia tan temeraria. La humanidad necesita al menos una excusa para su inevitable final. Y la ciencia ni siquiera ha sabido dársela.

Yo personalmente me quedo con la explicación del New York Times. Allí se dice que las ondas de Maxwell no son más que fluctuaciones periódicas de la gravedad que se propagan en una sola dirección. Y se ilustra con un buen ejemplo. Son como las olas que se producen al caer una piedra sobre la superficie de un lago, pero en vez de extenderse en círculos, únicamente se propagan por una línea, volviendo directas a quien arrojó la piedra. El medio en el que se propagan las ondas, en vez de ser el agua, es el territorio oscuro de la quinta dimensión, donde no funciona la física relativista ni las distancias tienen sentido.

Pero lo peor de todo es que la energía de una onda de Maxwell depende del punto donde se origina. Volviendo al símil del lago, la energía dependería de la profundidad del agua, y en el caso del punto donde se origina la onda, que es la orilla desde la que se tira la piedra, la energía es mínima, pero el lugar donde cae, el centro del lago, que es donde existe mayor profundidad, la cantidad de energía de la onda devuelta puede ser inconcebible.

¿Cómo ha podido entonces el hombre crearlas, ese hombre que vive encerrado entre las fronteras del Universo de cuatro dimensiones? Pues, como suele ocurrir en la ciencia experimental, por pura casualidad. Estábamos acostumbrados ya a que los descubrimientos científicos sobre la naturaleza del Universo se derivaran del cálculo de nuevas soluciones particulares de las ecuaciones de la relatividad general, y después se observaran hechos que los confirmaran. Estábamos hechos a que la teoría se adelantara a la experimentación.

Y esta complacencia de la ciencia que fiaba el conocimiento a la interpretación de conceptos matemáticos, tal vez le había restado capacidad para esperar que los hechos se anticiparan a las deducciones. La tecnología, hija de la ciencia, se consideraba segura porque se suponía que no podía escapar de la prisión de la teoría. Así, los sistemas GPS, por ejemplo, fueron un desarrollo muy posterior a la teoría especial de la relatividad que les da sentido. El hombre moderno vivía rodeado de todo tipo de dispositivos y sistemas avanzados que consideraba seguros, y estaba tan acostumbrado a su uso intensivo que jamás podría esperar que tuvieran efectos desastrosos en su mundo.

Hasta que en dos mil veintitrés, hace solo dos años, se descubrió por casualidad la singularidad infinitesimal que podía formarse en el centro geométrico de un radiotelescopio, y la insignificante onda de longitud infinita que creaban, cuando una de estas antenas se orientó por error hacia el Sol y los instrumentos detectaron una minúscula anomalía. Demasiado tarde.

Los radiotelescopios se conocían desde mil novecientos treinta y siete y desde entonces se venían utilizando intensivamente para explorar el cielo. El hombre, sin saberlo, llevaba casi noventa años emitiendo ondas de Maxwell en todas direcciones. Las gigantescas antenas perseguían sin cesar los objetos celestes más peculiares, como cuásares o púlsares, e incluso se utilizaron para buscar vida en el universo, orientándolos hacia las fuentes de radiación donde se pensaba que había más probabilidad de encontrar un planeta habitado. Pero ninguno de estos objetos tenían energía suficiente para devolver una onda de Maxwell con un nivel energía significativo, ni desde luego nadie disponía de un aparato para poder detectarlas.

Tan solo existía el riesgo, ciertamente improbable, de que el delgado haz rectilíneo que formaba alguno de los radiotelescopios en la quinta dimensión se hubiera alineado con total exactitud por un instante con una supernova.

Durante meses se examinaron a fondo los registros de actividad de todos los radiotelescopios del mundo. Se detectaron al menos once casos en que se había enfocado una supernova, y de ellos solo tres entrañaban la posibilidad de una alineación exacta de la onda. Dos de ellos se descartaron por si mismos, dado que en caso de existir una onda de retorno nos habría alcanzado hace años.

Y como todos sabemos, durante los días finales de Febrero de mil novecientos ochenta y siete la antena del observatorio de Arecibo, el único radiotelescopio inmóvil de nuestro planeta, se orientó varias veces para observar con detalle el núcleo del objeto celestial SN 1987A, catalogado como supernova poco después.

Según los cálculos, de existir una alineación exacta durante aquellos días, la onda de Maxwell de retorno nos alcanzaría en el día de hoy. Su intensidad en el punto de impacto sería de tal magnitud que la ciencia estima, demasiado tarde, que la onda de choque acabaría con cualquier forma en el planeta Tierra.

Esto es cuanto dice la ciencia.

Algunos filósofos especulan con la posibilidad de que fuera la propia Tierra la que se orientara ella sola de forma que la antena de Arecibo apuntara a la supernova para librarse de todos nosotros.

Otros, la mayoría de la humanidad, se limita a esperar.

Yo, por mi parte, solo deseo que alguna pequeña imprecisión en el calibrado de la antena venga a darle a nuestra especie una segunda oportunidad.

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