Premonición.


Mi nombre es Raymond Fellow y sé que voy a morir hoy. Lo sé desde hace mucho tiempo, tanto, que en realidad he tenido años para planificar al detalle todo lo que quería hacer en estas últimas horas. Escribir esta breve historia es una de las tareas que había programado para hoy. La más importante tal vez, y solo espero que el destino no se vuelva precisamente ahora en mi contra y me impida concluirla.

Desde pequeño le he dado mucha importancia a tener una buena organización, y esa es una de las causas de esa primera frase que con seguridad te habrá intrigado. Las otras razones, casi todas, las hallarás también en aquel niño inteligente, poco sociable pero infinitamente curioso y, sobre todo, escéptico, que una vez fui. Una mente brillante, perdóname que en esta hora no me pueda permitir el lujo de la modestia, obsesionada con aquella idea absurda de que nadie hace las cosas mejor que uno mismo y a la vez perdida en esa suerte de divagaciones que algunos llaman estupideces y otros genialidades. Dentro de unos años existirá un psiquiatra que encontrará la línea que las separa, pero, claro, no tienes por qué creerme. No todavía.

Yo era un niño extraño que transitaba por la vida persiguiendo imposibles. En algún momento me intrigó aquella vieja superchería de leer las manos. Me negaba a creer que el destino de una persona pudiera estar escrito en esas líneas, mas por otra parte hubiera sido increíble poder organizarse sabiendo de antemano lo que iba a suceder. Mis sensaciones eran duales: por una parte negaba que aquello fuera creíble, y por otra deseaba en lo más profundo de mi interior que lo fuera.

Cargado de escepticismo, y también de ansiedad, me propuse demostrar que aquello era un absurdo. Me sumergí en los pocos libros oscuros que pude conseguir en la biblioteca. Al leerlos empezó a desfilar ante mí una verdadera panoplia de reglas, nombres, relaciones y razonamientos que carecían de la menor base científica o lógica. Como esperaba, la quiromancia no tenía ningún fundamento. Mas no contento con destruir aquellas teorías irrazonable decidí adentrarme en el terreno de lo empírico: Si aquello era una quimera, entonces los hechos relevantes de mi corta vida no podían estar determinados de ninguna manera por las líneas de mis manos.

Y sin embargo lo estaban.

Solo había que observar con atención. Establecer correlaciones. Saber interpretar los hechos. Y entonces, bajo aquel prisma experimental, muchas de aquellas teorías sin base se mostraron certeras. Seleccioné las reglas y profundicé en ellas. Las sometí a todo tipo de pruebas. Analicé otras manos, otras vidas, y la coincidencia indemostrable de signos y acontecimientos, de líneas y existencias, terminó por convencerme de aquel imposible de la razón. Sí, descubrí que existía el destino, y que había al menos una forma de desentrañarlo.

A aquellas primeras técnicas deductivas siguieron más tarde otras artes más oscuras. Yo, una mente racional, un espíritu lógico, amante del orden y de la ciencia, me vi arrastrado por la curiosidad, la ambición y el deseo, a los terrenos de un nuevo orden, una ciencia distinta construida sobre conjeturas, arcanos y misterios. Una ciencia difusa y absurda. Pero los hechos demostraban su validez.

Cuando ya me había adentrado en exceso en aquellos enigmas se volvieron demasiado valiosos para mi. Renuncié a demostrarlos y me centré con verdadera pasión en su estudio. Poco a poco me fui haciendo un experto en las artes adivinatorias; cada nueva técnica, cada nueva regla que podía comprobar, se unía a mi pequeña y extraña caja de herramientas. Llegó un momento en que incluso pude adivinar qué nuevas técnicas iba a aprender. Así es, el propio destino me había atrapado y me revelaba como adentrarme más y más en sus misterios más profundos.

Fueron largos años de estudio y práctica, años oscuros encerrado en un pozo sin fondo de conocimiento y sabiduría. Huido de este mundo, aislado de todo, llegué a despreciar la ciencia, la verdadera ciencia, frente a las inmensas posibilidades que me abrían las nuevas artes aprendidas. Gracias a ellas pude llegar a anticipar cada suceso, a prever todos los cambios, a leer en el libro del destino con tanta claridad que mi vida dejó de estar sometida a los vaivenes de la fortuna.

Adquirí entonces un poder formidable. Un poder que me hubiera permitido encumbrarme en el éxito, hacerme con una increíble fortuna, domesticar a la fama, rendir la gloria a mis pies. Podría haber comerciado con aquel poder, vendiendo a los poderosos algunas piezas de su propio futuro, prediciendo catástrofes y éxitos o aconsejando negocios e inversiones. Podría haberme hecho fabulosamente rico con cualquier juego de azar. Podría haber llegado a ser el hombre más poderoso de la tierra con solo accionar los resortes que el destino ponía en mis manos.

Y sin embargo no quise hacerlo.

Porque la misma ciencia que puso el futuro a mis pies me iluminó con un conocimiento aún más fundamental. Conocer mi destino me hizo saber quien era realmente yo, un ser distinto, único, separado del resto de los mortales por ese mismo conocimiento que me permitía saber cuando morirían, como vivirían y qué responderían a mis preguntas o a mis actos. Yo era el único ser imprevisible en un universo esclavizado por un destino ya escrito. Yo era el único espíritu que podía ejercer su libre albedrío de entre todos los seres del universo, débiles criaturas cuyas decisiones ya estaban dictadas de forma inamovible. Me sentí como un dios, pues tal creía que era mi poder.

¿Poder? Si bien yo conocía el destino, ¿podía entonces llegar a cambiarlo?

Lo intenté. Experimenté de mil formas. Traté de tomar decisiones inesperadas, de alterar la rueda del destino forzándola por caminos diferentes al previsto, y todo fue en vano. La fuerza imparable del destino anticipaba a su vez todos mis cambios, preveía todas mis decisiones, y comprobé con pesar que en cada intento el libro se reescribía solo, o tal vez era que a mí no me estaba permitido alterar ni la más intrascendente de sus palabras. Comprendí que sólo podía conocer el futuro, pero en ningún caso tenía el poder de dictarlo. Ese inmenso poder escapaba al alcance de mis manos. Yo solo podía limitarme a ser un espectador de los acontecimientos, uno que sabía como terminaban, pero un mero espectador al fin y al cabo. Un esclavo más del destino al que por alguna razón se le había permitido asomarse y leer en el inmenso e inmutable libro del futuro.

Aún siendo solo un pequeño dios, yo me sabía distinto al resto de los hombres. No me atraían ya sus ambiciones, ni me dejaba llevar por sus miedos o sus deseos. Mis conocimientos del futuro me hurtaron todas las sorpresas, me ahorraron los sustos y se llevaron consigo el pequeño y sano placer de la incertidumbre. ¿Qué sentido tiene apostar en una ruleta cuando sabes el número que va a salir premiado? ¿Qué interés puede haber en acumular dinero y riquezas, cuando conoces con exactitud todo lo que vas a poder necesitar hasta el día de la muerte? ¿Qué valor tienen la fama y el reconocimiento cuando uno puede leer los destinos, y casi las mentes, y saber entonces cuánto de desprecio y envidia se oculta en esos corazones que al parecer hoy te halagan?

¿Cómo sentir amor cuando se conoce de antemano cada caricia, cada beso y suspiro? No existe amor sin incertidumbre. Si, hubo mujeres que me amaron. Las hubo que me amaron más allá de toda duda, y yo lo supe antes. Ese fue el problema. Sabía que me iban a amar, que me amaban, incluso de alguna, que me amaría por siempre. Sabía en cada momento lo que iban a hacer y a decir. Pero las caricias previstas no alientan. Los besos programados no satisfacen. Saberse amado sin reservas nunca puede ser tan satisfactorio como tratar de merecer ser amado. No puede haber amor sin la inquietud de saberse amado, sin la necesidad de esforzarse para ser querido. Sin la íntima satisfacción de merecerlo.

Mi conocimiento del destino fue acabando también con todas mis emociones. Después de anticipar tantas desgracias dejé ya de sentir compasión, y las sorpresas por los éxitos me estaban negadas. Las victorias y las tragedias, los vaivenes de las naciones o de las personas, los avatares de las modas o las genialidades del arte, las más horribles profundidades de la condición humana o los actos más abnegados y heroicos, todo lo que la vida tiene de extraordinario se volvió para mi previsible, insulso y banal.

Cuando lees el periódico cada mañana solo para comprobar si estabas equivocado, entonces el mundo ya poco tiene que ofrecerte. Y cuando además sabes que no puedes hacer nada para cambiarlo, que por mucho que quisieras no puedes salvarle la vida a un pequeño Mozart que se está muriendo de hambre en un remoto país de África, ni por mucho que lo desearas podrías reconducir la vida de un genocida que hoy está a punto de nacer, solo entonces eres consciente de la pesada carga que supone el poder que has recibido, de la absoluta impotencia que reside en conocer lo que va a suceder y no poder hacer nada para cambiarlo.

No hay experiencia más frustrante que saber lo que hay que hacer, y a la vez saber que es imposible hacerlo.

Y entonces, hastiado e impotente, deseas la muerte. La ves como una liberación de esta vida oscura, cegada por la luz de tanto conocimiento. Ansias que se acerque esa fecha, sueñas con la hora, planeas cada acto de ese último día… como si fueras capaz de decidirlo por ti mismo cuando en realidad no haces sino transcribir en la agenda cuanto has leído ya en el gran libro.

Fue en ese tiempo cuando, temeroso del propio destino poderoso e imperturbable que tal vez quisiera impedir la revelación de todo mi conocimiento, oculté entre esas últimas horas un propósito final, cuando programé mi redención en este acto final pensando que tal vez, solo tal vez, podría llegar a dar sentido a toda mi existencia.

Y ni tan siquiera lo anoté en la página del día, pero supe que cuando llegara este día, en esta última hora, entonces contaría mi historia, esta historia, para que nadie, nunca, jamás, pueda volver a atreverse a seguir mis pasos y adentrarse sin remedio en los misterios del destino, la oscura ciencia que me ha llevado a vivir la más vacía, inútil y horrible de las existencias.

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14 Comments

  1. No creo en el destino, el karma, dioses o premoniciónes…

    Los que no se conforman con lo que les toca experimentar tienen la necesidad de justificar la realidad con explicaciones delirantes.

    Fantasear, soñar e imaginar es gratis.

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  2. El destino es un misterio que siempre me ha inquietado. ¿Cómo creer que pueda estar escrito un destino lleno de tragedias y horrores? ¿Un destino lleno de dolor que no se pueda cambiar?

    Excelente escrito Israel, me quedé atrapada en él, lo volví a leer un par de veces más jajajaja.

    Ah por cierto, me gustaría que lo vuelvas a revisar, hay algunas tildes que se te escaparon 😉

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    1. Muchas gracias. En las tildes y las faltas de ortografía en general tengo que poner más atención, ¡a estas alturas ya no hay disculpa!

      El destino es un tema fascinante, sobre todo porque tiene múltiples implicaciones filosóficas. En este caso he asumido una perspectiva determinista, desde un prisma bastante irreal, y eso me ha llevado a múltiples contradicciones. Por ejemplo, si el personaje podía prever cualquier acontecimiento, ¿cómo dudaba de poder escribir esa especie de despedida? Por otra parte, ¿el hecho de conocer el futuro no es en sí mismo una alteración del futuro, via Heisenberg? Hay muchas más, es muy complejo jugar con todos los ingredientes y no pasar por alto cuestiones evidentes. Pero ha sido un ejercicio interesante en cualquier caso, y me alegra que te haya gustado.
      Un abrazo!

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      1. Hablando del destino, creo que se puede prever qué sucederá por nuestras propias acciones; así mismo pienso que teniendo conciencia de ellas, sí se puede cambiarlo. He tenido la fortuna de conocer personas que logran cambiar destinos, lo estoy palpando en mi presente, soy testigo de ello ahora; y ya tendré un poco de tiempo para plasmarlo por lo relevante que ha sido en mi vida. Por eso me llamó la tanto la atención tu entrada.
        Un gusto siempre departir contigo Israel. Un fuerte abrazo y que tengas una buena semana. 😉

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        1. Un placer comentar, debatir o simplemente charlar con personas como tú.
          Fíjate, yo soy un escéptico con respecto al destino. Creo en el libre albedrío, en la capacidad que todos tenemos para moldear nuestra propia historia. De ser los protagonistas de nuestras vidas.
          El destino se me antoja como un atajo, como pretender delegar en extraños designios aquello que nos supera o contra lo que nos vemos impotentes. Confiar en la suerte o en el destino tiene algo de no querer luchar contra las circunstancias, de conformarse con lo que sucede y esperar que ocurra algo que haga el trabajo por nosotros.
          Si, para mi el destino es una quimera, una mera excusa para no asumir los propios actos, o para no profundizar en las verdaderas causas de los hechos, o para dejarse llevar en vez de reaccionar.
          Pero esa es solo mi opinión personal, que por cierto es radicalmente distinta a lo que pude escribir en el relato… ¡solo era ficción!
          Otro abrazo para tí.

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  3. Vivir en la ignorancia no es lo más satisfactorio pero creo que lo sería aún menos vivir sabiendo que va a pasar en cada instante. ¿Dónde iba a quedar la emoción, el deseo, la inquietud? como le pasó a Raymond, la frustración, la falta de interés, la ausencia de pasión, arruinaron su vida para siempre.
    Supongo que existe el destino, pero que no me lo cuenten, que ya lo iré viendo paso a paso…
    Un abrazo, Israel.

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