El analfabetismo intelectual.


Hoy en día la gente sabe de todo y no entiende de nada. Les puedes preguntar sobre casi cualquier tema y encontrarás respuesta, sobre todo si el tema está de moda. El hombre del siglo veintiuno tiene algo de gourmet, y también un poco de sommelier, sabe algo de tecnología, normalmente lo suficiente para justificar por qué le ha costado tan caro su último smartphone, está al día de tendencias y modas, sabe del deporte que toca practicar ese año, y por tanto de nutrición, sabe lo justo de medicina para poder automedicarse sin riesgos, por supuesto sabe de coches siempre que no se abra el capó delantero, de objetos lujosos, de gadgets, de política, de fútbol, de música y además de todo esto tiene otro millón de átomos de conocimiento dispersos entre su memoria a corto plazo que le permiten vivir y relacionarse con su entorno laboral y social sin hacer el ridículo.

Pero ese hombre no entiende de nada. O de casi nada. Porque tiene muchos conocimientos pero no están estructurados. Tiene buena conversación, sí, puede hablar de todo, pero jamás entra en profundidades. No puede, porque no hay orden en ese totum revolutum que puebla su pensamiento. No tiene esa capacidad lógica, de análisis, de vertebración de las ideas y de creación de nuevas relaciones entre ellas que da la experiencia de la lectura. De hecho, apenas tiene ideas propias: todas provienen de algún lugar.

Realmente no lo necesita. Él tiene respuestas para todo. Respuestas que le llegan continuamente por los medios y las redes sociales, por sus relaciones personales y por el ambiente social en que se maneja. Porque todo el mundo a su alrededor se interesa por los mismos temas, y todo el mundo tiene esas mismas respuestas, y atesora las mismas perlas de conocimiento que le permiten moverse por el mundo sin parecer un idiota: el bar de moda, el coche nuevo que sale al mercado, el futbolista que ficha por un equipo y el móvil de última generación.

Pero no va más allá. No le importa que ese móvil funcione gracias a los principios de Alan Turing, que su GPS se base en la teoría de la relatividad especial o que ese coche nuevo se refrigere gracias al ciclo de Karnot. Eso no es conocimiento útil para él, porque estos hechos ni siquiera le sirven para contar una anécdota y quedar bien; al contrario, hablar de estas cosas le harían parecer un friqui ante sus semejantes. No, no hay que saber tanto, ¿quien querría cargar con todo ese lastre? ¡Que las neuronas tienen su limite de capacidad! Solo hay que saber lo justo para quedar bien, nada más. El exceso es el veneno de la razón, como dijo… ah, perdón, que eso también es conocimiento inútil.

Es más fácil, y mucho más rentable, disponer de todo ese conocimiento precocinado que tomarse la molestia de pensar uno mismo. ¿Pensar? ¡Qué tontería! ¡Si ya está todo pensado! O eso cree al menos nuestro hombre, porque a cada minuto su aparatito de mano le esta enviando paquetes de pensamientos ya cocinados, perlas de sabiduría que van desde el último chiste hasta la soflama política del grupo al que es afín. gracias a esto, el hombre solo tiene que seleccionar lo que le sirve, reenviarlo y, si sale el tema en una conversación, soltar la perla correspondiente para quedar como Dios.

Pero, ¿pensar? ¿Analizar esos pensamientos implantados? ¿Tomarse todas esas molestias cuando alguien, antes, ya lo habrá hecho por él? ¿Leer? ¿Analizar? ¿Comparar?

¿Para qué?

Si, para qué, cuando este mundo solo le pide al hombre que sepa seleccionar la respuesta adecuada, no que procese la pregunta y construya por si mismo una solución. Eso ya no se lleva. ¿Para qué pensar en política cuando la tele te lo da todo ya convenientemente debatido? ¿Para qué entender de tecnología cuando solo hay que saberse cuatro siglas del estilo GPS, 4G y IOS10 y con eso dejar a cualquiera con la sensación de que eres un gurú de los smartphone? ¿Para qué leer, no digo ya estudiar, literatura, filosofía, arte o cultura en general, cuando absolutamente nadie habla de eso, a nadie le importa, y si te aventuras por esos terrenos te arriesgas a que te arrinconen en la esquina de los pelmazos y te pierdas la fiesta? No importa el arte, solo importa el arte que se lleva, el que vende. Ya sabes, un poco de Klimt, un poco de Kahlo, el precio en subasta del último Van Gogh y poco más. Pero como se te ocurra citar a Kant en una conversación se forma un circulo a tu alrededor peor que si hubieras tenido un escape de metano.

Entonces, ¿para conseguir un empleo? ¡Por favor! ¡Si basta con saber defender las mentiras que seas capaz de poner en el curriculum! Además, hay cualidades que siempre juegan a tu favor, como tener don de gentes, estar al día, tener una conversación fluida, dominar muchos temas, pero cualidades como ¿pensar? Hombre de hoy, pensar no vende. Solo buscan gente que haga, no que piense. Al contrario, buscan gente que no tenga que pensar para hacer, porque los que piensan producen menos. Y dan problemas. Y protestan. Y conocen sus derechos. Los que piensan son problemáticos, si. Tú, si eso, mejor no lo digas.

Entonces, ¿para qué estudiar, aprender, pensar, analizar, filosofar, entender, especializarse, profundizar, argumentar, conocer, debatir, sintetizar, estructurar, preguntarse, deducir, decidir…? ¿Para qué leer, coño? ¡Si social o económicamente no te va a aportar nada! ¡Si eso solo te convertirá en un pedante, un plasta y un pelmazo! Ese estigma te perseguirá toda tu vida, te llamaran sabelotodo, te aislarán, dejarán de invitarte, se cambiarán de acera por no saludarte, no te cogerán las llamadas, le clavaran alfileres a un libro con tu nombre., te temerán.. ¡te odiarán! ¿Y sabes por qué te condenarán a ese infausto ostracismo? Pues para que no destruyas el castillo de verdades de naipes sobre el que sostienen sus propias existencias.

Porque hoy día no interesa entender. Solo conviene saber un poco de todo, lo justo para tener una conversación interesante y que no te pillen en fuera de juego si hablan de un nuevo vino, de una tecnología que acaba de salir o de un nuevo famoso que nos ha salido un poquito pederasta, aunque eso ya se viera venir.

No hay por qué entender de algo; si acaso, de lo que te da de comer, pero cada vez son menos los oficios en que hay que pensar; como mucho, decidir entre varias opciones, y entonces todo consiste en estar bien informado.

¿Te extrañas entonces de que un cuarenta por ciento de la población española no lea jamás? ¿De que un sesenta por ciento no ha pisado nunca una librería, y un setentaytantos no sepa ni qué es una biblioteca? ¿Te sorprende que una parte importante de los libros que se venden sean libros de texto, y otra parte sean manuales técnicos? ¿Te asusta saber que solo un ocho por ciento de los españoles lea un libro o mas al mes?

Pero los libros son solo la punta del iceberg. Hace cincuenta años teníamos un grave problema de analfabetismo en este país. Millones de personas no sabían leer ni escribir. Hoy en día estamos abocados a un abismo aún peor: hay muchos millones de personas que saben tanto, tanto, que en realidad no tienen ni puta idea de nada.

Y parece que a nadie le preocupa.

 

 

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7 Comments

  1. A mí me preocupa bastante porque este mal avanza exponencialmente hacia un futuro que veo bastante incierto. Se dice que las últimas generaciones son las más “preparadas”… Tienen varias carreras y algunos hasta saben varios idiomas pero ponles ante una situación laboral en la que tengan que tomar la iniciativa y no saben qué hacer… No piensan por sí mismos… No tienen capacidad de reacción en cuanto les sacas del proceso estándar… Se bloquean… No sé si las neuronas del ser humano están involucionando debido a la sobrecarga de alcohol y drogas, que se está haciendo “habitual” cada fin de semana o es que se alcanzó el “techo” en algún momento y vamos todos hacia atrás porque el cerebro humano ya no da para más… 🙄

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  2. De acuerdo contigo excepto en lo de la “buena conversación”, cada vez me siento más desconectada en conversaciones en las que todo se basa en dar el último nombre de lo que sea: el último vino descubierto, la última serie, la última App, la última prenda de vestir, ¡Y hasta los libros!… Ya no se conversar, solo se repite lo último que se ha oído, como un lorito, y el que se queda atrás en el juego, no es interesante, porque está desfasado.

    Un saludo.

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  3. ¿Cómo puede ser que no te hayas enterado de lo último de la folclórica? ¿Que no sabes que ya está disponible el “aifone 10”? ¿Cómo es posible que no hayas oído el último chiste sobre Puigdemont? ¿Qué?, ¿qué dices?, ¿Que las horas que te quedan libres las dedicas a leer?, ¿que prefieres ver varios telediarios porque sabes que depende de quién lo cuente…? ¿Que prefieres disfrutar de un buen debate, de una conversación profunda y quizá un poco más íntima?
    Chavala, me das repelús

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  4. A veces la falta de conocimientos te permite llevar una vida más sosegada, más a tu manera, y en caso de surgirte alguna duda con respecto a algo que te atraiga, no es necesario tenerlo almacenado en la cabeza, bastará con hacer uso de San Google. No estan lo tiempos como para ponerse a filosofar… y no, tampoco es necesario tener el móvil de última generación ni saber qué modelo de auto o vida pueda llevar un sobrevalorado deportista.

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