Las curvas perdidas.

Llegó unos minutos tarde, como cada domingo. Dejó sobre la mesa del jardín sus bombones favoritos y se sentó lo más cerca que pudo de ella, esclavo de la costumbre, por si aquella vez le dedicara un gesto, o una palabra, o una mirada siquiera.

Alimentó su paciencia recordando cómo la había conocido. Hacía un siglo o quién sabe si sólo unos meses que había pasado ante la tienda de ropa de la avenida. Su silueta perfecta le arrastró sin remedio contra el escaparate. Estuvo allí unos minutos, o tal vez fueron horas, contemplando aquella figura esbelta y sugerente, admirando el cuerpo de plástico que se intuía seductor bajo un caro vestido de seda. Imaginándole a ratos una cara de rasgos exóticos a la venus decapitada de brazos lánguidos y piernas infinitas que reinaba tras el grueso cristal.

Volvió al día siguiente, o puede que todos los días, o a lo mejor fue que nunca se movió de allí, porque desde aquel primer día su filosofía se contrajo y se quedó sólo en estética, y sus pensamientos ya tan inútiles se escondieron detrás de sus deseos, y todo cuanto le sucedía al cabo del día era solo un preludio más a su vida de pie en la acera, su vida inmóvil posando para ella.

Solo las noches tenían sentido, cuando los sueños animaban sus brazos y articulaban sus rodillas, y brotaban caricias de sus dedos y la frescura de su pecho rompía en latidos imposibles. Solo entonces desparecían las distancias de cristal entre ellos. Pero cada nueva mañana llenaba de nuevo su existencia de brumas, de realidades sólidas y absurdas que destruían el movimiento y la encerraban de nuevo en su prisión de plástico.

Una tarde fría se vistió de cordura y cruzó temeroso la puerta de la tienda. Quiso saber, aún consciente de que ponía en riesgo su más íntima devoción. Pudo con la extrañeza y se hizo inmune a los comentarios y las miradas para poder ir más allá. Y al fin la vio en el almacén, por todas partes, tirada, desnuda, troceada, casi siniestra y, sin embargo, siempre ella.

Tardó varios días, eternos días esta vez, en acudir de nuevo ante el cristal. Atormentado por una verdad que siempre había conocido. Cargado de remordimiento por haberle realizado la autopsia a sus verdades de trastienda. Sumiso. Absurdo como siempre frente al escaparate. Y distinto a la vez.

Porque todo aquel plástico desmembrado le había revelado el misterio que se estaba negando a reconocer. No amaba a una perfecta cáscara vacía sino, en realidad, a su molde, el patrón único, exquisito y definitivo de tanta belleza.

Buscó. Consulto guías y catálogos, preguntó a representantes, indagó en industrias e incluso robó piezas de aquel almacén para encontrar en ellas un rastro, una etiqueta, un indicio de la mujer que había donado sus curvas para todas esas leves estatuas que ahora, sabiendo ya de su origen, eran de nuevo maniquíes.

Una llamada, una más entre tantas, reavivó su inquietud. Y esta vez sí hubo un nombre. Se habían consultado viejos archivos y se habían rastreado fichas amarilleadas. Había aparecido un nombre que fue un final y a la vez fue un principio. Porque siguió la búsqueda, pero más oscura esta vez. Filiaciones, domicilios, estancias, fechas. Datos. Señas. Tiempos.

La búsqueda que una tarde de domingo, a la hora de las visitas, condujo sus pasos nerviosos por primera vez a la mesa del jardín del asilo, junto a la que descansaba en su silla la belleza inmóvil para buscar durante horas, como todas aquellas tardes, el rastro de las curvas perdidas por entre las silenciosas arrugas de sus ojos ausentes que tal vez esa tarde, o puede que alguna otra, o ninguna pero eso ya no importaba, ahora que ya no había cristal, le miraran.

Nota: he dejado en mi blog una nueva entrada con la version corregida y comentada de este relato.

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