Cuento: El viento entre las ramas.


El bosque se extendía como una manta verde por todo el valle, desde los picos de los cerros hasta la corriente caudalosa donde se apaciguaban torrentes y arroyos de agua helada, limpia y vigorosa. Era tan antiguo como la propia tierra y mucho más que el hombre, con quien vivía en armonía desde que aquel plantara sus casas cerca del río. El bosque entregó entonces sus llanos al arado y a cambio acogió esas nuevas vidas, criaturas que solo tomaban de él lo que necesitaban, gentes que vivían de la tierra y que cuidaban de ella. Así había sido siempre hasta que llegaron las máquinas.

Un día penetraron extraños aromas hasta lo más profundo del bosque. El viento trajo humo, la temida niebla oscura de muerte y destrucción, y llegaron con él olores desconocidos, llovieron cenizas y se oyó el eco incesante de ruidos metálicos, graves y estremecedores. Las criaturas huyeron asustadas a la espesura, buscando cobijo en el corazón mismo del bosque, la oscura hondonada rodeada de oteros donde vivían los arboles más viejos, un lugar recóndito y oculto que nunca había hollado el hombre.

La vida del bosque se refugió junto al roble milenario hendido por el rayo, y allí, alrededor de su copa antigua y majestuosa, oyeron lo que la brisa les contaba de todos aquellos fenómenos, y vieron las imágenes que traía la niebla del fuego asesino, de las máquinas destructoras y de muchas otras extrañas señales. El viento susurró entonces con ira por entre las copas de los robles, y todos los seres se alborotaron, atemorizados, mientras los más viejos de los árboles agitaban sus ramas. La hondonada se estremeció durante largo tiempo, amedrentada y convulsa, hasta que el viejo roble despertó de su letargo.

La mañana siguiente amaneció clara y luminosa. El viento se había llevado ya los humos y la lluvia de madrugada había podido lavar muchas de las cenizas. El ruido de un vehículo subía por las laderas, asustando a los pájaros a su paso. Se detuvo en un claro entre los álamos, un lugar de prados frondosos, húmedos de rocío. Bajaron de él una pareja junto a Adela, una pequeña criatura de no más de cuatro años. La brisa arrastró hasta la espesura el olor de aquel hombre. Las ramas de algunos arboles se fueron agitando, aunque no había viento.

Mientras los adultos consultaban unos grandes planos y miraban el valle desde aquella atalaya, la pequeña se puso a jugar con una mariposa. Prendada de sus colores y de la gracia de sus aleteos, empezó a seguirla, tratando de atraparla. La mariposa se posaba de pronto, volaba de nuevo cuando la niña se acercaba y se volvía a posar aún más lejos. Sus padres seguían contemplando el paisaje ensimismados, imaginando viviendas y calles, carreteras y edificios. Naturaleza y progreso. Domando el bosque. Civilizando el valle.

Una ardilla bajó al suelo y se alzó sobre sus patas traseras, inmóvil, mirándola con fijeza. Adela se olvidó por entero de la mariposa para tratar de seguirla. Sus pasos la internaban cada vez más entre los árboles. Después apareció más allá un conejo, al que también quiso atrapar. El gazapo huyó hacia el interior del bosque, volviéndose a mirarla cada vez que daba un par de saltos. Y Adela lo siguió, distraída y alegre, saltando entre las flores hasta que de repente oyó a su espalda un gruñido amenazador. No necesitó ver al gato montés para echar a correr asustada e internarse irremediablemente en la espesura. Huyó. Corrió. Gritó. Pero ya nadie podía oír sus gritos que se perdían por el bosque, salvo los propios árboles.

Al poco, numerosos ecos comenzaron a poblar todo el bosque. La brisa traía gritos, llamadas, ruido de motores y todo tipo de sonidos desesperados y extraños. El bosque bullía de agitación. Los humanos estaban por todas partes, angustiados, buscando con denuedo a la pequeña. Los padres de Adela decidieron formar una partida de búsqueda, recurriendo a sus propios trabajadores, a los guardabosques, los guardias de las aldeas y las propias gentes del lugar. Se organizaron rutas. Se dotaron medios. Se dieron indicaciones y consignas. Y se repartieron por los bosques.

Algunos llevaban perros cuyo olfato no era fácil de engañar, y aparatos para comunicarse entre ellos a los que hablaban continuamente. Los arboles movían las ramas a su paso, y las criaturas del bosque se ocultaban, acechando, cual si buscaran el rastro de un olor peculiar. Por todo el bosque se oía un solo nombre, gritado mil veces con esperanza, con miedo, con frustración, el mismo nombre escrito por muchas bocas. Un solo nombre entre tantos nombres. Un solo ser entre tantos seres. Un único aroma de los muchos que arrastraba la brisa. Los humanos siguieron buscando durante largas horas por aquel bosque engañoso y extraño, hasta que al fin llegó la noche.

La luz del sol dio paso a las linternas. El bosque, húmedo y sombrío, dejó manar su ira en tenues cuentas de vapor que subían desde la hierba para engastarse en un collar de niebla, cada vez más espesa, contra el que nada podían hacer los haces de luz de aquellas tristes luciérnagas eléctricas. Muchos de los hombres se encontraron de pronto cegados y perdidos, y la propia niebla se fue impregnando entonces de sus particulares aromas, para transportarlos con la brisa hasta la hondonada donde las criaturas y los árboles iban reconociendo poco a poco el humo, la ceniza, la máquina y la destrucción.

De madrugada las nubes engulleron la luna y entonces llegó la más completa oscuridad. Llegaron el frío, el miedo y la desesperación. Las copas de los árboles susurraban sin cesar y los animales aullaban y gemían desde sus nidos y sus ocultas guaridas. La niebla se abría y cerraba caprichosa formando tenebrosos pasillos con paredes de bruma. El viento trajo nubes aún más gruesas y, con ellas, una espesa cortina de lluvia. El aire en el bosque empezó a oler a tierra mojada, pero también a rabia y a determinación. La tierra se hizo de pronto confusa, tenebrosa y traicionera. Hubo piedras que cayeron rodando por las laderas. Se desprendieron grandes ramas de algunos árboles. Se desbordaron algunos torrentes, arrastrando lodo y piedras a su paso. Brotaron raíces en medio de los senderos. Y durante toda la noche las ramas de los arboles se movieron sin descanso, propagando su agitación de unas a otras en inmensas olas de furia cuyo centro era la hondonada.

Con las claras del día llegaron al valle muchos más hombres desde los pueblos cercanos. Trajeron más vehículos. Más máquinas. Más perros. Más gritos. Más desesperación. El buen tiempo les ayudaba en su misión: Tras la noche tormentosa, el sol radiante se filtraba por entre las ramas de los arboles mostrando de nuevo los senderos. Esta vez la partida era más grande, y su búsqueda mucho más extensa y más desesperada. Esta vez el bosque se llenó de nombres.

Algunos de los que pasaron la noche en el bosque nunca fueron encontrados. Otros, los menos, aparecieron ahogados en los arroyos, despeñados por los barrancos o destrozados bajo un tronco caído o una enorme rama que había cedido a su peso. Nadie se pudo explicar por qué todos aquellos muertos y desaparecidos eran, de entre quienes salieron a buscar, sólo los que pertenecían a la compañía. Se dijo que tal vez la gente del lugar había podido volver porque conocía mejor el bosque. Se comentó que los policías y guardabosques tenían seguramente más medios, o más experiencia, o quien sabe si más suerte.

El día claro y despejado y la gran cantidad de personas que ayudaron ese día en la búsqueda dieron al final su resultado: Al caer la tarde encontraron a la pequeña en un lugar insospechado, demasiado lejos del claro donde se perdió, allí donde nadie había buscado antes porque se suponía que una criatura de su edad no podía llegar a caminar tanto.

Hallaron a la pequeña Adela en una oscura hondonada, dormida sobre la hierba y envuelta entre las hojas que habían caído de un viejo roble.

A modo de autocrítica. Al leer este cuento no es difícil pensar en “El Señor de los Anillos”, cuando Bárbol con su ejército de Ents se entrega a la destrucción de Isengard…  Bien, hay elementos comunes, no lo niego, pero otros que no tanto. Es inevitable encontrarse con este tipo de referencias (yo me las he topado al escribirlo y he tratado de huir de ellas), pero pienso que no deben ser un límite para crear. No es que todo esté inventado, pero siempre encontrará uno algo (mejor) que se le parece.

En la primera revisión de este cuento tomé una decisión: darle un nombre a la niña. Y el cambio ha sido sustancial: se vuelve más humana, mucho más que cuando me refería a ella en el borrador sólo como “la pequeña” o “la niña”. Es curioso esto, el grado de identificación que se puede adquirir con un personaje por el mero hecho de que tenga un nombre. Ya sé que es una obviedad, pero entendedlo: estoy aprendiendo. Nota mental: los nombres importan.

Por último, el lenguaje. Yo creo que un cuento “a la vieja usanza” demanda este tipo de lenguaje: más metafórico, arcaísmos, uso más cuidado de los verbos… puede que la forma de expresión parezca rancia, pero a mí me atrae este tipo de estética en la escritura. Digamos que es una pequeña reivindicación de estilo frente al continuo acoso y derribo a la lengua que suponen (a mi entender) las redes sociales. Puede parecer pretencioso todo esto, no lo dudo, pero no es esa mi intención. Quiero aprender, quiero practicar y quiero que se note lo que bebo, y yo bebo mucho clásico. Sacia mi sed y desde luego me encanta. 

Espero que os guste este cuento pero, sobre todo, espero que me digáis lo que no os gusta, porque ese es el mejor medio para darse cuenta de los errores… ¡y rectificarlos!

Muchas gracias.

Anuncios

5 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s