Explicando un relato.

Ayer publiqué una entrada distinta. Se trataba de un relato algo macabro sobre un gatito, un texto trufado de comentarios en los que trataba de anticiparme a los pensamientos del lector a medida que transitaba por la historia. El relato en sí es lo de menos, y los comentarios eran tan arriesgados que seguramente no lograban acertar con las conjeturas que podría ir anticipando el lector. Aún así, la idea es interesante, por mucho que el resultado no lo llegara a ser. Por encima del análisis del propio texto (que no resistiría a un ojo entrenado), merece la pena explicar su intención.

Aprender a escribir pasa, para mí, por experimentar y probar cosas nuevas (o no tan nuevas). Inventar, tensar la cuerda, salirse de los moldes y arriesgarse. No hace falta tener maestría en este oficio para atreverse, pues tal vez esas destrezas puedan venir precisamente de aquellos intentos. ¿Qué sentido tendría reescribir a un clásico o tratar de imitarlo siquiera? ¿Qué objeto hay en darse cabezazos continuamente con los cánones hasta encajar en el molde? ¿Por qué autolimitarse buscando la perfección más ortodoxa, cuando quizás el camino esté en coquetear con los estándares desde fuera?

Escribir es comunicarse. Cuando se escribe se establece una relación con quien lo lee, algo que normalmente se conceptúa como un monólogo, un flujo de información que va en un solo sentido: del escritor al lector. Es una visión correcta pero, creo yo, limitada.
Porque existe un diálogo implícito. El mensaje que se transmite es más que el propio escrito. El mensaje trasciende al texto y se forma en toda su riqueza de imágenes y sensaciones en la mente del lector. El lector pone su parte, claro que sí, al interpretar lo leído y construir en su interior el mundo que le propone el autor. ¿No es eso un diálogo? Porque ambos, escritor y lector, aportan a la historia.

De hecho, el escritor debe saber contar con esa parte fundamental, con esa ayuda a la creación que solo puede proporcionarle el lector. Ha de saber ponerse en el otro papel, y entender al lector para darle las claves adecuadas a la hora de construir el mensaje.

De esto iba mi experimento: ¿Por qué no hacer explícito lo que habitualmente queda fuera del texto? ¿Por qué no tratar de hacer partícipe al lector, de anticipar la marea de sus pensamientos a medida que lee el relato? ¿Por qué no usurparle ese rol interpretativo del texto integrando sus (supuestos) pensamientos en el texto, situándole así en un plano distinto, un contexto en el que existe un nivel dialéctico con el que puede estar de acuerdo, o protestar, o incluso rebelarse contra lo que el escritor y lo que supone de él?

Esa era al menos la intención. El relato en sí era lo de menos: poco más que escoger una imagen curiosa e inventarle una historia. Lo importante eran los comentarios. Provocar al lector, forzarle a trabajar a otro nivel, introducirle en la historia dentro de la historia.

Un experimento cuyo éxito no se mide por los resultados, es decir, no esperaba acertar con mis suposiciones, sino por el mero hecho de adentrarme en otros terrenos, esas arenas movedizas de lo que pasa con lo que escribes cuando alguien lo lee. Porque creo sinceramente que esa es la clave para aprender a escribir mejor: saber meterse en la mente del lector.

En fin, espero que os haya disgustado el relato: es lo que pretendía.

¡Muchas gracias!

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