La ternura fatal.


Sus pasos acolchados lo llevaron de nuevo a la habitación. Trepó con torpe sigilo por los pliegues de la colcha y al alcanzar la elevada llanura de lana tropezó con otro gato. ¿Un rival? ¿Venía tal vez a disputarle las atenciones de la humana? ¿Estaría en peligro su plato de leche? ¡Eso no podía ser!

Ahora, venga, ¡confiésalo!. Has abierto esta entrada sólo por la foto del gatito. Al verla te ha dado el punto Mimosín y, claro, has caído en la trampa. Porque ahí donde lo ves ese tierno minino es el verdadero culpable de un crimen horrible. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Y ahora tú vas a seguir leyendo, claro que sí, porque la intriga acaba de sustituir a la ternura. No me culpes, esto de escribir tiene mucho que ver con jugar con tus emociones. Es parte del trato.

Se alzó sobre sus patitas traseras para aumentar su figura, para ofrecerle una pose fiera y amenzadora al enemigo que, para su sorpresa, hizo exactamente lo mismo. Aquello iba a doler. Tomó la iniciativa y sin tiempo a pensarlo siquiera le lanzó un rápido zarpazo. Sin resultado. El maldito gato había hecho lo mismo otra vez. No había logrado más que tocar garra con garra y, para su sorpresa, aquel contacto le había hecho estremecerse. ¿Qué era eso? Sus garras eran duras, frías. ¿Planas? Extrañas. No se había hecho daño, pero aquel jodido gato había opuesto tanta fuerza a su impacto que le había doblado su manita.

No estarás pensando que el crimen horrible va a ser romper el espejo, ¿verdad? ¡Venga ya! ¿Eso es lo que esperas de mí? Cuando uno dice crimen horrible, es que hay un crimen, y este es horrible. De verdad, ¡cada vez entra a este blog gente más desmañada…!

Le miraba fijamente. Joder, iba a atacarle. Lo podía ver en sus ojos. No movía ni un solo bigote. Estaba quieto. Completamente estático. Tenso. Amenzador. Igual que él. Si, aquello iba a doler. Esperaría al momento adecuado y entonces ¡zas! Lo destrozaría con sus garras. Lo haría pedazos como a aquel ovillo. Pero esta vez no era un juego. Esto iba en serio. Era él o él.

Y se activó como un resorte. Notó como cedía a su impulso y entonces… ¡Qué raro! ¡Se había puesto a rodar! Pero no, no rodaba, todavía le miraba, era otra cosa la que daba vueltas y… ¡desapareció! ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido ese ruido? ¡A correr!

A ver, a ver. Que yo nunca dije que no se rompiera el espejo. ¡No te equivoques! Solo afirmé -y si no te me crees vuelve al anterior comentario y lee- que eso no era el crimen horrible. ¿Cómo va a ser eso un crimen? Que te estoy enredando, pues sí, pero de ahí a engañarte… ¡Uno tiene su dignidad!

Los instantes se hicieron eternos en aquel rincón. Estaba asustado. Terriblemente asustado. Aquel sonido horrible, ni rastro del otro gato … ¡Algo había pasado! ¡Algo horrible! Y la humana le iba a culpar a él. ¿Volvería a coger el periódico enrollado? ¡No! ¡Otra vez no! Temblaba de miedo. La cola entre las piernas. Solo movía las orejas, orientándolas para captar el menor susurro cuando… ¿ese olor…? ¡Y sintió un fuerte empujón!

La puerta, al abrirse, le arrastró un trecho hasta que saltó, horrorizado, para salvarse. Saltó y cayó de pié casi de milagro, pues no tenia todavía muy desarrollada esa habilidad. Cayó como pudo, pero cayó. Y cayó ¡justo en el lugar donde iba a pisar la humana!

Vio acercarse inexorable la suela de la enorme zapatilla, amenazando con aplastarle. No podía reaccionar. No tendría tiempo para apartarse. Su cuerpo no reaccionaba, sus patitas se negaban a obedecer. Y cuando ya se veía perdido, aquella cosa se detuvo.

Vamos, vamos. ¿Es que pensabas que la víctima del crimen iba a ser el propio gatito. ¡Por favor! ¡En este blog no se asesinan animales afelpaditos! Tenlo claro, cuando uno dice crimen, dice crimen. Y ahora a ver si eres capaz de seguir leyendo hasta el final sin interrumpirme con tus teorías absurdas. ¡Confía en mí! ¡Yo sé de esto, joder! 

Se detuvo, decía, pero solo por un instante. La humana le había visto a tiempo y se había parado como activada por un resorte. ¡Salvado! ¡Menos mal! Pero ¿qué hacía ella ahora? ¿Por qué se tambaleaba? Reaccionó, ahora sí, al verla caer. Corrió hacia la estantería para colocarse a salvo, justo donde… ¡donde ella iba a apoyar el otro pié! ¡No podía ser!

¡Vaya! Salvado de nuevo. Pero… ¡un grito! ¿Qué le pasaba a la humana? Se acercó a ella, tumbada en el suelo. No se atrevía a tocarla, pero aquello era raro. Era raro ver a la humana tendida en aquella extraña postura. Extraño, sí. Y se movía de forma extraña. Muy extraña. Se acercó a su cara, ahora a la altura del suelo, y a de su cuello sobresalía algo brillante, un trozo de ¿qué? ¿de cielo? ¿de agua? No, agua no podía ser porque estaba teñido de rojo.

Vaya, aquí tienes tu crimen. ¿Contento? ¿Sí? Pues yo no. Porque eso no es un crimen horrible. Eso es un mero tropezón. Mortal, sí, pero tropezón al fín y al cabo. Y cuando yo prometo un crimen horrible, entrego un crimen horrible. Vaya que sí. 

El liquido rojo tenía un olor peculiar. Como a hierro. La humana se movía muy poco. Emitía algunos de esos sonidos que nunca podía entender, pero no eran de los que anunciaban leche, ni de los que acompañaban sus caricias, ni tan siquiera de los que avisaban de una paliza con el periódico. Eran distintos. Y cada vez más apagados. Presintió que algo iba mal, muy mal. Sintió que su pequeño mundo se caía por momentos. Adiós a las caricias, a los arrumacos, a su platito de leche…

Sé lo que estás pensando. Que me he metido en un lío. Que esto no hay por donde cogerlo. Que me he cargado a uno de los personajes, de forma absurda, y solo me queda el gatito, así que a ver como me lo monto para que ocurra un crimen horrible. ¿Sí? ¿Eso crees? Pues mira, esto lo arreglo yo con una sola frase. 

Y entonces, contemplando la agonía de aquella enorme figura sangrante y quejumbrosa, el gatito supo de pronto que no iba a morirse de hambre.


Nota: Aquí se explica la intención de esta entrada.

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