Borrador. Capitulo 2.


Antes de presentaros esta segunda entrega, os aviso de que este no es el orden definitivo. Entre este capitulo y el anterior ocurre un primer interludio, el inicio de otra trama paralela que ocurre en Langley (Virginia), sede de la CIA.

No obstante prefiero presentar el borrador así, solo con esta parte de la trama, y obviando de momento esa otra parte que será fundamental en el conflicto fundamental de la historia y en su desarrollo, pues ahí tenemos a algunos antagonistas y otros que no tanto.

Las piezas iban componiendo poco a poco el cuadro de Caravaggio. Primero los bordes del puzzle, después las figuras y más tarde las zonas oscuras, mucho más complicadas porque no había otra referencia para encajar las piezas que su propia forma.

Claire clasificaba y seleccionaba las piezas mientras Stan iba formando el puzzle sobre el cristal de la mesa, examinando cada una en busca del menor indicio. Conocía bien a Connor. Le había instruido durante años. Teoría de números, criptografía, algorítmica, geometría, computación… la mente del chico se adaptaba con increíble precisión a cada nuevo campo de estudio. Era capaz de absorber todos los detalles de forma instantánea. A veces le sorprendía detectando a primera vista el error en la resolución de un problema o el fallo en una coma que anulaba una compleja demostración.

El pensamiento de Connor era muy profundo y enrevesado; ello hacía de su trabajo un arte rico y complejo. Claves en las claves de las claves. Sabiéndolo, Stan no podía pasar nada por alto: analizó con precisión cada pieza, la propia caja del puzzle y hasta el envoltorio de papel. Cada pequeño detalle importaba. Sabía que no podía conformarse con la solución aparente, porque habría más. Siempre había más.

-Stan, aquí he encontrado información sobre el cuadro. Te resumo. Óleo sobre lienzo. Mil quinientos noventa y nueve. Fue un encargo para decorar una capilla en una iglesia italiana.

-¿Cuál?

-San Luis de los Franceses, en Roma.

-Roma. Interesante. Mira, ya tengo una de tus piezas, ¿ves? La “S” encajaría justo aquí. Pero voy a dejar ese hueco vacío de momento. ¿Hay más té?

-Tengo que preparar. Ahora te lo traigo.

A medida que el viejo Stan colocaba las piezas fueron apareciendo sobre la mesa los rostros de Levi, Pedro, Mateo y el propio Jesucristo, pinceladas diestras destacando en un inteligente juego de luces y sombras.

La llegada del té les concedió un descanso.

-Aquí lo tienes. ¿Tienes alguna idea ya del mensaje de Connor?

-De los mensajes. Con Connor siempre hay más de lo que parece.

-¿Tan bueno es?

Stan se quitó las gafas y la miró con fijeza.

-¿Bueno? ¡Es brillante! Tanto, que a veces pienso que si se rapara el pelo podríamos ver su cráneo iluminado por dentro. Jamás había visto alguien con tal capacidad intuitiva. Tú deberías saberlo bien.

-Si, pero ese no es mi campo. Nadie mejor que tú para juzgarlo, Stan, ¿o debería decir… Stanislav?

El viejo se puso las gafas con displicencia, cogió otra de las piezas y se puso a buscar con esmero su lugar en el cuadro. El silencio por respuesta pesaba entre ellos, hasta que Claire puso suavemente su mano sobre el puzzle.

-¿Hasta dónde sabes? –le dijo con frialdad a Claire sin dejar de mirar al puzzle.

-Stanislav Kalievsky, doctor en matemáticas y mecánica con premio y mención especial por la estatal de San Petesburgo, ingreso en la academia de ciencias, entra en el KGB en el setenta y cinco y permanece allí, en el octavo directorio, hasta que en el noventa aprovecha el viaje a un congreso de matemáticas para pedir asilo en este país. Entonces se cambia de nombre y desaparece de escena hasta que en el noventa y cuatro reaparece en el MIT como profesor adjunto, aunque su asignatura no ha figurado nunca en los programas oficiales. Por cierto, ¿por qué decidiste llamarte Stan Miller?

Por toda respuesta Stan comenzó a silbar “In the mood”.

-Qué jodido cabrón –contestó divertida-, ¿habrá algo más americano que Glen Miller? Pero hay algo que no entiendo: Cómo un genio de las matemáticas como tú echa a perder toda su vida y su carrera entrando en el KGB.

-Digamos que tuve la osadía de destacar en ciertas habilidades que podían ser muy útiles para mi “querrrido” país -contestó impostando un acento que ya no tenía– Entonces se me planteó resolver un teorema cuyas premisas eran una serie de pruebas que me inculpaban en un delito capital y las únicas soluciones posibles eran congelarme en un gulag o dejarme reclutar por “El Centro”.

-Comprendo. Y esas mismas premisas te retuvieron hasta que te pudiste escapar a nuestra tierra de la libertad…

-… donde esas mismas habilidades me volvieron a condenar a servir a un país que no era el mío instruyendo a sus cachorritos para hacer lo mismo que hacíamos en el octavo directorio. Y ahora, si no te importa, ¿podemos seguir con esto?

Pasaron los minutos en un silencio apenas roto por el susurro del cartón recortado al encajar en su sitio, hasta que Stan colocó la última de las piezas de la caja del puzzle. Ambos pudieron contemplar entonces la obra de Caravaggio en todo su esplendor, a excepción de los cuatro huecos donde faltaban las piezas de Claire.

-Es una verdadera maravilla, Stan.

-Si, pero lo mejor está en la parte de atrás. Tienes que ayudarme a darle la vuelta.

Stan descolgó de la pared un póster, seguramente abandonado por un inquilino anterior, y lo colocó sobre el puzzle. Entre ambos cogieron en peso el cristal de la mesa y lo giraron hasta colocar todo el conjunto boca abajo.

Los huecos de las piezas de Claire destacaban ahora en el verde de la superficie como balazos en una diana de papel. Antes y después de cada uno de los cuatro huecos había escritas a mano algunas series de cifras y símbolos. Las piezas encajaron a la perfección en sus huecos, completando el mensaje con el que Connor les había unido, las claves con las que intentaba transmitirles algo de vital importancia, algo que solo ellos deberían saber descifrar.

-1.876941

-1.228160

ATx3

CP320

Claire estuvo tentada de lanzarse a expresar hipótesis sobre el significado de aquel enigma, pero al contemplar la expresión concentrada de Stan decidió no quebrar el silencio. Después de unos minutos se levantó de la silla sin hacer ruido, y cuando ya estaba entrando en la cocina le llegó la voz del viejo matemático.

-Deja en libertad a Rachmaninov, Claire. Y no traigas té. Necesito algo más fuerte.

El tiempo levantaba poco a poco una barrera entre el hombre y el enigma de aquellos números. Stan dejó el vaso y soltó un bufido. Llevaba demasiado rato ensimismado ante el puzzle, pero Claire no se atrevía a interrumpirle. De pronto Stan salió de su recogimiento.

-Claire, creo que esos dos primeros grupos de cifras pueden ser grados decimales. Coordenadas, ¿comprendes? Búscalas en el navegador, por favor.

Claire cogió su teléfono móvil y empezó a manipularlo cuando Stan la sobresaltó.

-¡No! ¡No uses tu móvil! Enciende mi ordenador. La clave de acceso es “PA65x103”.

El obsoleto ordenador IBM tardó un par de minutos en arrancar. Claire cargó el navegador e introdujo las coordenadas.

-Stan, esto no puede ser. Esas coordenadas apuntan a un lugar en medio del Atlántico, en el Golfo de Guinea.

-Me lo temía. Ya me extrañaba que Connor fuera tan directo. Pero son coordenadas, tienen que serlo. Prueba a invertirlas, juega con esos números y prueba a introducir el resultado.

-¿Tú crees que eso funcionará?

-No, pero ambos necesitamos que hagas algo en vez de estar ahí pasmada mirándome.

Y no funcionó. Stan se levantó varias veces, consultó el ordenador, volvió al puzzle, paseó, llenó algunas hojas en blanco con extrañas combinaciones de los números y no consiguió ningún resultado. Cansado, cogió su vaso, lo llenó de vodka hasta el borde y se dejó caer abatido en su sofá. Claire le vio derrotado. Vio al mismo Stan que había visto al entrar en la casa.

-¿Y ahora crees que eso va a funcionar? – le volvió a decir Claire.

-No. Nunca lo hace. Pero esta vez soy yo quien lo necesita.

Claire se plantó ante él, cogió el vaso y le habló cara a cara, tan cerca de su rostro que Stan echó la cabeza hacia atrás por mero instinto.

-Tienes que dejar esto, Stan. Tienes que plantarle cara a la vida y a los problemas. El alcohol es solo un refugio, una huida. Tienes que afrontarlo Stan.

-Vaya, lo último que necesitaba: un sermón. Claire, ¡date una vuelta, necesito pensar!

-No, Stan, Connor puede estar en peligro y no me voy a ir de aquí sin…

De repente Stan la interrumpió con un grito.

-¡Eso es! Claro ¡Eso es! Vamos, ¡deja ya de protestar y ayúdame a darle la vuelta a ese jodido puzzle!

Entre los dos cogieron en peso el cristal, lo giraron en el aire y lo dejaron de nuevo sobre la mesa. Ahora el cuadro ya estaba completo, una reproducción bastante fiel del original, salvo por la trama sinuosa de los bordes de las piezas.

-¡Sí! ¡Aquí lo tenemos! Mira, Claire, ¡mira!, ¿es que no lo ves?

-No, Stan. ¿Qué es lo que tendría que ver?

-¡La clave maestra! La llave que hace que todo encaje en su sitio. ¡Mira bien!

Claire estudió de nuevo el cuadro. La única diferencia con el original eran las letras con que estaban marcadas las piezas que recibió ella: “S”, “T”, “A”, “N”, letras que significaban el claro mensaje de Connor para que acudiera a su viejo maestro. Ahora esas letras estaban repartidas por el cuadro sin ningún orden aparente. Y sin embargo allí estaba la clave.

-Mira, Claire. Fíjate en la ventana que esta pintada en el cuadro. Los palos que hay entre los cristales forman una cruz. Tienes la “N” justo encima del palo central, y la “S” justo debajo del mismo. ¿Qué te recuerda eso?

-¿Una brújula?

-Algo así. ¡Connor nos ha dibujado ahí el centro de coordenadas! Las coordenadas que nos ha dado Connor no están referenciadas con respecto a Greenwich, sino a esa ventana, un origen de coordenadas que el propio cuadro sitúa en la Capilla Contarelli, en la iglesia de San Luis de los Franceses, en el centro de Roma.

-Es… ¡increíble!.

-Es Connor, chica. Bien, ahora solo tenemos que calcular las coordenadas de esa capilla, restarles las coordenadas que nos ha dado Connor y tendremos una ubicación concreta.

Claire se sentó de nuevo ante el ordenador mientras Stan calculaba y le daba las coordenadas correctas. El navegador obedeció al instante y se desplazó hasta un lugar en el centro de Florencia.

-Mira lo que tenemos aquí, Stan. Esto es, vaya… ¡una oficina de correos!

En la pantalla del viejo IBM apareció la imagen de la oficina de Poste Italiane ubicada en la Vía Luigi Alamanni de Florencia. Stan voló a la mesa para coger de nuevo sus notas.

-Claire, busca en ese trasto como se dice “apartado de correos” en italiano.

-A ver… Aquí lo tengo. Casella Postale.

-¡Eso es! Ya tenemos el significado de CP320. Lo que quiera que sea está en la Casella Postale 320 de esa oficina de correos.

-Entonces ¡Lo tenemos Stan! ¡Lo tenemos!

-No, Claire, aún no. Los apartados de correos tienen una llave. Sin ella en realidad no tenemos nada.

-Pero ¿dónde está esa llave?

Stan la miró pensativo. Ahora su mente funcionaba a pleno rendimiento.

-Delante de ti, Claire. Dime, ¿cuál era el cuarto grupo de números?

Claire sonrió y le miró de reojo.

-Estas disfrutando con esto, ¿eh viejo?

-¡Como hace años que no disfrutaba de nada, encanto!. Venga, vamos, ¡dime esos números!

-ATx3. ¿Qué puede ser? ¿Una clave de acceso?

-No. Piensa como Connor. Matemática. Geometría. Mira de nuevo el cuadro. Ahí tenemos la clave una vez más ¿Qué dirías que formanlas letras “A” y “T”?

-Pues… ¿Una línea…? Ah, ¡Un segmento!

-¡Bien! Y si esa “A” que está en la mano de Jesucristo y esa “T” que está en el brazo de la otra figura forman un segmento de, digamos, medio metro de longitud, entonces AT multiplicado por tres será…

-¡Un segmento de metro y medio que empieza en la mano de Jesús y termina en algún lugar fuera del cuadro!

Stan le puso una mano en el hombro, se quitó las gafas y la miró a los ojos.

-Y en ese lugar, Claire, es donde está la llave del apartado de correos.

-Eso significa que Connor quiere que viajemos, ¿no es así, Stan? Si nos envió este mensaje por separado para que buscáramos juntos la solución, y la solución está en Roma, la razón de todo esto es que él nos necesita allí a ti y a mí.

-Eso creo yo. Primero Roma, después Florencia. Y ahora solo espero que estés tan bien relacionada como siempre he creído, porque vas a tener que conseguirme un pasaporte.

¿Que tal? ¿Engancha? ¿Tiene ritmo? Quizás demasiado diálogo. Pero he tratado de que sea divertido, me encantan los enigmas. De momento no son muy complicados, pero tampoco me atrevo a entrar en más dificultades.

Por cierto, hay más de lo que parece: premio a quien descifre la clave del ordenador de Stan…

(Leer el capitulo anterior)

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7 Comments

  1. Sí que engancha porque lo he leído mientras los niños se hacían la puñeta a mi alrededor y ni me he enterado de ellos porque estaba concentrada😁
    Los diálogos le dan fluidez así que no creo que sean excesivos.
    El enigma y su descodificación puede seguirse aunque el lector no tenga ni idea de algoritmos y esas cosas que a tí te encantan y que yo no entiendo.
    Sigue así!
    Por cierto, menos mal que tenemos a Fran para que nos señale los fallos ortográficos porque siempre se nos pasa algo😥

    Le gusta a 1 persona

    1. Fran es una joya. Conmigo tiene el cielo ganado!
      Seguiré avanzando, creo que el próximo finde, la semana se presenta completita…
      Muchas gracias!! Si consigo llevar esto a puerto te nombro lectora cero o como se llame eso😂😂😂

      Me gusta

  2. Me ha gustado, a pesar de que en el primer párrafo aparece un “mas” erróneo por incompleto. En el once la redundancia le resta calidad al episodio y a ti como escritor. Donde se hace la reseña de Stand me quedo sin dilucidar el significado de “MIT”.
    Aquí “… Connor no están referenciadas con respecto a Greenwich, sino con respecto a esa ventana,…” sobra un “con respecto”. En este otro “… ante el puzzle pero Claire no se atrevía…” falta la coma que ha de preceder a “pero”.

    Saludos

    Le gusta a 1 persona

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