Mi submarino.


Yo fui un niño afortunado porque tenía mi propio submarino. Me encantaba gobernarlo, recorrer los mares con él y entablar batallas navales, soltar torpedos por doquier y hasta esquivar las cargas de profundidad de los destructores del enemigo.

Lo encontré una de esas veces (al día) en que me castigaban encerrado en mi cuarto. Allí estaba, esperándome, pidiéndome a gritos que abriera la escotilla y me pusiera a los mandos del periscopio. Joder, aquello me gustó tanto que desde entonces empecé a desear que me volvieran a castigar. Y si he de ser sincero, creo que aquella nave podría justificar muchas de mis travesuras. Ardua tarea.

Os preguntaréis como puede ser esto, ¿verdad? ¿Quien tiene un submarino en su habitación? Pues pensad en un lugar oscuro y estrecho, casi claustrofóbico, profundo, recogido, silencioso, donde cuesta hasta respirar y no te puedes mover apenas, un sitio que te obliga a permanecer en una extraña postura frente a un armazón metálico.

¿Lo tenéis ya? ¿No? Vale, una pista: hay pelusas.

¡Eso es! ¡Claro! ¡Debajo de la cama!

Allí me pasaba horas, llevando a cabo exóticas singladuras en las que emulaba a Cary Grant camino de Tokio o a John Wayne rascándole la barriga al Pacífico. Poco a poco fui construyendo mi sala de mandos, enganchando a los alambres del somier piezas de juguetes, pinzas de la ropa, hilos y trozos de cuerda; el periscopio me lo hice con unos cuantos canutos de los rollos del papel higiénico y el radar lo recorté de una revista. Y cuando pude escamotear una linterna de las de pila de petaca ya fue la leche: con un par de hilos de cobre y un poco de celofán rojo envolviendo la bombilla, a mi submarino ya no le faltaba un detalle.

¡Cuanto pude disfrutar de aquella preciosa nave! Yo creo que el capitán Cousteau no se lo pasaba mejor que yo viéndole las tripas a los océanos. Bajar a la fosa de las Marianas era pan comido: mi nave era tan gobernable que solo tenía que soltar un poco de lastre y se iba al fondo como un plomo, y después emergía haciendo cabriolas como una Yubarta en el día de su cumpleaños, levantado olas de espuma que llegaban hasta la mesita de noche.

Lo peor era cuando tenía que aguantar en el fondo mientras me buscaba con ahínco un destructor que curiosamente hoy día es arquitecto. Yo aguantaba hasta la respiración para no ser detectado, quieto como una momia y con el dedo sobre el botón del lanzatorpedos: ¿quien quiere jugar a la pelota teniendo un submarino? Y así resistía hasta que pasaba el peligro y podía salir a la superficie a por el pan con nocilla que devoraba a gusto en mi centro de mando mientras seleccionaba un nuevo objetivo.

Este era mi secreto. Uno de ellos. En casa no entendían como me tomaba con tanta acritud los castigos, sin llorar, sin protestar…¿pensarían que era orgullo o amor propio? ¡Ay si hubieran sabido de mi submarino, la de moretones que me hubiera llevado!, pues no en vano mi madre fue campeona olímpica de lanzamiento de zapatilla.

Ya veis, fui un niño afortunado. Aunque la bicicleta llegó demasiado tarde, porque no se podía, y los reyes no hicieran mucho caso de mis cartas, yo tenía un submarino para mi solito y era feliz, porque yo quería.

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14 Comments

  1. ¡Ahhhhh! ¡ Fuiste tú el comandante de submarino- somier al que logré engañar escondiéndome con el mio entre delfines para que no me detectara con el sonar!
    Vale, ahora puedo presumir que éramos del mismo ejército Pikolín.
    ¡Buena caza, Comandante!

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    1. Si, era yo, ¿que te parecieron mis contramedidas? ¡Torpedos a mi! Y mira que con aquel diésel se podía hacer poco: ahora tengo uno de dos cuerpos con 150 de eslora, que ni el Octubre Rojo. Cuando quieras quedamos y nos echamos unos buenos torpedos…

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  2. Interesante forma de evadirte por aquel entonces de los “peligros” que conlleba hacer vida social.
    Lo de esconderse debajo de la cama para evitar ser castigado tras hacer alguna trastada era muy habitual en mi caso, aunque con mi madre de poco me servía, era más lista que el hambre.

    Gracias por compartir relatos tan íntimos como interesantes.

    Saludos

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    1. No, no, yo era más original: me metía allí después de ser castigado, para amortizar ese tiempo inútil. Para eludir los castigos tenía tres cosas: un buen par de piernas, un poquito de oro y como último recurso esa mirada inocente y tierna que hacía compadecerse hasta al osito del mimosín.
      Vamos, que era un pieza de cuidado. Con decirte que ahora que todos mis amigos se están quedando calvos están reapareciendo todas aquellas pedradas: me quede a solo 50 puntos (de sutura) de ser catalogado como vector de riesgo por la OMS.

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      1. ¡ja, ja, ja! Eran otros tiempos y no disponíamos de más entretenimiento que andar batallando con unos y con otros y si un día alguien se convertía en tu peor enemigo, al siguiente lo consierabas tu mejor enemigo. Qué pena que con el paso de los años perdamos la capacidad de perdonar.

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        1. Y la de resucitar! Seguro que no te suena raro, cuando jugábamos a pistoleros o policías y Ladrones: el que “moría”, se levantaba y decía “bueno, ahora soy TJ” y seguía jugando. ¡Eso sí que eran reencarnaciones!😂😂😂

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          1. Era lo que había y no teníamos limitaciones a la hora de imaginar ni disponíamos de capacidad suficiente para entender lo que era/es la muerte en realidad. ¡Qué tiempos aquellos!, a pesar de no tener más que lo justo para jugar…

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  3. Jaajjj muy chulo tu submarino, casi puedo imaginarte!!!
    Una cosita: creo que cuando utilizas “acritud”, creo que en realidad quieres decir lo contrario, no sé “resignación”, por ejemplo.
    Besacos, Israel!!

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