Al Gafequi, de profesión oculista.


No, no me he inventado el nombre. Mirad lo que dice la Wikipedia:

Muhammad Ibn Qassoum Ibn Aslam Al-Gafequi fue un oculista andalusí. Era experto en la operación de cataratas, en las enfermedades oculares y el iris.

Nada tiene que ver por tanto con Ali Cates, el que hizo la instalación eléctrica de la Alhambra, o con Al-Carajo, el coach personal de Boabdil, figuras creadas por el imaginario del vulgo. Al Gafequi existió en realidad, y de hecho es el eslabón perdido de las Ray Ban y las Afflelou, como acredita el monumento que hay en Córdoba conmemorando el centenario de su muerte en 1165.

Quien primero me habló de él hace muchos años fue un amigo que era con toda exactitud lo que hoy llamaríamos un gafapasta: Alto, delgado, moreno de pelo y pálido de pellejo, y con la mismísima cara de Harold Lloyd, lupas incluidas. Un tipo extravagante de costumbres extrañas de las que os podréis hacer una idea si os digo lo que coleccionaba: la infinidad de sitios extraños donde se la había cascado (disculpadme la vulgaridad, odio la palabra técnica que le dan a esto).

Comprenderéis lo peligroso que era quedar con el, al punto de que no se podía estar tranquilo si no tenía las dos manos a la vista. Pero además tenía un problema: estaba seriamente peleado con las erres.

Uno ha madurado con el tiempo, pero en aquel entonces tenía menos vergüenza que un gato en una matanza, y ya os podéis imaginar cuando mi amigo, entre caña y caña, con esa pinta de buscando a Wally versión menores de tres años, arrastrando las erres y relatando la vida y milagros de Al Gafequi el oculista, que es solo por milagro que hoy día no cargue con una úlcera por aguantar la risa más allá de toda esperanza.

Si, he madurado, y algún día rendiré cuentas por todas estas pequeñas maldades, pero aún hoy, recordando viejas hazañas como esta, se me pone una cara de cabronazo que me hace dudar si esa bis Ioputar que nunca lograré extirparme del todo es fruto de la sociedad que me crió, o es que de pequeño me caí en una marmita.

Así que ¡por Tutatis! No me tengáis en cuenta lo bueno sin descontarme lo malo: soy un todo. Además, si no hubiera puesto la cita de la Wikipedia, piénsalo, ¿te habrías creído lo de Al Gafequi?

Porque yo, no.

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