Estaba escrito.


Muchas veces pensamos que nuestra vida es el resultado de grandes propositos y determinaciones, cuando en realidad estamos todo el tiempo tomando multitud de pequeñas decisiones aparentemente irrelevantes, y son estas las que pueden llegar a tener consecuencias insospechadas y definir radicalmente nuestro destino. Con el tiempo las olvidamos, les restamos importancia o las terminamos llamando casualidades, pues es grande nuestra capacidad para amortizar nuestros propias acciones y reconducir a cada nuevo paso nuestro destino, pero son todos esos pequeños actos los que van marcando realmente nuestra existencia, por encima de aquellas grandes intenciones y de la determinación con la que quisimos llevarlas a cabo. Pero será mejor que deje de filosofar: este no es un libro de autoayuda, y tampoco es mi intención decepcionarte en el primer párrafo, cuando voy a tener tantas oportunidades de hacerlo más adelante.

Sólo pretendo contarte una historia, la historia de un hombre cuya biografía en realidad se podría resumir en un par de párrafos de no haber sido por la sencilla decisión que tomó una fría mañana de invierno. Pero no quiero adelantarme a los acontecimientos: para comprender la importancia de aquella pequeña decisión es necesario que vengas conmigo a un lujoso despacho en la sexta avenida de Manhattan. Eso sí, abrígate un poco, estamos a primeros de Enero.

La chica que se acerca por el pasillo es Marion, la secretaria de Jordan. Fíjate bien en ella: tacones, traje de chaqueta, un innecesario toque de maquillaje y el costoso corte de pelo que se permitió para la fiesta de fin de año, conservado aún con esmero. Solo le faltan las gafas para ser la típica secretaria y, sin embargo, se acaba de abrochar un botón del escote antes de entrar al despacho.

Tras saludarle con cortesía, Marion le entrega a su jefe el paquete que acababa de llegar. Jordan levanta sus pobladas cejas por encima de las gafas, como hace siempre que le molestan, y piensa que es uno de tantos regalos de empresa. A juzgar por el lujoso envoltorio, de alguna firma que debe tener bastante interés en contratar con ellos, la reputada agencia de publicidad Schumanns. Jordan abre el paquete con interés y al cabo de unos segundos Marion puede ver su cara de decepción: no es más que una agenda. Y no es de las caras, en absoluto. Ni tan siquiera es de piel. No trae tarjeta, y eso a Jordan no le extraña, pues nadie se podría sentir orgulloso de enviar semejante regalo.

Tras echarle un rápido vistazo Jordan está tentado de tirarla a la papelera, pero entonces se le ocurre tener el detalle de regalársela a Marion. Ella la rechaza con delicadeza porque ya tiene una. “¡Pues regálasela a quien mejor te parezca!”, le contesta. Lo cierto es que Marion hubiera preferido un regalo mejor, pero no se atreve a pedirle el resto del día libre. Ya vería a sus padres en otra ocasión.

Después de tomar nota de algunos encargos Marion vuelve a su mesa y Jordan a sus preocupaciones. Algunas horas más tarde, cuando entra la limpiadora, la agenda sigue sobre la mesa.

Y allí está todavía a la mañana siguiente. Jordan vuelve a cogerla intrigado, preguntándose quien puede quererle tanto como para hacerle semejante regalo. Pero no va a terminar ahí su desazón porque, al hojearla, descubre que ¡la agenda ya está escrita! “Esto es el colmo”, se dice, mientras lee la cita que hay anotada para ese día.

-21:30. Cena en angelo’s.

Pensando que se trata de un error, Jordan mira la agenda a fondo para buscar el nombre del propietario. Pero lo único que hay anotado es esa cita.

La agenda no es gran cosa, un modelo barato de la casa Bates&Norm, de papel finísimo y una página por día. Suena el teléfono, aparece Marion con unos documentos para firmar, llegan algunos mails y la agenda, entre tanto ajetreo, vuelve al olvido.

Unas horas más tarde Marion le llama para pasarle una llamada de su esposa. Jordan no tiene tiempo para eso, le dice que tome el recado y vuelve a enfrascarse en preparar esa reunión con unos inversores que podría ser la salvación del negocio. Eso es lo más importante, lo demás tiene que esperar. Marion lo sabe. Jessica siempre lo ha entendido.

La intensa jornada termina a las nueve. Pasa por la mesa de Marion para dejarle unos envios que tiene que realizar y ésta le da las buenas noches. “Hasta mañana”, le responde, y sigue su camino hacia el ascensor, pero entonces Marion le avisa desde lejos porque se ha olvidado de decirle que su mujer ha conseguido canguro y ha hecho una reserva para cenar. A las nueve y media. En Angelo’s.

La mañana siguiente, lo primero que hace Jordan al llegar al despacho es mirar la agenda. Está muy intrigado. Demasiada casualidad. Tal vez una broma. Pero no, Jessica insistió ayer hasta el enojo en que no sabía nada de ninguna agenda. Se le ocurre que a lo mejor puede identificar al bromista por su caligrafía. Pero… no, no va a poder: la cita ha desaparecido. No está borrada. No hay señales. Sencillamente ya no está. Y eso no es lo peor: ha aparecido una nueva cita para hoy.

-16:40. Entrevista Jane Algernoon.

Marion tampoco sabe quién puede ser la tal Jane. Nadie la conoce en la oficina. Es extraño lo que está pasando con esa agenda. La guarda en el cajón antes de que lo importante del día, y hay mucho, pase sobre él como una apisonadora: primero una reunión, después la auditoria, un lunch con un cliente, algunas firmas, un sinfín de llamadas y cuando después de comer tiene que ir a la presentación de ideas para una nueva campaña, Jordan está ya realmente agotado.

Tiempo perdido, tan solo unos cuantos creativos sin nombre que quieren hacerse hueco con ideas de academia. Varias presentaciones de lo más conservador sin nada que le llame la atención.

Jordan está ya a punto de desconectarse de aquel lugar y ponerse a pensar en su contabilidad cuando le llega el turno a una chica con vaqueros, rastas y un piercing en la nariz. Para variar, esta se pone de pié y se destapa con algo nuevo. Radical, pero bueno. Sí. Muy, muy bueno. Vaya, pero viene acompañada por un tiburón. El tipo no tiene ni idea, pero con esa labia y ese espíritu trepa va a robarle a esa pobre idiota todas las medallas. Jordan sabe como deshacerse de la sanguijuela: le pasa con disimulo una nota a la chica para que se quede a hablar con él después de la reunión.

No son todavía ni las cinco menos cuarto, y Jordan está a punto de empezar a hablar con la sorprendente, por muchos motivos, Jane Algernoon.

Es jueves, son las ocho de la mañana y toda la planta 15 está patas arriba tratando de averiguar quien trajo la puñetera agenda. Jordan no ha explicado por qué, simplemente quiere saber de dónde ha venido esa agenda. La muestra a todos y la vuelve a guardar en el cajón. Ya no se atreve ni a mirarla: Esa jodida cosa está adivinando su futuro.

Jordán se pasa media mañana perdido en especulaciones hasta que reúne valor y decide llegar al fondo del asunto. Abre la agenda. Como espera, la cita de ayer ha desaparecido. Y tiene dos nuevas citas para hoy.

-12:00. Floristería Marlow.

-17:00. Harper.

A las once y cuarenta y cinco Jordan decide demostrarle a la agenda, o puede que a sí mismo, que todo es una casualidad, y opta por no hacerle caso a la agenda. En vez de eso, toma el ascensor y se va al Starbucks del edificio de enfrente a dejar pasar esos minutos críticos tomándose un café, sólo, y sin casualidades.

Diez minutos más tarde, cuando va a cruzar la calle, siente un tirón del brazo que casi le hace caer. Una furgoneta de reparto pasa junto a él a toda velocidad. Le habría atropellado de no haber sido por ese tipo. Entonces algo ilumina su mente. Mira con atención a la furgoneta que ya va a girar en la esquina por si… No, no es de ninguna floristería. ¡Es todo un consuelo!

Piensa aliviado que la agenda no es infalible. El tipo que le ha salvado le pregunta si se encuentra bien y Jordan, ya más tranquilo, le da las gracias. “No las merece” responde el otro, y después recoge el ramo de gardenias que se le había caído y sigue su camino.

 

¿Que os parece? Me he planteado algunas dificultades: la narración en presente, suprimir los diálogos aunque la historia los pide a gritos, ese estilo peculiar del narrador, y sobre todo algo que tengo que mejorar: en mis relatos (casi) no pasan cosas. Me he propuesto que aquí pasen cosas, muchas cosas, en muy poco tiempo.

Hay misterio, lo estoy tratando de dosificar pero creo que hay varias intrigas (incluso un guiño a Hitchcok, premio para quien lo encuentre) y tengo un final. Esta vez sí lo he previsto.

Es una historia ligerita, un ejercicio que dará para dos o tres entregas más. Estoy experimentando con algunas ideas antes de meterme en otras camisas de once varas.

Espero que os guste y espero vuestras críticas. Por cierto, sirven para algo: estoy reescribiendo “el carmen del destino”. Es lo menos que podía hacer…

18 Comentarios

  1. A pesar de que un par de anglicismos aparecen erróneamente en redonda, algún párrafo resulta redundante “…le llama para pasarle una llamada…”, aparecen tildes donde, según la ultima revisión llevada a cabo por la RAE, no deben estar y se elide otras que sí…, el relato se deja leer y resulta ameno.

    Por otro lado, las anotaciones que aparecen en la agenda quedarían mejor eliminando la raya que les precede y aumentando la sangría un par de espacios o tres con el fin de que se distingan de los parlamentos de los personajes.

    Saludos

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    1. Te acepto y agradezco mucho las correcciones del primer párrafo, no así las del segundo: la agenda es la verdadera protagonista de la historia, y le he reservado el privilegio de ser la única que “habla”. Es decir, no hay diálogos al uso, los mezclo en los párrafos, para que solo hable la agenda. Sé que no es correcto, pero esta vez me estoy saltando la norma a sabiendas!
      Un abrazo, Fran!

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      1. En este caso el errado es el menda lerenda, es decir, yo por el hecho de no haber contemplado la posibilidad de que la agenda es un objeto personificado.

        Hay varias formas de presentar los diálogos y si personificas un animal u objeto puedes exponer sus intervenciones como la de cualquier otro personaje. Luego, eso de que te estás saltando las normas no es correcto.

        Un abrazo, compañero.

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  2. La secretaria es un personaje que puedes sacarle mucho ya que está muy cercana al protagonista.
    Narrar en presente es difícil, pero seguro que tu lo sabrás hacer bien.
    Quizás definir mejor a los personajes.
    Y esto es algo sin importancia, has puesto “pié” y es pie sin tilde.
    la palabra: “solo” no se acentúa. Desde la publicación de la Ortografía de la lengua española de 2010 es indiferente si se trata de un adverbio o de un adjetivo.

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  3. Narrar en presente y casi como simple espectador tiene algunas limitaciones aunque se gana en agilidad ya que no da pie a excesivas florituras y obliga a concentrarse en la trama, en este caso en el misterio.
    Es un relato interesante: siempre he sentido curiosidad por estos temas ¿hasta qué punto está escrito nuestro destino?
    Me alegra saber que tienes un final y que no nos vas a dejar con la miel en la boca.
    PS: De momento no tengo críticas sobre el relato.😘

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    1. Es un reto, he tenido que revisar varias veces los tiempos de los verbos!
      Mi narrador es como una cámara, de hecho más que un relato esto se me va pareciendo a un guión. ¿Será estilo Frank Capra, con ángeles que se ganan las alas? Es tentador, la verdad, pero no lo sé aún.
      Pero si es poco más que una cámara ¿como puede entrar en las mentes, expresar miedos, deseos o inquietudes? Porque yo necesito reflejar esas emociones, y no tengo imágenes. Aquí tengo otro reto: lograr eso y que a la vez el punto de vista sea coherente.
      Esas son algunas de mis dudas, de momento voy a seguir; después, analizar y corregir.
      Muchas gracias Sadire, que sepas que estoy ahorrando (tiempo) para (leer) tu libro! (Que está la cosita muuuuuy mala)

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      1. En cuanto a expresar miedos y tal yo creo que no vas mal: cuando la secretaria rechaza la agenda ya muestra algo de su carácter (orgullo), cuando ponen patas arriba la oficina muestra emoción (miedo), por ejemplo. Supongo que tendrás que reflejar todo esto con las acciones que decidan realizar los personajes.
        PS: No ahorres demasiado, en dos ratos lo tienes finiquitado😜

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        1. ¿Que no ahorre dice? Tengo que comprar el tuyo, el de Ana, el de Fran, el de Luis, el de Fabio y el de Lidia, así que recuerde ahora…
          ¡Que soy autónomo leches!😂😂😂 un poquito de porfavó😂😂😂

          Le gusta a 2 personas

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