Las artes olvidadas.

La playa estaba llena a pesar del intenso calor del mediodía. Esa gente había pagado con sudor sus vacaciones, el sueño de todo un año de trabajo, y esas horas eran tan escasas y tan valiosas que había que aprovecharlas a cualquier precio, incluso si el sol abrasador transformaba el disfrute en obligación.

Los más prudentes se refugiaban bajo las sombrillas, otros se cocían a fuego lento entre las olas y había algunos excéntricos que paseaban arriba y abajo luciendo bronceado, sorteando en su paso a los niños que, ajenos al clima y a las necesidades y las miserias de los mayores, jugaban distraídos en la orilla.

Uno de esos niños levantó su mano señalando al cielo. Otro que jugaba con él alzó también la cabeza y se quedó mirando hacia arriba. La gente a su alrededor les vio y también lo hicieron como un acto reflejo, un impulso inevitable que se extendió a quienes a su vez les veían mirar y señalar hacia arriba, de forma que en pocos segundos toda la playa tenía la mano sobre los ojos a modo de visera y estaba absorta contemplando las extrañas líneas blancas que cruzaban el cielo.

Especular es un estupendo ejercicio para superar la canícula en Agosto. No podía tratarse de la estela de un avión, decían unos. Demasiadas líneas. Demasiadas curvas. Demasiado bien definidas. Ni siquiera un avión militar. Tampoco eran nubes, como aseveró uno de esos expertos en casi todo que hay en casi todas las barras de casi todos los chiringuitos. No, quedó claro que no era un fenómeno meteorológico. Ni tampoco eran columnas de humo. Ni eran cometas, ni se trataba de drones, ni de algún cohete o artefacto pirotécnico.

Por mucho que hablaran y miraran las lineas permanecían en el cielo tan blancas, rectas e inamovibles, expuestas a la vista de todos. Resistiendo a cualquier intento de explicación lógica. Y la gente empezó a tener miedo.

¡Tal vez eran misiles!

A lo mejor alguno de esos locos bastardos que tienen a mano un botón rojo había decidido usarlo. Y entonces todos los demás bastardos locos habían pulsado el suyo en respuesta. La gente consultó en sus móviles, encendió la radio e incluso algunos llamaron a emergencias, pero nadie encontró indicio alguno de que el mundo fuera a sucumbir al infierno nuclear, al menos aquel día, ¡con la que estaba cayendo!

O tal vez las líneas eran obra de otra inteligencia. Descartadas las explicaciones lógicas, empezaron a tomar cuerpo las místicas. Tal vez el cielo fuera a caer sobre sus cabezas como tanto temían los celtas, o acaso es que iba a llover fuego, o hielo, o piedras, o plagas o quién sabe qué otra maldición o estropicio como represalia de algún dios adolescente y mimado contra la raza que creó con tan poco acierto. Aquí algunos empezaron a tener más miedo aún, y hasta hubo quien buscó refugio en plegarias y se dedicó a poner en orden la conciencia por si acaso.

Pero en la playa había mucha más gente, y en consecuencia muchas mas posibilidades de equivocarse. Porque los había que no era la primera vez que miraban al cielo confundiendo el deseo con la convicción.

Estos empezaron a especular con fenómenos paranormales, hilos de la virgen, naves alienígenas, mensajes indescifrables como los de los desiertos al Norte de Chile, o como los pictogramas mayas, o la orientación astronómica de las pirámides, y con todo tipo de enigmas y misterios. Aquel día se habló más de la Isla de Pascua que de todos esos famosos, futbolistas y políticos que viven de ocupas en nuestro tiempo libre.

Pese a todos los esfuerzos las lineas seguían allí desafiando al sentido común. Se diría que Ockham había perdido su navaja ese día, y libre de esa amenaza cualquier explicación era la más probable, al menos para quien la inventaba o la repetía. La gente se había olvidado del calor, de encargar la paella o de que a los niños les tocaba ya una segunda mano de crema. Ahora todos tenían una teoría sobre las líneas.

Y con tanta controversia, la gente, pese al miedo, se fue acostumbrando al fenómeno. Con el paso de los minutos las lineas se fueron haciendo familiares. Algunos incluso les pusieron nombres, y muchos se dedicaron a fotografiarse en extrañas posturas con las lineas de fondo, o a contarlas, o a dibujarlas en la arena.

Hasta que se empezó a correr la voz de que un niño de unos seis años había desentrañado el secreto.

Muchos se acercaron a verle. El niño estaba tumbado sobre la arena de la orilla con la cabeza en dirección al mar. La gente se agolpaba a su alrededor, como si hubiera embarrancado un calamar gigante, mientras su padre se empeñaba en que se callaran todos y le dejaran hablar. Al cabo se hizo un silencio respetuoso y el padre le pidió a su hijo que les explicara a todos lo que había descubierto.

-Si papá. Ahí dice “me-lones sera-pio”.

Y entonces todos respiraron aliviados y empezaron a difundir la noticia. Desapareció la incertidumbre y hasta los más enconados detractores acabaron rindiéndose a la evidencia de que las lineas en realidad solo eran publicidad escrita con humo por una avioneta.

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p style=”text-align:justify;”>Fue un enorme consuelo para todos que al menos hubiera alguien en la playa que supiera leer. Hubo incluso algunos que reflexionaron sobre el tema y especularon, más por ejercicio que otra cosa, con la extraña posibilidad de que leer en realidad pudiera servir para algo.

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