Biografías alternativas: Enrico Lamparone.


Sicilia, 1904. Unos gritos desgarradores rompen el silencio de la vía Beretta. Los gatos huyen y los vecinos amedrentados atrancan las ventanas. Pero esta vez no se producen disparos: no es día lectivo en el calendario laboral de la camorra.

Pronto se forma un revuelo ante la gran casa del capo de la familia Lamparone: María, su mujer, estando en avanzado estado de gestación, se ha caído por la escalera. Se precipita pues el parto, que tiene lugar en el mismísimo rellano. Años más tarde, Enrico presumiría de que su madre era tan respetuosa de la tradición que hizo que su nacimiento pareciera un accidente.

Pero en aquel momento el alumbramiento fue objeto de comentarios entre los vecinos por una razón bien distinta: se cuenta que Enrico, nada más nacer, le devolvió el cachete a la matrona.

Este carácter domina toda su infancia, y pronto le hace ganarse el respeto, si no el temor, de quienes trabaron contacto con el. Se cuenta que en el jardín de infancia varías de las aulas le pagaban en golosinas una cuota mensual a cambio de su seguridad. Una de sus cuidadoras tuvo la fatal ocurrencia de castigarle, y al día siguiente amaneció con la cabeza de un osito de peluche en su cama. Y la propia directora palideció el día en que Enrico trato de sobornarla con una bolsa de chuches para que hiciera la vista gorda cuando montó su primera red de venta de estupefacientes: vendía biberones con valeriana a la entrada de los servicios.

Pero pronto tuvo que dejar los estudios para hacerse cargo de los negocios de la familia. Su padre falleció en extrañas circunstancias cuando limpiaba su arma, o eso dedujo la policia al ver los restos de gominola en la culata.

Enrico fue un adolescente muy aventajado. Un chico alto y delgado de aspecto cuidado y pulcro excepto por las eternas manchas de salsa boloñesa en la camisa, seña de identidad de los Lamparone.

Así es: la familia era víctima de una extraña maldición que le impedía disfrutar de la pasta, pasta stricto senso que no la otra, sin que parte de la salsa pasara a formar parte de su atuendo. No era pues difícil identificar y matar a un Lamparone, solo había que ir a una trattoria y apuntarle al tipo que estuviera más marrano.

Pero esta rara maldición no era necesariamente un problema, pues en más de una ocasión había servido para justificar ante la ley ciertas manchas rojas de procedencia más dudosa. Con decir “¿Que quiere, soy un Lamparone?” se ahorraban bastantes complicaciones.

Todo apuntaba a que Enrico se convertiría en uno de los hombres más influyentes de la isla cuando un enredo familiar vino a torcer su destino y se vio obligado a emigrar a los Estados Unidos. Cierto es que le tocaba poner la mesa a su hermano Enzo, más no parece motivo para que discutieran y la cosa fuera a mayores. Circula otra versión que afirma que Enzo estornudó mientras estaban cortando la cocaína. El caso es que el juez, ante la alarma social que causaba tanto fratricidio, le aconsejó que cambiara de aires, y Enrico decidió ir a Chicago a visitar a su primo Al.

Eran tiempos de la ley seca, que solo consiguió que se bebiera más alcohol, que se pagara más caro, que fuera de peor calidad, que todo fuera más divertido y que a consecuencia de todo esto subiera la cotización del plomo.

Enrico encajó bastante bien en aquel ambiente. Pronto se hizo de un grupo de amigos con los que compartía aficiones. En pocas semanas eran conocidos en su barrio, aunque nadie se atreviera a confesarlo. Tal fue su integración que se convirtió en lo que hoy llamaríamos un influencer: puso de moda los calcetines de cemento, que regalaba a ciudadanos honestos y respetuosos de la ley, montó una pequeña franquicia de locales donde se servía alcohol barato, que en realidad solo eran una tapadera de su cadena de hamburgueserias, y sobre todo convirtió en tendencia las camisas con machas rojas, prendas que marcaron tendencia y pronto empezaron a verse por toda la ciudad.

Su primo Al no estaba muy contento con esta fulgurante popularidad. Llevado por los celos, trató en varias ocasiones de rivalizar con Enrico. Organizó fiestas con fuegos artificiales muy sonados, divertidas reuniones con los altos cargos de la ciudad donde se repartían sobres sorpresa, y concursos de tiro en los que todos se esmeraban en correr más que las balas.

La situación llegó a un extremo en que los periódicos no hablaban de otra cosa: tuvieron incluso que añadir más páginas para que cupieran las esquelas. Hasta que las autoridades contrataron a un tal Elliot, un polizonte algo extraño que provenía de un famoso lago de Escocia.

Elliot se rodeó de otros agentes que también se distinguían por su desapego a las costumbres italianas, pero para protegerlos evitó que se conociera su nombre, y así todos les llamaban los innombrables.

Hubo por tanto mucha más agitación en la ciudad, que contempló alborozada como se multiplicaban los certámenes de tiro y se clausuraban y reinauguraban locales de continuo, en una fiebre por la decoración que estimuló bastante el sector, casi tanto como el de las armas o el de los trajes de pino a medida.

Hasta que un día Enrico tuvo un encuentro con Elliot en el que intercambiaron saludos y regalos: Elliot le obsequió con unas clases de charlestón y Enrico, agradecido, le correspondió con una copia de la declaración de la renta de su primo Al, para que tuviera algo que leer en las frías noches de invierno.

Al poco tiempo su primo se tomó unas merecidas vacaciones y Enrico pudo disfrutar a sus anchas de la ciudad en la que, junto a sus nuevos amigos, pudo crear una sucursal del negocio familiar que tanto echaba de menos.

Allí pasó el resto de sus días, que en realidad no fueron muchos por culpa de su estigma familiar: su primo Al, desde su nueva residencia, tuvo el detalle de encargar que le confeccionaran una camisa con manchas para hacer honor a la tradición de los Lamparone. Y aquella vez no había boloñesa a mano.

Pero la tradición familiar siguió su curso; pronto llegaron más Lamparone que continuaron su labor y se esforzaron por convertir su estigma en un hecho extendido y aceptado por la sociedad. De hecho, un sobrino nieto de Enzo llamado Mac dió un paso fundamental al suprimir los cubiertos de la cadena de hamburgueserias que había heredado, de manera que la mancha se convirtió en algo tan normal que ya nadie se escandaliza por ello.

Hoy, todos somos Lamparone, gracias al esfuerzo noble y abnegado de Enrico y su familia.

4 Comentarios

  1. 😂😂😂😂😂 me parto, y todo porque no le supieron meter en vereda después de devolverle el cachete a la matrona. ¡Ah! Los Lamparone, creo que mi hijo pequeño pertenece a esa familia, nos lo debieron cambiar al nacer. Gracias a que ya nadie se escandaliza con las manchas de tomate que si no…

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