El Carmen del destino. (y 8)


El tablero maléfico había venido a mí por segunda vez. No me costó trabajo alcanzarlo. Estaba decidido a usarlo de nuevo, a cualquier precio. Abrí el tablero, lo extendí en el suelo ante mí y coloqué el vaso en el centro. Entonces sentí un extraño ruido y me volví.

Alguien se estaba acercando. Cojeaba ostensiblemente. Su aspecto era horrible, demacrado, cubierto de llagas, sangrando por cada poro de su piel. Al pasar por el haz de luz que entraba por una ventana reconocí con esfuerzo aquella figura antes altiva, y ahora deshecha y convertida en un triste despojo. Era Jaime, o lo poco que ya quedaba de él. Empezó a hablarme entre estertores.

-¿Qué haces con ese maldito tablero? ¿Es que todavía no estas satisfecho, maldito cabrón?

-No, Jaime, ¡no es eso! ¡Míralo! ¡Esta es la clave de todo, Jaime! ¡Aquí reside toda la maldad! ¡Tengo que deshacer todo este mal! Es… es nuestra única oportunidad.

Pero nada podría aplacar ya la locura que asomaba en sus ojos. Se arrastró hacia mí y me cogió por el cuello. Yo cerré mis manos contra las suyas pero aún era muy fuerte, no podía doblegarlas.

-¡Déjame que lo intente! ¡Déjame, Jaime, te lo suplico…!

No pude hablar más. Me faltaba el aire. Su tenaza me estaba asfixiando. Sentía ya que todo ida a terminar. Y entonces, aflojó, y me soltó.

Cayó abatido a mi lado. Acababa de pagar último esfuerzo.

-Jaime. ¡Jaime! ¡Contéstame!

Desde el suelo, con un hilo de voz, me respondió sin poder mirarme siquiera.

-Has ganado, Fausto. Has podido con todos nosotros, hijo de puta. -se interrumpió, cansado – Joder, siento que ya me abandonan las fuerzas.

-No, Jaime, ¡yo no tengo nada que ver! Tan solo quería… yo solo quería daros un escarmiento. Era solo un juego. ¿Como iba a saber qué…?

-Lo sabías. De alguna manera, tú lo sabías. O a lo mejor fuiste tú quien nos hizo todo esto. ¡No se cómo, pero has sido tú!

-¡Te juro que no! ¡Jaime! ¡Tienes que oírme!

-¿Para qué? Ya nada importa. Ahora solo te queda acabar con Violeta.

-¿Y cómo podría hacer eso? ¡Mírame! ¡Mírame Jaime! ¡Estoy quebrado! ¡No puedo mover las piernas! ¿Quién habría deseado para sí mismo este puto infierno? ¡Piensa en la vida que me espera!

Jaime me miró y se dio cuenta de mi estado. De su garganta brotó un sonido siniestro, tan solo una sombra de su risa estentórea y jovial.

-Joder, no he podido matarte…

Se interrumpió para procurarse algo de aire.

-… pero ahora yo… me alegro de saber… que vas a sufrir, maldito cab…

-Jaime, ¡Jaime! ¿Y Manolo? ¿Sigue arriba? ¿Como está?

-Muerto. – susurró.

-¿Y Julia? ¿Sabes algo de Julia?

Ya no pudo responder. Su mirada vacía confirmó otra más de mis fatídicas predicciones. Marcelo, Manolo, Jaime… Muertos. Violeta ya ni siquiera gemía. Tal vez Julia tardara poco en volver con ayuda y pudiera salvarse. Sí, ¡tenía que salvarse! ¡su muerte está lejana aún! Sin embargo, la de Julia, no.

Recordé con pavor las palabras con que había condenado a Julia: “corazón”, “ataque”, “amanecer”. Tal vez se librara de este designio al estar lejos de allí, de aquella casa horrible, de ese Carmen del Destino donde residía tanta maldad. Puede que… No, la voluntad maléfica de aquel juego había sido inexorable hasta entonces. Julia ya estaba perdida, a no ser que…

Si, tenía que vérmelas con aquel tablero diabólico. Solo así podría salvarla, al menos a ella. Y a Violeta. ¡Tenía que hacerlo!

Volví al tablero y puse mi mano temblorosa sobre el vaso. Traté de moverlo y respondió con docilidad a todos mis intentos. Ya no había rastro de aquella voluntad que animaba el vaso y pudo forzar todos los siniestros designios. Ahora no era más que un juguete.

Me hundí en la desesperación. Era la única oportunidad. Todo estaba perdido. Grité, maldije, invoqué, lloré y me rendí. Me quedé tumbado, boca a bajo, mirando a aquel maldito vaso que había causado nuestra perdición. En un arranque de furia lo cogí para tirarlo y..  ¡no se movió! No pude levantarlo. Insistí. Tiré con todas mis fuerzas y no lo pude despegar del tablero. Y entonces, pese a que lo sujetaba con firmeza, empezó a moverse, arrastrando mi mano. Primero a la “H”, después a la “A” y así hasta completar la palabra “HABLA”. Empecé a preguntar.

-¿Puedes salvar a Violeta?

-“NO”.

-¿Hay alguna forma de revertir tus predicciones?

-“NO”.

-Entonces, ¿va a morir Julia?

-“NO”.

La última respuesta me dejó extrañado. Era la primera vez que se contradecía: había predicho que Julia moriría antes del amanecer y sin embargo ahora… Tal vez su poder solo alcanzara a aquella casa, o puede que solo quisiera engañarme o confundirme.

Con mi mano sobre el vaso, ahora estático, pensé, pensé más allá de los límites de la locura, y busqué como idear algún truco o alguna trampa lógica para deshacer todo aquel misterioso enredo.

De lo más profundo de mi ser surgió la pregunta, la clave última de todo aquel maldito misterio. La primera y única pregunta que le tendría que haber hecho. Algo en mi interior se negaba a hacerla, pero esta vez triunfó la cordura.

-¿Quien eres?

El vaso no se movió.

-¡Quiero saber quien eres, joder! ¡Dímelo de una maldita vez!

Y el vaso, ante mis ojos, se desplazó muy despacio hasta la “F”; después fue a la letra “A”, y cuando ya se dirigía a la “U” comprendí con horror el mensaje, tan evidente que el propio Jaime lo había sabido adivinar desde el principio. La terrible verdad que yo había sabido y que me había negado a reconocer. La certeza de mi propia condición, que me había hecho capaz de las acciones más repugnantes y que yo, arrastrado por mi locura, nunca había querido explicarme, ni por supuesto asumir y confesar.

Yo, Fausto, de alguna extraña manera que nunca llegaré a entender, o puede tal vez que mi mente se hubiera negado a aceptar, era el verdadero y único culpable de todas aquellas desgracias.

Las personas que acudieron más tarde a la casa me encontraron en el suelo, abatido y sin conocimiento, tumbado delante un tablero de ouija con el vaso destrozado.

Mientras me sacaban en camilla permanecí en silencio, pensando únicamente en mi confesión de todos aquellos crímenes, en encontrar la redención en mi castigo, tal vez la cárcel, puede que la propia muerte.

Absorto en tales ideas funestas no reparé al ver la sábana blanca que había en el jardín. Pero la luz se hizo de pronto en mi mente y pedí que se detuvieran los camilleros. En silencio, señalé al extraño bulto.

Entonces se acercó uno de los policías que custodiaban la entrada.

-Es el cuerpo de una joven, morena, de unos veintes años. Un vecino lo vio al pasar y nos avisó. Pero usted no se agite, quédese quieto. Está muy débil.

-Pero… ¿Quién…?

-Tranquilo, ya habrá tiempo para explicaciones, y creo que usted es la única persona que puede darlas.

Era Julia, sin duda. El tablero no había mentido: Ella no iba a morir, porque en ese momento ya estaba muerta. La verdad cayó como una losa sobre mis últimas esperanzas.

Este fue mi último descubrimiento macabro en el Carmen del Destino, al que nunca he vuelto, como tampoco a Granada. En realidad nunca he salido de estas cuatro paredes.

Y aquí he de morir el día en que se me conceda esa gracia. Han sido muchos años a solas con mis recuerdos, con mis pensamientos y mi maldad. No podría haber escogido peor compañía que mi conciencia, ni peor destino que aquel que yo mismo predije: vivir roto, ahora sé que de cuerpo y alma, y morir de viejo.

Solo al final, cuando siento cercana ya mi liberación, me he decidido a contar mi historia. Queda poco por decir ya. Todas mis predicciones se han cumplido hasta hoy, todas menos una. Violeta tuvo una muerte lejana: falleció una semana más tarde en el avión que la trasladaba a Madrid.

A mí me llevaron a un hospital y después ante la justicia. Yo procuré entonces con todas mis fuerzas la muerte y el castigo.

El castigo se me negó porque no hubo forma de probar que mi mano había acabado con todas esas vidas, ni tampoco hubo quien creyera en esa supuesta acción de fuerzas malignas. Pero todos sabían que yo era el culpable, todos menos la ley. Al menos logré que algunos médicos me declararan loco, y así encontraron una solución que me mantuviera encerrado y a la vez pudiera convencer a un tribunal.

La muerte también me ha sido esquiva, y no porque no la buscara en todos estos años, de todas las maneras posibles. Pero siempre aparecía una salvación, algo que frustraba el acto, una fuerza que me ha mantenido con vida.

La fuerza de mi propia predicción, la única que falta por cumplirse, la que me ha infligido el más horrible de los castigos, la peor de las torturas y la más oscura de las maldiciones: seguir con vida.

3 Comments

  1. Israel me has regalado una historia de terror del que me gusta, lo has hecho en tan poco tiempo que estoy alucinada. Esta noche duermo sola, creo que dormiré poco imaginando ese carmen en el Albaicín, un lugar donde sus callejuelas dan lugar a leyendas de magia, leyendas de terror e incluso exorcismos.
    Mil gracias por hacerme disfrutar tanto.
    Besos primor.

    Le gusta a 1 persona

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