El Carmen del destino (2)


Poco os podría contar de Granada, a la que jamás he vuelto, pues mis tribulaciones me impidieron contemplar las maravillas de esa ciudad mientras nos dirigíamos a la casa donde nos íbamos a hospedar a aquellos días. Un autobús de línea nos llevó desde la estación de ferrocarril al centro de la ciudad y desde allí fuimos caminando a nuestro destino.

Jaime no paró de hablar durante el trayecto sobre el Carmen del Destino, la casa que nos había conseguido gracias a los contactos de su familia. Alto, moreno de piel, de rostro anguloso y con un mentón firme que exudaba seguridad en si mismo, Jaime no dejaba pasar ninguna oportunidad para tratar de impresionar a las chicas, en especial a Violeta. Incluso tuvo el gesto caballeroso de descargarla de su maleta y permitirme a mí que la llevara en la mano que me quedaba libre.

Un Carmen era, como nos explicó hasta saciarse, una antigua casa con jardín, una especie de finca dentro de la ciudad cuya historia, como casi todo en Granada, se remontaba a la época nazarí. Existían varios cármenes muy conocidos, algunos abiertos a la visita por los turistas. El nuestro no aparecía en ninguna de las guías. De hecho anduvimos un tiempo perdidos por callejones empinados y estrechos hasta que un vecino nos supo indicar donde se encontraba.

Encontramos por fin el Carmen del Destino al final de una larga pendiente. Tras un muro que alguna vez estuvo pintado de blanco descubrimos un patio invadido de matojos y tapizado de mala hierba delante de un viejo caserón de dos plantas que olía a decepción y abandono. La fachada pedía a gritos una mano de cal, el alero del tejado parecía la dentadura mermada de un anciano por las tejas que había ido perdiendo, la puerta andaba ocupada en deshacerse de la pintura cuarteada y descolorida que caía de ella poco a poco como las hojas en otoño, un mal que padecían también las ventanas que quedaban, pues las otras se habrían rendido ya al viento y los aguaceros.

Un gato salió a recibirnos saltando desde una de las ventanas, pero cambió de opinión cuando Marcelo cogió una piedra del suelo para darle la bienvenida. Jaime, aferrado a su imperturbable suficiencia, nos preguntó si no nos parecía un sitio encantador y nos dejó a todos allí, plantados entre los matorrales y sin saber qué pensar, mientras iba a buscar la llave a casa de una vecina.

El interior del Carmen era propiedad de las sombras. Tuvimos que forzar algunas ventanas para poder vislumbrar, al menos, un lugar limpio donde dejar nuestro equipaje. Desde un pequeño y estrecho recibidor se llegaba a un gran salón al que se abrían las puertas de todas las dependencias y habitaciones. Las exploramos entre penumbras, esquivando los escasos muebles y abriendo ventanas siempre que era posible. Pronto descubrimos que una de las puertas ocultaba la escalera empinada y oscura que daba acceso a la planta superior. Allí encontramos algunas habitaciones más y un par de aseos que por algún azar aún tenían agua corriente.

Como teníamos prisa por iniciar nuestras visitas, pues no hay otra ciudad con tanto que ver, soltamos las maletas de cualquier manera y salimos del Carmen sin tiempo para distribuirnos siquiera las habitaciones.

Volvimos al caer la tarde, cargados con unos bocadillos para cenar y agotados por las interminables caminatas que son preceptivas para el turista que quiere verlo todo en un día. Me sentía frustrado por no haber podido detenerme a admirar la majestuosidad de la Alhambra, arrastrado sin piedad por un grupo que se movía sin orden ni criterio a golpe de “ven a ver esto”, “mira esto otro”.

Pero separarme de ellos o perderme del grupo solo habría servido para deteriorar aún más mi situación. El viaje se estaba convirtiendo en una pesadilla. Las pequeñas vejaciones, los insultos y las bromas pesadas acaban teniendo un efecto adormecedor sobre quien los padece, pues llega un momento en que se acostumbra, y hasta piensa que merece lo que le pasa y que incluso debería reírse también. Pero ese momento es solo una ilusión fugaz que desemboca, con la llegada de un nuevo agravio, en más impotencia aún, más rabia y más deseos de venganza.

He de confesar que los hechos de los que hoy tanto me arrepiento no fueron producto de un impulso momentáneo o un mal pensamiento: Fueron gestándose en mi interior durante todo el día, como una marea ignominiosa que crecía y crecía cada vez que me sometían a una nueva humillación.

Consumido por negros pensamientos, me dediqué a observarles uno por uno tratando de hallar sus debilidades, urdiendo modos de devolverles el daño, imaginando extraños planes en los que podría satisfacer mi orgullo herido. Cierto es que la ocasión se presentaría más tarde y que el vehículo de mi venganza aún hoy se me antoja misterioso e inimaginable, extraño y oscuro como una maldición. Pero también es verdad que la intención, por la que confieso mi culpa, ya estaba dentro de mí en ese momento que supuso el principio de nuestra perdición.

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5 Comments

  1. Israel me has dejado con la boca abierta, me has tenido en vilo y he disfrutado mucho con las descripciones que tan hermosamente haces de la casa, eres un escritor-poeta.
    El personaje me produce pena por un lado por esas humillaciones y me estremece de miedo por lo que su mente trama.
    Escribes de una manera genial y maravillosa, tienes una capacidad tremenda. Mil gracias por dedicarme estos relatos, sinceramente hace tiempo que no disfrutaba tanto leyendo. Expectante a ver por donde me sales…
    Besos primor.
    Por cierto, ¿Tienes twitter?

    Le gusta a 1 persona

    1. Tengo que aprender mucho todavía. No solo a estos errores que me señalas y en los que vuelvo a caer una y otra vez, también y sobre todo a estructurar las historias. No les saco el partido que desearía, les falta chispa y les faltan niveles a los contenidos. Tiene que haber un armazón profundo que no asome, pero que conduzca la trama y el relato, es en lo que mas tengo que trabajar.
      Ahora mismo tengo una idea, creo que es una buena idea, pero no termina de tomar forma. En esas estoy y, mientras tanto, escribir estas pequeñas cosas me ayuda a mejorar.
      Pero el día llegará.

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      1. Si tenemos en cuenta que perro cobarde no jode, que a caminar se aprende a base de caídas y levantadas y a capador, cortando cojones, tu argumento adquiere la connotación de una mera excusa. Y si crees que demorando la publicación hasta que adquieras los conocimientos que, según tú, careces y que conseguiras obtener el objetivo a la primera, desde aquí te digo, amparado en la congianza que me brindas: lo tienes claro, chaval.

        Le gusta a 2 personas

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