Hoy no tengo palabras.

No las tengo, por mas que quisiera.

Si las tuviera irían contra corriente, serían ásperas, empañarían el silencio y puede que hasta rasgaran el papel si tan solo me atreviera a escribirlas. Pero busco y no las tengo, pues hoy por no tener, no ni conciencia.

Pero tengo memoria.

De todos los caídos, los de hoy y los de todos los días. De los desaparecidos. De los que callan. De los que sufren y son tragados por esas fronteras azules, tenebrosas y profundas en que hemos convertido los mares. De los asesinados de aquí al lado, y también de los de allá lejos porque yo los siento cerca. Recuerdo que me tocó ser Afganistán, Irak o Siria, igual que fui París o ahora Barcelona. Soy de donde duele, porque aunque los vivos no nos entendamos, todos los muertos hablan el mismo idioma.

Tengo memoria de muchas otras cosas. De los doce de ayer y de los veinticinco de Hipercor. Memoria de su sangre en unas manos que hoy son libres.

Pero, no, ¡basta! Hoy no tengo palabras, ni debo tenerlas.

Prefiero tener memoria, porque las palabras pasan y en cambio la memoria me hace humano. Y hasta me protege de las palabras que vienen y se van.

En un lugar profundo y esencial de mis recuerdos hallo, cuando todo se tambalea, las Palabras que Son. Como las de Horacio Guarany, hermosas como la voz de la tierra, la voz de Mercedes Sosa.

 

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