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Las baldosas de la acera no eran todas iguales para Leonard. Podrían parecerlo para el resto de la gente, para todos los que las pisaban sin prestarles atención, sin apreciar la sutil diferencia.

Tampoco lo eran las farolas, ni los pasos de peatones, ni los bancos del parque, ni los pétalos de las flores. Solo había que saber verlo. Pero, si se atreviera, si lo explicara, ¿cuántos le iba a creer?

Nadie.

Porque nadie iba a darle crédito a las palabras de un tipo extraño que caminaba a saltos, un hombre hecho y derecho que se quedaba alelado mirando la disposición de los ladrillos de una pared, un vecino hosco y despistado que solo daba los buenos días en el rellano cuando no andaba enfrascado en coger aire para poder subir los escalones de tres en tres.

Tampoco tenía sentido intentarlo. ¡Que siguieran con su andar apresurado pisando baldosas que no eran decimales de pi! ¿Cómo podían ser tan descuidados? ¡Si supieran que desde el centro comercial a la parada de su calle el bus atravesaba un numero primo de pasos de cebra, y pasaba por otro numero primo distinto de cruces y hacia ¡un numero primo aún menor de paradas! Pero… ¿cómo podían no darse cuenta? ¿Es que no sabían ni contar siquiera? ¡Aquel recorrido parecía diseñado por el propio Fermat!

Solía verlos pasar desde la ventana de su casa, el pequeño piso del tercero donde vivía solo. No les miraba por curiosidad, sino para tratar de ponerlos en orden, para rescatarlos de su mundo absurdo e integrarlos en series, o en sucesiones, o trazarles geometrías o agruparlos en conjuntos. A unos pocos les conocía por sus nombres, a muchos por su orden, a todos por sus números. “Cuatro cruza ahora por nueve – veinticinco y si hay suerte y sale por dieciséis ya tenemos cuatro cuadrados”. “Es increíble que la señora doce no sepa ni donde pisa y sin embargo su perro vaya parando en las farolas siguiendo a Fibonacci”.

Sonó el timbre. Dos veces, una corta y otra larga con un intervalo de tres segundos. Dedujo que era Flor, la trabajadora social.  Si, era viernes, eran las diez quince, tenía que ser ella. Fue a abrir la puerta pisando las baldosas del pequeño salón con su extraña cadencia, dos al frente y una al lado, como hacía en todos esos suelos de mosaicos donde nadie más que él veía un tablero de ajedrez.

-Buenos días, Leonard, ¿qué tal? ¿puedo pasar?

-Pase, por favor.

Flor echó un rápido y experto vistazo al piso en busca de algun cambio, un atisbo de mejora que reforzara su decisión o tal vez un indicio que la contradijera.

-Veo que has cambiado algunos cuadros de sitio.

-Si, ahora lucen mejor, ¿verdad? – ¿Para qué explicarle que los he ordenado según la proporción aúrea?

-Bastante mejor. Pero creo que deberías poner un poco de orden aquí, como te dije la última vez.

Leonard se preguntó a qué llamaría “orden”. Seguro que a tenerlo todo recogido y guardado como en la sala de espera de un dentista. En aquella habitación había orden, mucho, ¡más que en cualquier otro lugar de la ciudad!

-¿Para qué? No recibo visitas, y yo sé bien donde está todo.

-Lo dudo mucho. Por lo que veo, apostaría a que no eres capaz de encontrar nada en este caos.

Y encima se permite el lujo de hablar del caos. ¿Sabrá ella lo que es el caos? ¡Hay un orden en el caos! ¡Un orden intrínseco y sutil que escapa a tu comprensión!

-¿Es que lo duda? Mire, está todo de de debe estar. Dentro de estas cuatro paredes soy capaz de encontrar cualquier cosa con los ojos cerrados.

Flor no pudo evitar que se le escapara una risa ahogada. El completo desastre de muebles, ropas, platos y libros tirados de cualquier manera invitaba más a pensar en un síndrome de Diógenes que en la verdadera patología de Leonard.

-Eso tendría que verlo por mi misma.

Leonard cogió entonces un pañuelo y se vendó los ojos sin mediar palabra. Flor entendió que había recogido el guante: Se puso a remover y a buscar entre aquel marasmo algo que le llamara la atención. No quería ponérselo fácil; si, era un paciente, pero al fin y al cabo aquello era un reto.

-Ya está, Leonard, quiero que encuentres una pluma estilográfica azul.

La pluma es tres uno en la perpendicular nueve, más catorce en orden dos. Demasiado  fácil, solo tengo que levantar el libro dos uno en la mesita y está justo debajo.

Leonard dirigió sus pasos con la precisión de un ciego al lugar donde se hallaba la pluma. Esquivó un par de muebles que no veía pero sabía calcular donde estaban y se acercó despacio a la pequeña mesa donde estaba la pluma.

-Es sorprendente, Leonard, te desenvuelves mejor que un ciego. ¿No me estarás haciendo trampas? – y dicho esto comprobó que tenía bien ajustado el pañuelo. – No, es imposible que veas nada.

-No le mentiría. Ya le he dicho que puedo hacerlo.

-Sí, y eso es lo que me preocupa.

Leonard se quedó inmóvil.

-¿Por qué?

-Todos los tests que te hemos hecho, las pruebas, tu historial…

Leonard recordó las interminables sesiones en aquel lugar, los pocos muebles atornillados al suelo sin ningún orden ni criterio, la medicación que le impedía pensar con claridad, el sonido de la llave en la cerradura de su habitación, las paredes lisas, los techos blancos, la simplicidad. El vacío.

-Tienes el cociente intelectual de un genio y, sin embargo, tu comportamiento es tan errático que tal vez oculte alguna razón que no hemos sabido ver. Tal vez haya un patrón en tu conducta que nosotros no… ¿No será que en realidad…?

Leonard reaccionó girándose y dando dos pasos en dirección al sillón; empezó a revolver la ropa que había encima, quitó de su sitio un bloc de notas y un par de vasos y, tras buscar a tientas por unos momentos, desistió.

-Vaya, creía que estaba aquí.

-Ya decía yo -repuso Flor- ¿Ves como es imposible encontrar nada en este desorden? La pluma está allí, debajo de un libro.

Leonard asintió y miró al suelo con cara de decepción.

-¿Me prometes que vas a ordenar esto un poco?

-Lo haré en cuanto usted se vaya.

Cuando Flor salió del piso volvió a colocar la ropa, el bloc y los vasos en el que era su lugar perfecto en el orden del Universo.

 

 

 

 

3 Comments

    1. Muchas gracias, era difícil trabajar esta idea y evitar a la vez el parecido, esa forma de caminar le da mucho carácter al personaje, no quería renunciar a ella.
      La idea de fondo es hacer que uno se pregunte si ese mundo tan extraño no podría ser válido, si de alguna forma cuando decimos que alguien está loco no existe la posibilidad de que los equivocados seamos los demás.
      No sé si he sabido plasmar la renuncia de sus principios que supone su decisión final, perder la apuesta para ganar lo más importante: su independencia, su libertad. Creo que podría reescribir esta historia de cincuenta maneras y no dar con esa clave, con esas pocas frases que le den sentido a todo. Pero se que existen.

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      1. Creo que has plasmado muy bien la elección que hace el personaje de elegir ser él mismo aún a pesar de que lo tomen por loco. Creo que hay personas a las que llamamos “locas” o “excéntricas” y quizás nosotros seamos los que no sabemos ver otra cara del mundo.

        Le gusta a 1 persona

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