Donde se toma café y se habla del tiempo entre otras cosas.

Era solo una vivienda más en las cercanías del lago Ellyn y a la vez la sede de una de las sinarquías de los alrededores de Chicago.  Cualquiera que se pudiera asomar por una ventana de la planta baja no vería más que a nueve personas charlando y tomando café, puede que un club de lectura, tal vez una reunión de viejos camaradas del ejército.

Cualquiera que hubiera mirado con algo más de atención habría podido notar la autoridad que emanaba de uno de ellos, por la forma en que callaban y le miraban cuando hablaba, por el ademán firme con que acompañaba sus frases, o por el sitio de honor que le habían reservado, en el centro, junto a la innecesaria chimenea. Si, la primavera comenzaba a asomar tímidamente en los termómetros.

Pero habría que poder oírles para saber que allí se estaba tramando algo horrible. Y para eso, habría que poder burlar las discretas medidas de vigilancia que habían tomado para celebrar esa reunión, medidas sencillas, pero desde luego efectivas, fruto de la experiencia de decenios de clandestinidad voluntaria.

-Comprendo las razones, dispater, creo que todos las comprendemos, pero tal vez deberíamos haber actuado de otra forma.

-No había otra forma. Ewans se había convertido en una antorcha en llamas corriendo por un trigal. Un hilo del que podían tirar con mucha facilidad.

-Eso es cierto, dispater – medió otro de los sinarcas -. Era fiel y capaz, pero demasiado atado al mundo material. Fuerte de espíritu, pero débil en la carne. Seguramente no habría resistido un interrogatorio.

-Eso no era lo peor, hermano. Tras dejarse seguir y cometer el error de destapar una de nuestras pequeñas contramedidas había perdido el control. No resistió la presión. Sus pasos eran erráticos. Podría habernos delatado con cualquier acto imprudente . Tuvimos que cobrarnos su juramento. Ahora su alma ya es libre de su cuerpo.

-Pero hemos tenido que asumir un riesgo importante, dispater.

-El mayor riesgo era el propio Ewans. Ante los hombres cargará con el peso de esos crímenes y puede que con eso callen a la prensa y, por tanto, dejen de buscar más. Pero tenemos que extremar la vigilancia y ser más cautelosos que nunca.

-¿Afecta esto al plan, dispater? – preguntó otro de los súbditos.

-Haces bien en preocuparte por el plan, hermano, en vez de por nuestra propia seguridad. El plan es más importante que cualquiera de nosotros. Es el fruto de años de espera y preparación, y supone un fin trascendental que merece cualquier sacrificio.  – El dispater se alzó de su cómodo sillón para imponer su elevada presencia-. Hemos de proteger el plan a toda costa, ¡pero ya no podemos alterarlo!

Continuó hablando, ahora con los brazos en alto y mirando hacia el cielo.

-¡Habéis comprobado los presagios! ¡Los dioses nos auspician! Hermanos, hemos esperado mucho para este momento en el que culminan los milenios de nuestra ciencia ancestral, esa que intuyó el propio Julio César, ¡la que nos hizo señores por encima de los reyes, la que nos ilumino con el arte de curar el cuerpo y el alma, la que nos otorgó el don de ver el futuro en las entrañas calientes de los animales, la que nos mostró el poder de las plantas, la que nos mostró el verdadero orden del universo y la que nos enseñó que nuestras almas perduran más allá de nuestros cuerpos!

Los sinarcas lo miraron con un silencio reverencial.

-¡Es hora de recuperar nuestro lugar en el mundo! Durante dos mil años hemos hallado cobijo en los bosques, ocultos de la sinrazón de los simples, deslumbrados por el falso poder de la fuerza o por todos esos ídolos que invadieron el cielo de los hombres. Nos hemos escondido entre ellos, hemos ocultado nuestros simbolos, nuestra cultura y nuestras costumbres. Pero hemos mantenido intacta nuestra ciencia de generación en generación, sobreviviendo a los siglos del hombre con un único fin, con un propósito fundamental que ha mantenido vivo el fuego de nuestro poder.

-¡Pero ahora se cumplen los tiempos! Las esferas celestes pronto concluirán su circulo. Los presagios no ofrecen ninguna duda. Ahora se acerca el momento de mostrarnos al mundo en un acto definitivo que hará dignos todos nuestros sacrificios. Hermanos, ¡ahora es la hora de los druidas!

El dispater dejó apagarse el eco de sus últimas palabras en el oscuro salón antes de proseguir con su tono de voz más profundo, susurrante y estremecedor.

-Y ahora, hermanos en la luz, nada ni nadie nos puede detener.

Poco más tarde ocho figuras discretas fueron saliendo de la casa cada pocos minutos, tomando distintas direcciones y medios de locomoción.

Confieso que hay partes de este relato que he disfrutado escribiendo, como la escena que precede a esta, y otras como esta misma que me tomo como una obligación y que escribo sólo porque creo que son necesarias para la trama. Tal vez por eso la he escrito al modo Asimov, del tirón y sin volver atrás ni una sola vez.

Si, esta es una de ellas, y pese a lo cargante, tiene su razón de ser: No os podía presentar un misterio solo por sus consecuencias, colocándoos por tanto al mismo nivel de conocimiento que los agentes de homicidios. Mirando hacía atrás en este relato, la otra parte, la de los villanos, estaba hasta ahora tan hueca que toda la trama cojeaba, la historia se arrastraba tirada solo por uno de los mulos porque del otro animal no se sabía casi nada. 

Me ha parecido que debía (inventar y) mostrar más del lado oscuro, no tanto identidades o medios, pues desvelaría demasiado, pero si algo de ambiente y sobre todo intenciones, un motivo que (en apariencia) pudiera justificar los crímenes cometidos y por venir. Puede que no sea EL motivo (está por decidir), pero al menos ya tenéis UN posible motivo. 

Pensad que Jorge de Burgos estuvo ahí todo el tiempo, y que de la risa se habló mucho hasta que casi al final Guillermo de Baskerville dió en echar en falta cierto libro de Aristóteles. Hasta ese momento hubo motivos, pero después solo uno. La Christie hacía esto mismo con bastante oficio, pero Eco, además, con Arte.

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