Donde se pierde un pulso.

-Le tenemos a la vista, Sherman. A unos cien metros. Se sigue moviendo despacio, no parece que tenga mucha prisa.

-La tendrá, Marcia, la tendrá. Pégate a él todo lo que puedas sin que os descubra, y al menor movimiento sospechoso detenedlo a cualquier costa. Llegamos en diez minutos. Tened cuidado, puede que le estén avisando en este mismo momento.

Al llegar a Edgewater la Toyota tomó un desvío hacia el interior y comenzó a callejear de forma errática por el barrio residencial. Marcia supo que estaba probándoles y le dió algo más de distancia, fiando el seguimiento al localizador. Ewans tomó alternativamente varios cruces a derecha e izquierda. Pudieron seguirle a distancia, pero cada vez tomaba más velocidad.

-Sherman, creo que está tratando de despistarnos.

-Aguanta un poco Marcia, ya casi estamos.

De repente la Toyota se quedó parada en la puerta de un Dunkin Donuts, junto a la Universidad de Loyola. Se aproximaron justo a tiempo para verle salir corriendo en dirección Sur.

-¡Sherman! Estamos en Loyola. ¡Creo que va a subirse al tren!

-¿Cómo? ¡Id tras él! ¡No dejéis que escape!

Tras seguirle escaleras arriba, llegaron justo a tiempo para subir al tren un par de vagones detrás del suyo, mezclados con los estudiantes que tomaban esa línea para ir al centro. Marcia y Wallis se separaron y comenzaron a recorrer el pasillo con discreción en dirección a Ewans. Él habría visto su coche, pero no sus caras, y por tanto no podría reconocerles. Pero no querían arriesgarse a perderle. Wallis se quedó un poco atrás para seguir informando a Sherman por el móvil.

-Sherman, vamos dirección Sur, acabamos de pasar Wilson, vamos camino de la parada de Sheridan.

Sherman y Steve seguían los pasos del tren elevado por la autovía paralela al lago Michigan, pendientes de situarse bajo él al llegar a Irving Park. Pero a esa hora el tráfico era concurrido y el tren, sobrevolando los atascos gracias a sus raíles elevados, tenía todas las de ganar.

-Sherman, ¡Se baja en Wellington! ¡Se baja en Wellington!

-¡Seguidle, joder! ¡No le perdáis!

Wallis adelantó a Marcia en su carrera para no perder a Ewans, quien trataba de escabullirse entre la multitud que circulaba por el intercambiador. De repente se quedó atascado en el andén por la gente que marchaba en sentido contrario y vió como la figura de Ewans se perdía detrás de unas columnas. Consiguió pasar y llegar a ellas, pero demasiado tarde. Lo había perdido.

Mientras miraba a lo lejos en todas direcciones, le sonó el móvil de nuevo. Era Marcia.

-¡Lo tengo, Wallis! ¡El muy cabrón ha vuelto a subirse! ¡Va de nuevo en dirección al centro! ¡Solo quería despistarnos!

Marcia pudo subir al mismo tren, pero Wallis tuvo que esperar al siguiente. Por suerte no tardó mucho.

Esta vez Marcia optó por no acosarle, y se limitó a observarle de lejos para comprobar si se bajaba en alguna otra parada. De vez en cuando entraba alguna llamada de Sherman al auricular de su manos libres; les iba siguiendo varios minutos atrás.

Poco a poco se iban acercando al nudo gordiano de la red de metro de Chicago, el anillo central junto a la desembocadura del río. Un enjambre fotografiado hasta el desgaste por los turistas donde convergen todas las lineas del metro con las calles, puentes, estaciones, pasajes aéreos y vías subterráneas: un lugar fantástico para perderse.

En el vagón del metro de momento se mantenía un pulso entre dos fuerzas igualadas. Nadie se movía, nadie quería dar su brazo a torcer pues todos esperaban un movimiento del adversario. Pero el final de la partida se acercaba cada vez más y de la incertidumbre de la situación solo se libraba una certeza: ese pulso no podía terminar en empate.

-¡Dime el número del tren y el vagón, Marcia, hemos conseguido adelantarnos y vamos a tratar de subir!

-¡Purple Line, a ver… dos, dos, uno, Sherman! El vagón tiene que ser el tercero o el cuarto… Espera… Si, el tercero.

Sherman y Steve se separaron en el andén para estar pendientes de una posible fuga de Ewans y, sobre todo, para poder subir por puertas distintas. Tras el rápido trasiego de almas que subían y bajaban del tren pudieron comprobar que no había bajado, y subieron como habían previsto a los vagones primero y quinto, para después encontrarse en el algún punto central.

Una vez arriba, Steve empezó a recorrer el pasillo en dirección a la locomotora y pronto vio a Marcia, camuflada entre los pasajeros. Con un guiño le indicó que le siguiera: ella entendió la señal a la perfección: iban a tratar de detenerle antes de que volviera a bajar del tren.

Desde el otro extremo Sherman se acercaba poco a poco a ellos. El estaba más cerca de Ewans y se paró a escasos metros de él en espera de la llegada de Marcia y Steve, para poder detenerle sin violencia.

Se había colocado de espaldas a Ewans para evitar que le reconociera mientras esperaba para entrar en acción. Pero le miraba por el reflejo en el cristal, pendiente a cualquier movimiento. Marcia y Steve ya casi estaban en el vagón. La clave era ser rápido, muy rápido, y no darle tiempo a reaccionar. Aquello estaba atestado de gente y el tipo podría llevar un arma. Solo tenía una oportunidad. Ya llegaban. Puso los músculos en tensión. Faltaba muy poco. Sólo unos metros mas.

El freno de emergencia de un metro provoca una atracción irresistible hacia la locomotora; los pasajeros se ven empujados irremediablemente hacia adelante por su propia inercia y muchos caen, mientras que otros consiguen agarrarse al asiento, y solo unos pocos se aferran a las barras del techo. Pero solo hay una persona que logra anticipar el brusco movimiento y se prepara para conservar el equilibrio: justo la persona que lo ha accionado.

Esto le dio a Ewans los segundos de ventaja que necesitaba para abrir la puerta de emergencia, bajarse del tren y huir corriendo por las vías.

Steve consiguió zafarse el primero de aquella maraña de gente asustada y después ayudó a incorporarse a Marcia; Sherman salió tras ellos por la puerta de emergencia y juntos empezaron a correr detrás de la figura que ya se alejaba por las vías. Tenían que agarrarle pronto. El andén estaba muy cerca y si lograba llegar a la estación Clark/Lake, el punto neurálgico de la red, no tendría dificultad en camuflarse entre el bullicio y desaparecer.

-Marcia, ¡dale nuestra posición a Wallis, y sepárate de nosotros!…¡ve por allí! ¡por la escalera de emergencia!… ¡tienes que atraparle en la salida si se nos escapa en la estación!

Al cabo de unos segundos Ewans saltaba con agilidad al andén, se mezclaba entre los pasajeros que esperaban y desaparecía tragado por la enorme puerta interior de la estación.

Poco más tarde llegaban Sherman y Steve a ese mismo lugar y al contemplar el interior de la estación pudieron comprobar que en aquella enorme sala habría no menos de trescientas personas, todas ellas en movimiento. Una aguja en un pajar.

-Steve, tenemos que confiar en que Marcia llegue a tiempo para taponar la salida, tu ve por la izquierda y yo iré por la derecha.

Tratar de controlar a toda aquella gente que se movía sin parar era más complicado que retener agua con un colador. Aún así, empezaron a recorrer la sala de una dirección a otra, mirando durante sólo un instante cada cara, cada figura, cada gesto extraño.

Aquello iba a resultar imposible, pero no podían desistir. Tenía que estar allí. Tenían que encontrarle.

El grito de una mujer les hizo reaccionar.

Cuando llegaron al sitio ya se había formado un pequeño circulo de curiosos. Su centro era el cuerpo de Ewans, tirado sobre lo que ya empezaba a ser un gran charco de sangre. Steve llegó primero y le buscó la yugular con su dedo medio, justo a tiempo de encontrarle los últimos latidos.

El doctor murió con una expresión de horror en el rostro, el susto en la mirada y sin decir ni una sola palabra.

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