¿Cómo que buenos días?

Hay días en que duele despertarse.

No, no soy perezoso. No lo creo. Tendría que preguntar, pero no, no me refiero a eso que piensas, a la angustia del despertador que te devuelve a la esclavitud de la vida real, a esa dosis solar de realidad que entra por la ventana para arrancarte del dolce far niente.

Porque hablo de los días en que me duele tanto perder la libertad.

Cuando duermo, mientras sueño, hay silencios muy importantes en mi interior. Se calla, por ejemplo, la voz que tanto abusa del verbo hacer: mueve un pié y después el otro, coge la taza y acércatela a la boca, súbete la cremallera, pon el intermitente, haz esto, haz lo otro… y así todo el tiempo.

Otra voz que no dice nada es la que está todo el tiempo con el “tienes que“, ¡menuda pesada!: tienes que ir a tal sitio, tienes que pagar tal cosa, tienes que recoger a fulanito, tienes que ir a ver a zutanito, tienes que, ¡tienes que…!

Y hay más voces que también identifico con tiempos verbales, como la del “tendrías que haber“, la del “ya tendrás tiempo para” y la del ” ahora vas a tener que“.

Todas estas voces, y otras más que no cito, forman una sinfonía en mi cabeza que es la banda sonora de mi vida diurna, la del primum vivere, y entre todas se montan un sesudo parlamento donde se decide lo que esta bien y lo que no, lo que no conviene y lo que sí, y lo que hay que hacer y lo que no se puede.

Sometido a su estricto gobierno, durante la vigilia no soy más que un títere, un muñeco que mueven a su antojo para tratar de que me ciña a lo correcto, que sea adecuado y presentable, y que no haga idioteces o al menos que se noten lo menos posible.

Como veis, soy solo su esclavo, pero cuando me duermo las mando a todas a la mierda.

Y es solo entonces cuando soy libre para pensar sin límite, para crear, para idear locuras, para soñar realidades distintas, para encontrarme con mi yo. Es en esos momentos cuando nacen las ideas de las que después me arrepiento o me siento orgulloso, si las consigo realizar…

… ¡si las recuerdo al despertarme! Porque las otras voces, malditas déspotas, entran con el sol y el zumbido del despertador a barrer todo lo que he construido durante la noche, y si no estoy listo lo dejan todo tan limpio como una patena.

Por eso, cada mañana, lucho por aferrarme a este estado, por salvar lo que pueda de la quema que hacen esas putas inquisidoras con todo lo que no les parece apropiado, correcto o productivo. Son implacables, no perdonan nada, todo lo ven irreal y absurdo, y tienen ademas la fea costumbre de destruir primero y preguntar después, como si ya pudiera servir de algo.

Por eso me duele perder lo mejor de mis sueños, de mis locuras, de mis extraños inventos y de mis suntuosos castillos en el aire. ¡Cuantas buenas ideas habré simplemente olvidado! ¡Cuantos sueños habrán sido, en realidad para nada! ¡Cuantas y cuantas mañanas se habrá consumado dentro de mí la victoria de lo correcto sobre lo interesante!

Por eso me lastima perder mi libertad, aunque haya días en que ni tan siquiera me de cuenta de que me la roban. A veces, como hoy, solo me queda el vacío, esa sensación de que tenías algo grande y no sabes bien que era, solo que ya no lo tienes.

Esos días, que son muchos, distraigo todos los momentos que puedo para tratar de recordar lo que he perdido. Las voces me acosan a órdenes pero yo las burlo como puedo, me escondo en tareas rutinarias, hago como que veo la tele o conduzco, disimulo para aparentar que estoy ocupado, mientras pongo a escondidas todo mi pensamiento patas arriba en busca de mis tesoros perdidos.

Raramente los encuentro. Por eso me duele perder tantas buenas noches devastadas a la llegada de malos días.

¿Buenos días? No entiendo por qué lo dicen tanto. Será que no les pasa. Será el triunfo del imperio de las voces. O será que es lo que tiene que ser. No importa.

¿Cómo que buenos días? ¡Y una mierda!

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3 comentarios en “¿Cómo que buenos días?

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