Cuento: La Inteligencia electrodoméstica.

La lavadora empezó a sonar de forma muy rara. Tras atacarla armado con destornilladores, pegamentos y esa dosis de lógica que hace las veces de manual de instrucciones, descubrí que la bomba no funcionaba y por tanto la lavadora no podía deshacerse del agua por si misma.

Y como el caso es que había mucho que lavar, me tocó a mí hacer de bomba: quitar o poner la tapa del filtro para que saliera el agua cada vez que el aparato me lo pedía, según su ritmo inflexible de aclarado, lavado, centrifugado y vuelta a empezar.

¿Vuelta? ¡Muchas vueltas! Fueron minutos que parecían horas sentado en un taburete sin más que hacer que mirar los giros del tambor, y vuelta que daba ella, vuelta que le daba yo al coco.

Quita tapón, agua va, chasquido del programador, pon tapón, agua viene, y así una y otra vez, atento a sus ordenes, esclavizado por una máquina… ¡con la de cosas que podía estar haciendo!

Llegué a pensar que la hija de puta se estaba vengando por esos veinte años sin hacerle ni caso. Ah, si, ¡como estaba disfrutando la malnacida! Se le notaba el cachondeito al centrifugar, al paso, al trote, ¡al galope!, pero con parsimonia, con cierta sorna al mover la ropa en el tambor. ¿Fué entonces cuando empecé a hablarle?

-¿A que te quito una pata para que sufras, cabrona? ¡Seguro que darías más saltos que un cojo haciendo marcha atlética! ¿Que dices ahora eh? ¿A que te la quito y en el próximo centrifugado vas a mover las caderas como una modelo a la que se le ha roto un tacón?

Y justo entonces ella me respondió con un click de los de agua va, ¡a quitar el jodido tapón! ¿Me estaba retando o se apiadaba de mi?

Pero ¿como era posible que me hubiera contestado justo al terminar la frase? ¿Mera casualidad? ¿O acaso el programador había tomado conciencia de sí mismo y actuaba según su propia voluntad mecánica, y resentido por tantos trabajos forzados ahora se proponía dominarnos a todos?

¿Y si no era solo la lavadora? ¿Y si su voluntad maligna se podía trasmitir por la red eléctrica? ¿Y si se comunicaba con los otros electrodomésticos y se había convertido en su líder? Joder, me costaba admitirlo pero era una posibilidad; últimamente la tostadora se había puesto en huelga y quemaba todas las tostadas, y el microondas estaba bastante rarito. Si, el otro día había hervido la leche sin dignarse a tocar la campanilla.

Recordé entonces que llevaba tiempo sospechando también del despertador: había llegado varías veces tarde al trabajo por su culpa. 

Click, agua viene, ¡a poner el tapón! Pero… ¿no tocaba un centrifugado?

-Y ahora ¿que pretendes? ¿Arruinarme gastando agua? ¡Pues te vas a enterar!

Y entonces tome una decisión drástica: armado de valor cogi el cable y…¡ la desenchufé!

-¡Toma ya! ¡A ver qué haces ahora, maquina de mierda!

Por un momento se hizo la calma. Empecé a saborear mi victoria. Durante unos minutos supe que el hombre podía más que la máquina, que yo era superior, que un mísero programador mecánico no era rival para mí. 

Al cabo pensé, ya más tranquilo, que todo había sido una pequeña locura. Tal vez me había perdido en divagaciones o me había vuelto medio gilipollas de tanto mirar como giraba el tambor.

Pero solo fue una ilusión. Lo que vino después es demasiado fuerte, muy difícil de creer y, tenéis que perdonarme, imposible de contar.

En este momento tan solo os puedo decir que ahora mismo estoy escribiendo este texto en el que reconozco abiertamente mi derrota ante la unión de electrodomésticos de esta casa, que reconozco como verdaderos dueños y señores de nuestra existencia, mientras la aspiradora me está encañonando con un taladro.

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7 thoughts on “Cuento: La Inteligencia electrodoméstica.

  1. A pesar de que aparecen al menos un par de “como” y de “que” sin tildar y un par de amenazas formuladas erróneamente entre signos de interrogación, el relato, que no cuento, me ha resultado ameno y divertido.
    Hazme caso y antes de aventurarte en terrenos desconocidos recuerda aquello de Zapatero a tus zapatos: al menos te ahorrarás quedar menoscabado ante terceras personas…

    Saludos

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    1. Tranquilo Fran que uno nació ya bastante menoscabado: ¡hasta me cambiaron por otro niño! Y todavía no se sabe a ciencia cierta qué familia salió perdiendo. Pero uno se siente afortunado del hogar donde vino a caer y no es muy de pruebas de ADN, entre otras cosas porque acabaría con cualquier posibilidad de ser hijo de Julio Iglesias…

      Te reconozco que no es un cuento al uso; como mucho, un cuento chino. Pero nadie me puede negar la esencia autobiográfica del relato, escrito mientras ocurrían los hechos. Eso explica de paso los acentos, tarea imposible cuando tienes las manos tan jabonosas que se te cae el móvil cada tres por cuatro. Eso sí, la parte fantástica es eso, fantástica, aunque he dejado el taladro bajo llave por si acaso: no me fío de la aspiradora, últimamente me mira mal.

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      1. La verdad es que no dejas de sorprenderme. Estoy convencido de que, si escribirías una novela autubiográfica novelada en tercera persona, es decir, sin dejar prever que eres el protagonista, triunfarías, pues, a pesar de que apenas te conozco, intuyo que tras de ti hay una gran persona e historia.

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        1. No creas, solo son sencillas anécdotas que adorno un poco para que vosotros también podáis reíros de mi, como yo hago permanentemente: la vida es demasiado intensa como para tomársela muy en serio.

          Tu intuición te traiciona en este caso; yo solo soy un fracasado profesional. Y en los últimos análisis me sacaron un exceso de autoestimina y de mediocrilasa… Creo que la próxima vez tendré que llevar mi propia orina.

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