Tan solo cuatro palabras.

El inexperto orador se situó en el estrado, se acercó al micrófono como le habían explicado y miró al cónsul que entre bambalinas le hacía señas con insistencia para que empezara a hablar. Y entonces reunió todo su valor, miro al cielo por un instante y dijo las cuatro palabras que llevaba algún tiempo rumiando: 

-Todos ustedes son imbéciles.

Se dió la vuelta satisfecho y dirigió sus pasos a la salida del auditorio, dejando a la asamblea general de las Naciones Unidas sumida en el más completo estupor.

Solo hacía un par de meses que Artemio estaba arando el secarral donde, si llegaban las lluvias, volvería a tratar de sembrar alfalfa como cada año. Mediada la mañana se disponía ya a bajarse del tractor para dar cuenta del bocadillo que cada mañana le preparaba su Antonia cuando vio una nube de polvo en el camino que anunciaba visita.

Al poco llegaron varios coches negros, coches de gran porte, coches de ciudad, de los que empezaron a bajar unos cuantos hombres bastante bien trajeados. 

Reconoció entre ellos al alcalde y a un par de concejales que repartían su tiempo entre sacudirse el polvo de la ropa y hacer alharacas a otro de los sujetos, seguramente persona más principal, al que rodeaban todos como una cohorte a su general. Había también hombres con cámaras y algunos policías de uniforme.

-Artemio, le presento al delegado provincial. 

El delegado se colocó estratégicamente para darle la mano de manera que saliera su perfil bueno en las fotos.

-Artemio, estamos realmente entusiasmados con su idea.

-¿idea? ¿Que idea?

-¡Pues cuál va a ser hombre! -intervino el alcalde- ¡El nuevo sistema de irrigación en superficie que propusiste en tu carta! ¡Es genial! 

-Ah, eso. Pues ná, vaya, es solo una cosa que hacía mi abuelo pa aprovechar el agua de la acequia…

-Ya le dije que era bastante modesto – apuntillo el edil.

-No se haga de menos, hombre, -le animó el alto cargo- es una gran idea, y tiene usted que venir a la delegación a exponerla en detalle.

-Es que yo tengo bastante faena ahora y…

-Nada, nada, se viene usted con nosotros, es una gran oportunidad, ya hemos mandado a recoger sus cosas, nosotros nos hacemos cargo de todo…

Le dejaron hacer una llamada a su querida Antonia y, totalmente desbordado por la situación, simplemente se dejó llevar.

En la delegación le asearon, le vistieron y le presentaron en una rueda de prensa que se celebró en el mismo hotel de lujo que iba a ser su hogar por unos días. No tenía que decir nada, sólo estar, y posar junto a todo el que quería promocionar en su carrera política. Solo tenía que dejarse llevar.

Al parecer su idea podía revolucionar los sistemas tradicionales de cultivo. La describían con un lenguaje cada vez más lleno de tecnicismos que no lograba entender, y hablaban de ella como de la panacea para los problemas del campo. No comprendía nada, no le alcanzaba el entendimiento: sólo se trataba de lo que hacía su abuelo para poder regar más horas.

Pero Artemio, a su pesar, se había convertido en capital político. Al tercer día de presentaciones, comidas, actos y reuniones lo reclamaron del ministerio.

Y allí en la capital todo se desbordó. Al cabo de poco tiempo la maquinaria de propaganda del partido le catapultó al avión que le llevaba a Nueva York. Su idea, ahora cargada de adornos y todo tipo de promesas de rendimientos fabulosos y recuperación de terrenos imposibles, había interesado a la FAO, a la Unesco y por supuesto a los lobbys  agrarios del mundo. Y hasta ese momento a Artemio no le habían dejado pronunciar ni una sola palabra. Solo se había dejado llevar.

-Antonia, no te puedes imaginar cómo es esto, es… ¡como en las películas! Estoy en la planta treinta de un rascacielos y las paredes son de cristal, ¡da hasta miedo asomarse!

-Ten mucho cuidado Artemio. ¿Sabes cuando vas a volver?

-Dicen que en unos días. No lo sé muy bien. Estoy todo el tiempo de un sitio para otro… ¡Ojalá estuvieras aquí!

-Te echo de menos.

-Y yo a ti cariño, ¿como están las cosas por ahí?

-No muy bien. No para de venir gente extraña, Artemio. Hacen fotos de todo. Y se meten por todos sitios… pisan los sembrados, asustan a los animales… y esas miradas… yo creo que se ríen de nosotros. 

-No, mujer, solo son gente de ciudad, no tengas apuro. 

-No se, cariño, todo esto es muy raro. ¿Tú estás seguro de lo que estás haciendo? Yo estoy un poco harta.

-Tranquila, son solo unos días, ya veras como todo vuelve a su ser.

Reconoció el edificio de Naciones Unidas de una vieja película de Hitchcok. En la limusina le habían dado una copia del discurso que tenía que leer, su primer y único discurso, su minuto de gloria, y solo tenía que leer esas palabras extrañas que el cónsul le hacía repetir una y otra vez. 

Y de tanto leerlo empezó a comprenderlo. En realidad empezó a entenderlo todo. Por los agradecimientos supo por qué y para quién estaba allí. Por la descripción de la idea supo quienes se iban a atribuir el mérito, y no eran precisamente él ni su abuelo. Por la relación de aplicaciones de su invención supo el ridiculo que le esperaba si aquello lo escuchaba alguien que entendiera algo del campo, y por las palabras de despedida cargadas de promesas y compromisos implícitos supo que aquel discurso le iba a convertir en una atracción de feria de por vida.

Y entonces recordó a su abuelo, le vio de nuevo sentado en el tronco de un árbol con su boina, su cigarrillo liado colgando del labio, su cara curtida por el sol y surcada de arrugas, y le pareció oírle de nuevo, como cuando era niño, con su verbo pausado y cargado de retranca: “tú solo ve y diles cuatro palabras bien dichas”.

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5 comentarios en “Tan solo cuatro palabras.

    1. Muchas gracias, era un reto, me apetecía decirle esas cuatro palabras a los poderosos de este mundo y no encontraba la forma de hacerlo, hasta que decidí ponerlas en boca de una persona sencilla y honesta. Solo así podían sonar bien.

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  1. Eso ( las cuatro palabras) no lo pudo hacer el ingeniero que levantó la primera granja solar en medio oriente justo antes de la primera guerra mundial. Luego la Shell se adueñó del petróleo de los árabes y no se habló más del tema, hasta hace unos años en que no pensar en esa posibilidad se ha convertido en un pecado de leso antiecológismo.
    Mondo Cane!

    Le gusta a 1 persona

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