Descripciones, hoy tocan descripciones.

Era difícil imaginar que aquello era un bar si no había un par de barriles de cerveza vacíos esperando junto a la puerta. El interior era un pequeño pasaje oscuro y tan estrecho que resultaba complicado llegar al aseo sin tropezar con los roídos taburetes.

Detrás de la barra el propietario compensaba un complejo subido a la tarima de madera que le otorgaba los centímetros que le había negado la naturaleza. Desde allí dominaba con su mirada hosca a los parroquianos, siempre los mismos, tan fieles a sus sitios que cuando faltaba alguno parecía como si corriera un poco el aire.

No había necesidad de pedir las bebidas: venían solas por la fuerza de la costumbre. Otro tanto pasaba con la conversación. En aquel lugar alcohol y palabras siempre había de más. Inútiles como cualquier adicción, vacías por lo repetido, pero nunca sinceras, como mentían también las botellas y la tiza mojada que anotaba las consumiciones en la barra.

Las charlas iban y venían como olas pestilentes entre calimas de vino barato y cerveza floja. Lo mismo se linchaba a un entrenador que a un político o a un cantante, e igual se ponían gobiernos que se quitaban impuestos o se subían pensiones. Porque aquel oscuro gabinete manejaba todos los hilos del mundo, por mucho que la realidad se empeñara en no cruzar la vieja puerta.

Un parroquiano, escaso de posibles, solía recoger los vasos para llevarse de propina la última página del diario deportivo, donde afirmaba que venía la programación de la televisión por mucho que todos supieran que también llevaba impresa la chica ligera de ropa con la que compartiría sus frustraciones nocturnas. A veces le invitaba un conocido, otras la tiza apuntaba donde no era.

Un viejo reloj con propaganda de un refresco ya pasado de moda trataba inútilmente de hacer pasar el tiempo en el tugurio ajeno a las leyes de la física. La gente no llegaba o se iba, solo estaba o no estaba. Como la escoba, que en realidad nunca estaba.

En el suelo una multitud dispersa de cáscaras de cacahuetes, restos y servilletas, mezclados con intención con el serrín de cada mañana, engañaba a los desaprensivos haciéndoles creer que allí se comía, y de paso le hacían de chivato al dueño delatando con sus crujidos a cualquiera que hiciera ademán de irse, vana intención impedida por la última, siempre otra última, que aparecía como por ensalmo encima de la barra.

Y allí, sentados en su cómoda prisión, pasaban sus horas hablándose aunque no tuvieran de que hablarse, o callando para que les preguntaran, o dándole vueltas al iceberg que hacía que entrara menos Coca Cola en el cubata, barato y a destiempo, como un pescador que mueve el sedal para lograr unas pocas almendras rancias más en su plato.

A veces venía un repartidor y al abrirse la puerta de par en par para que pasara la carretilla, entraba un despistado rayo de sol que permitía contemplar la decoración del tugurio. La pintura, gastada por tantas miradas perdidas, era de un verde frío y mohoso. El suelo se intuía de baldosas bajo una espesa capa de arañazos, viejas cerámicas erosionadas por el roce de las sillas, el viento de las pisadas melancólicas y la acidez de los vómitos que triunfaron sobre la lejía.

Había carteles con escenas de caza, montados en marcos de madera barnizada por el polvo y el humo y protegidos por cristales tan traslúcidos ya que se diría que padecían de cataratas, y tal vez gracias a eso el visitante no los veía bien y no se engañaba esperando que alguna de esas sabrosas piezas de caza anduviera quizás por la sucia cocina.

El mobiliario parecía llevar allí incluso más tiempo que los propios clientes: las sillas de maderas desencoladas y astilladas y de tapicerías raídas, gastadas y casi sin dibujo, un par de pequeñas mesas peleadas de por vida con el trapo apestoso que las estaba matando poco a poco, los taburetes que crujían hasta cuando se posaba en ellos cualquiera de las moscas que estaban abonadas al sitio y un sinfín de otros enseres inútiles colgados de cualquier manera, trofeos obtenidos de los contenedores de otros barrios no fuera a ser que alguno de los donantes entrara y los reconociese.

Los platos y vasos sentían vergüenza de sí mismos, y se resistían tanto a salir de los anaqueles que solo los podía dominar la mano diestra del dueño. Si alguien más osaba tocar por allí dentro se animaban a romperse por si solos, con un tremendo estrépito, alegres tal vez de poner fin a una larga vida de trabajos y sufrimiento.

En el techo, un par de ventiladores giraban achacosos dejando una letanía de chirridos y chasquidos que era en realidad toda la música que se podía oír en el bar, salvo cuando había fútbol y encendían la pequeña televisión que había en un rincón, sobre la aburrida máquina de tabaco, pues entonces los parroquianos, de a grupos, cantaban el himno de su equipo como si les fuera una consumición en ello.

Todo era antiguo y rancio, todo amortizado e inamovible, todo allí tenía su lugar y su costumbre, hasta los propios clientes, clavados por el vicio y el tiempo a sus taburetes. Tan era así que los raros días en que no había tema de conversación el dueño cambiaba algo de sitio para que tuvieran de qué hablar. 

Todo era eterno en aquel lóbrego refugio de almas desahuciadas, hogar de repuesto para quienes no tenían otro, o lo perdieron, o se olvidaron de donde estaba.

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15 thoughts on “Descripciones, hoy tocan descripciones.

    1. ¿De esos que son como si alguien hubiera estirado de los dos picos de un rombo? ¿De los que se entrecruzaban formando dos triángulos enlazados, le prendía fuego a una punta y saltaban como demonios? 🤔
      Había, si,😂😂😂

      Le gusta a 1 persona

  1. Si se trata de un ejercicio (cosa que deduzco por el título) ya tienes mi diez. Todo el texto es delicioso, cada detalle, el uso de figuras literarias como alguna prosopopeya, todo exquisito. Has conseguido describir ese bar que hay en todos los pueblos, barrios o ciudades. Enhorabuena!
    PS: Por apuntar algo: el último párrafo me sobra. Es como si todo el encanto conseguido se esfumase de golpe.
    Besacos!

    Le gusta a 2 personas

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