Cuento: Arte de vanguardia.

La suma que recitaba incesantemente el subastador era cada vez más grande; cada pocos segundos alguien descolgaba un teléfono, o alguien levantaba una mano, o alguien más hacia una seña, y entonces el subastador elevaba mecánicamente el precio final de la obra de arte.

Una pareja sentada en segunda fila disfrutaba nerviosa de aquel espectáculo, totalmente nuevo para ellos. No era tan glamouroso como habían esperado, pero tampoco podían llegar a imaginar las cifras que estaban ofreciendo por su obra de arte.

Mientras él, Mario, empezaba a gastar en el mercado de su imaginación aquella inmensa cifra, ella, Ruth, no pudo evitar recordar como había empezado la extraña historia de su obra de arte, unos meses atrás, en un caluroso viernes de Junio.

Aquella tarde la ecuación “taladro de regalo” más “marido manazas” igual a “desastre” se cumplió en toda su extensión. Cuando Ruth volvió al salón encontró sobre el suelo el cuadro sin colgar, el siniestro taladro dejado por imposible y un pequeño montón de escombros. Esta parte tenia fácil arreglo, pero no así el enorme y grotesco desconchado que había quedado en la pared.

-¡Es que estas paredes son una mierda! – protestó Mario indignado.

Ya. Claro. La culpa era de la pared. Y los invitados llegaban en media hora.

-Mario, pero ¿es que tenías que hacer eso precisamente hoy?

-Pues claro, mujer, David es galerista y nos acabamos de fundir una pasta en ese puñetero cuadro. Era ahora o nunca.

-Tú y tus manías de grandeza. Te pierde presumir, ¿no? Tenias que quedar bien delante de tu amigo a cualquier precio, ¿eh? Pues yo no se que tiene este puñetero cuadro para costar tan… ¡Nono! ¡Hijo mio! Pero ¿¡¡Qué has hecho!!?

El pequeño Nono sacó con infinita delicadeza su pié de entre las tiras rasgadas de lienzo que una vez fueron un carísimo cuadro vanguardista, mientras articulaba con su vocecilla inocente “¿Yooo? Naaada”.

Y con ello se abrió un nuevo frente en el campo de batalla.

-Pero, perooo ¿qué vamos a hacer ahora? -dijo Mario. ¡Estos están al llegar!

-Si no te hubieras empeñado en tirar la pared media hora antes de la cena…

Dejando de lado el frente infantil, el grueso del combate se traslado al terreno conyugal y se prolongó con intensidad por algunos minutos mas, primero en el salón mientras recogían los desperfectos, después en el pasillo, más tarde en la cocina revisando los canapés, luego en el vestidor para pasar al baño y de vuelta al vestidor, y en ese tiempo el pequeño Nono se dijo a sí mismo que él podía resolver el desaguisado, se puso a ello, y lo resolvió. A su manera, claro.

El timbre sonó cinco minutos antes de lo esperado, mientras la pareja terminaba de vestirse. Fueron rápidos a abrir la puerta, y acto seguido llegaron los besos, los abrazos, los “como estás”, los “que bien te queda eso”, algunos lugares comunes más y al final el esperado “venga, venga, pasemos al salón”.

Et voilá.

Ante aquella pared herida se plantaron cuatro rostros con expresiones bien distintas: Ruth, sorprendida pero divertida por dentro, Mario, demudado y deseando hacerse allí mismo la vasectomía con efectos retroactivos, Anna estupefacta y con la boca abierta y finalmente David, el afamado galerista, absolutamente extasiado contemplando aquella obra de arte: Nono se había subido a una silla y había colgado el marco del cuadro dejando justo en el centro el artístico conjunto de ladrillos rotos, arañazos, restos de yeso y la nutrida cohorte de manchas y polvo que lo rodeaban, y al terminar se había sentido tan orgulloso de su creación que incluso había estampado su firma en un rincón.

-Esto es… joder, Mario, no tengo palabras. -dijo David. ¿Como cojones has conseguido que te hagan en el salón una performance así? ¡Te habrá costado una pasta!

-Pues… hombre, si, si que ha costado, David. Pero, ya te lo dije: ¡ahí lo tienes! ¿No es… un poco… radical?

-¿Radical? ¡No me jodas! ¡Esto es una puta genialidad! Mira esas texturas, ese equilibrio en la composición, esas formas gruesas cargadas de expresión… anda, anda, sírveme ahora mismo una buena copa, que la ocasión lo merece. ¡Que calladito te lo tenias, bribón! Cuando me dijiste que tenías algo grande pensé que te habría tomado el pelo cualquier tratante de medio pelo, pero esto… ¡joder!

-Si, ya veo… esto… ya… ¿Rioja o Ribera?

-¿Vino? ¿Cómo que vino? ¡Tráeme algo más fuerte, joder! ¡De Absenta para arriba…! – y tras decir esto abandonó su expresión heroica para adoptar otra mucho, pero mucho más de andar por casa, como solo saben hacer los afamados galeristas – Ruth, cariño, no reconozco la firma, ¿quién es el autor?

-Es… Es un chico nuevo, pero tiene talento, ¿verdad? Es un poco… bajito, y ¡extraño! Si, es muy extraño, no expone, y no se le conoce apenas…

David fijó su mirada en la firma.

-¿No-no? Pues… no, no lo conozco, la verdad. ¿De que escuela es?

-¿Escuela? Si, es… del… negacionismo. Eso, ¡del negacionismo! Y es de los radicales, ¿sabes? Por eso firma “No”, “no”.

-Cojones, ¡un idealista! ¡Esta si que es buena! ¡Tenéis que presentármelo!

-Me extraña que no lo conozcas – repuso Mario con sorna mientras traía las copas -. Seguro que te has topado con él más de una vez.

-No, lo recordaría. Insisto: ¡Tenéis que presentármelo!

-Eso va a estar un poco complicado -repuso Ruth. No es muy de salir de noche…

-¡Vaya! Lo queréis para vosotros solos, ¿no? -dijo Anna-. Eso no es correcto, no entre amigos…

-Además, joder, yo le puedo abrir muchas puertas… ¿sabéis si tiene ya agente?

-Bueeeeno, podría hablar con él -dijo Ruth para seguirle la corriente -.

Y así prosiguió la cena, mientras el consumado artista jugaba en la cama con su consola, totalmente ajeno a la inesperada repercusión de su opera prima.

 

 

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