Cuento: Ania en el lago.

Los abetos la vieron pasar por la ladera como una brisa fugaz, hollando apenas el camino con sus pasos leves de niña a la carrera. Bajó y bajó por un laberinto sombrío de troncos apergaminados y copas generosas. Todos esos árboles majestuosos se le antojaban los barrotes de la cárcel en la que se había convertido de pronto su vida. Aunque iba casi sin resuello, insistió y corrió hasta la extenuación.

Atrás quedaba la pequeña Ania, la niña que tanto había jugado en esos mismos bosques. Cada nuevo paso en su carrera desesperada la iba despojando de su inocencia. Ania escapaba ladera abajo de un matrimonio concertado, de un amor impuesto por la conveniencia y por la necesidad de pagar con su libertad las deudas de sus padres. Ania, mujer de pronto, huía despavorida de la destrucción del sueño ahora ya imposible de poder escoger a quien amar.

Quería huir como fuera de la decisión, obedecer o rebelarse, honrar a sus padres o ser fiel a sus sueños, y para ello se adentraba en lo más profundo del valle. Más allá de toda esperanza esperaba encontrar allí abajo, en las tranquilas y oscuras aguas del lago, una salida a su desesperación. Quien sabe si un final.

El viejo pescador escuchó los gemidos y lamentos desde su silencioso puesto en la orilla. Lentamente se acercó a ella y le habló con ternura.

-Vaya, vaya, ¿se puede saber qué te pasa?

-No… Nada, no me pasa nada. Solo quiero estar sola.

El pescador plegó sus viejas articulaciones para sentarse junto a ella. Con ademán pausado se entregó a su costumbre de coger pequeñas piedras de la orilla y arrojarlas una a una al lago.

-Ya ves, viejo, dice que no le pasa nada. A mi no me parece que sea así, ¿verdad? Ya, claro, claro. Podríamos preguntarle o podríamos tratar de adivinar que le ocurre, ¿qué te parece?…

Ania se asustó al escuchar como aquel pobre viejo hablaba solo. Tal vez estuviera loco, o tal vez solo fuera la costumbre de vivir allí tantos años sin tener a nadie más con quien hablar.

-Por favor, señor, déjeme sola.

-Claro, claro. -dijo con calma, mientras seguía arrojando pacientemente piedras al lago – ¿Tú que crees? ¿Qué? ¡No! ¿De veras crees que está pensando hacer eso? Yo creo que no. No lo parece… Será mejor preguntarle, ¿no?

La chica siguió perdida en sus propios pensamientos, tratando de aislarse del extraño monólogo que bullía en los labios del pescador.

-Niña, atiéndeme un momento, quiero hacerte una pregunta. Pensamos que tal vez estás pensando en tirarte al lago. ¿Es eso cierto?

-¿Yo? ¡No! ¡Yo solo quiero estar sola! ¡Quiero que me dejen en paz! ¡Todos ustedes! ¡Solo quiero que me dejen en paz de una vez!

-¿Qué es eso de todos ustedes? Aquí solo estamos nosotros…

Ania estaba a punto de perder la paciencia con aquel viejo impertinente que no paraba de importunarla con la misma pesada cadencia con que tiraba piedrecitas.

-¡Todos ustedes! ¡Usted! ¡Mis padres! y ¡los padres de ese estúpido patán de Winfred!

-¿Ves? Ya te dije que no iba a suicidarse, viejo. Es solo una niña que se ha fugado. ¿Cómo? ¡Mira que eres terco! En fin, vale, puedo intentarlo…

-¡Por favor, señor! ¡Se lo pido por favor! ¡Déjeme sola!

-Hija, pensamos que quieres quedarte sola, pero para tener valor para meterte en el agua. Y eso no tendría ya ningún remedio. Tienes que entenderlo. Esa no es la solución a tus problemas. ¿Lo estoy haciendo bien, no? Pues entonces déjame que siga…

-Oiga, señor, no se cómo lo esta haciendo, ni siquiera entiendo bien lo que dice, pero yo no puedo más, ¿entiende? ¡Yo… yo no podría vivir así! – y Ania, niña de nuevo, mujer al fin y al cabo, bajo la guardia y rompió a llorar desconsoladamente.

El viejo pescador estuvo con ella durante horas. Primero callado, dejándola que se desahogara, escuchando cada palabra como tal vez nadie la había escuchado nunca, y después hablándole con su alocada jerga. Le habló con palabras sabias, sin reprenderla, sin aconsejarla siquiera, le habló de la vida misma, del amor, del paso de los años y de las cosas que son verdaderamente importantes. Hizo que volviera a quererse a si misma, y que encontrara el valor suficiente para tomar una decisión y afrontarla.

Durante esas horas, sentados a la orilla del lago, Ania, mujer ya, niña todavía, tuvo la oportunidad de recorrer algunos de los peldaños que le habían negado al empujarla a subir de golpe la escalera de la madurez. Y entonces lloró de nuevo, tal vez porque en esta vida la semilla de la alegría hay que regarla a veces con muchas lágrimas.

-Y si miras todo con atención verás que siempre es lo mismo, pero siempre es distinto, ¿no es así, viejo? El lago, los árboles, las piedras, todo permanece, pero todo se renueva. Tú eres también parte de ese ciclo, y aunque tu mundo ahora es pequeño, pronto crecerá, y se hará más grande, conocerás más personas, viajarás… no puedes negarte todo eso por un disgusto, por grande que sea.

-Pero yo quiero amar, señor, no quiero vivir toda mi vida atada a alguien a quien desprecio.

-No podemos ayudarte mucho con eso, es tu decisión, ¿verdad viejo? Pero, ¿cómo que tu sí puedes? ¡No seas entrometido! ¡Es ella! ¿Cómo? ¡No! ¡Me niego a decirle eso!

-¿Qué le sucede? ¿Por qué… no quiere ayudarme?

-Si quiero, hija ¡si que quiero! Pero, ¡yo no puedo darte ese consejo! ¡eso es una responsabilidad enorme! ¿Y si estás equivocado, eh viejo? -se puso a tirar piedras con bastante furia – ¿Y si no eres tan listo ni lo sabes todo al fin y al cabo?

En ese momento saltó un pez sobre la superficie del lago y produjo unos grandes círculos que se fueron expandiendo lentamente hasta la orilla.

-En fin, sea lo que tu quieras, viejo.

-Señor, ¿está usted bien? ¿Con quien habla todo el tiempo?

-Con este maldito viejo estúpido. Se ha empeñado en que te diga que tienes que aceptar ese compromiso y casarte con ese chico. Dice que a pesar de todo lo que pienses y creas ahora, de ello depende tu felicidad.

-Pero, pero ¿Quién dice eso? ¿Quien es ese viejo con quien habla todo el tiempo?

-Ahí lo tienes. Ahora tú decides… ¿Crees que puedo decírselo? ¿Si? Si, claro, merece saberlo.

El pescador se volvió hacia Ania, abrió su mano derecha, depositó en ella unas cuantas piedrecillas y, mirándola a los ojos, le dijo.

-Hija, quien dice todo eso es mi viejo amigo el lago. Y, que yo recuerde, en todos estos años nunca se ha equivocado.

Otro pez volvió a saltar, más lejos que el anterior, y al volver al agua creó dos ondas perfectas que se deslizaron majestuosamente por el espejo color esmeralda hasta fundirse poco a poco con el verde reflejo de las copas de los robles y la silueta de las montañas lejanas.

Sonó un chapoteo. Unos niños jugaban alegres en la orilla. Winfred, su padre, los vigilaba atento mientras tiraba la caña sin mucho resultado, pero apenas importaba porque había carne al fuego en la vieja cabaña del pescador. Aquel viejo la había enseñado a hablar con el lago, a leer los mensajes concéntricos que le enviaba cada vez que arrojaba una piedra. Le había legado aquel secreto maravilloso, junto con la cabaña a la que volvía siempre que podía para adentrarse en la profunda sabiduría que hacía manar de sus aguas tranquilas.

-Hijos, ¡tened cuidado! ¡Mamá se va a enfadar mucho si os mojáis la ropa! Y tú, Ania, ¡deja ya de tirar piedrecillas que me estás espantando todos los peces!

 

Espero que os haya gustado este pequeño cuento. Os hablo ahora como se me ocurrió la idea, es algo bien sencillo:

Todo cuento ha de tener ciertos elementos comunes, y uno de ellos suele ser un elemento fantástico: magos, brujas, alfombras mágicas y cosas por el estilo. Por alguna extraña razón yo pensé en un lago. Un lago mágico, un lago dotado de sabiduría y que además pudiera comunicarse. Como no tenía mucho presupuesto para efectos especiales, se me ocurrió una forma bien sencilla de lograrlo: el lago oye lo que se le dice, y se expresa a través de los círculos que forman las piedras al caer en su superficie. Solo necesitaba un interlocutor entrenado que estuviera todo el tiempo preguntándole a base de tirar piedrecillas. Incluso hay momentos en que el lago toma la iniciativa y hace saltar a un pez para llamar al orden al pescador.

He sido un poco travieso con el argumento. El matrimonio por obligación que causa todo este asunto en realidad tiene muy poca importancia. Ha sido una maniobra de distracción en toda regla; quería sembrar la incertidumbre poco a poco sobre el elemento fundamental: el secreto del lago y su comunicación con el viejo, aunque pareciera que todo giraba sobre las cuitas de la pobre chica… que, ya veis como he resuelto en una sola frase.

Había pensado dejarlo en el antepenúltimo párrafo, cuando el lago hace que el pez salte para dar testimonio veraz de si mismo. Pero noté que faltaba algo en ese final: Demasiado abierto. Así que a renglón seguido he tratado de atar todos los cabos sueltos en un par de parrafos, a mi manera, pues por muy rebelde que uno sea con las formas, los cuentos siempre terminan con perdices, o con peces, cuando estas no están en temporada.

Muchas gracias a todos los que os tomáis la molestia de leer estos pequeños ejercicios.

 

 

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11 thoughts on “Cuento: Ania en el lago.

    1. Yo encantado, así mejora el relato!
      Siempre es bueno hacer caso, a veces salen buenas ideas.
      Fíjate que hubo un tiempo en que le escribía biografías inventadas a la gente: me daban un nombre ficticio y tres o cuatro palabras y les escribía una historia, en plan cachondeo, me encantaba aquello…

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        1. Si quieres echarle un vistazo, todavía anda por ahí: busca “biografías alternativas” en Google… aviso, el contenido es bastante gamberrete… de una vida anterior. Como dicen mis niños: “antes molabas”😂😂

          Le gusta a 1 persona

  1. Los elementos de cuento y el suspense mágico me parece perfecto. El final no lo pillo (disculpa a mis neuronas quemadas,), no sé si entiendo que iba a ser feliz porque iba a tener una familia, es decir que le muestra su futuro, o si es que le hace regresar a su niñez…

    Le gusta a 2 personas

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