Veranos de papel.

Eran otros veranos, cuando hacia calor porque tocaba y punto. Todavía no sabíamos de cambios climáticos ni agujeros de ozono, así que teníamos el mismo calor que ahora pero no podíamos culpar a nadie por ello.

Un sol de justicia te encerraba en casa después de comer. Por no aguantar, no aguantabas ni el sillón. Mucho mejor en el suelo fresquito. Y siempre había algo que leer, o tal vez era que no se podía hacer otra cosa.

Los veranos del Sur. Veranos de siesta a la fuerza, de noches toledanas y mañanas buscando aguas en las que meterse. Mediodías de gazpacho y melón. Y tardes de hastío y pereza de las que no te sacaba ni el olor a café. Eran tardes de libros.

Creo que el calor invita a soñar. Puede que el cuerpo se resista a moverse, que la sangre, liberada del encargo de calentar capilares, y espesa porque en Julio todo está espeso, se refugie en la sesera y allí parapetada se distraiga regando más de la cuenta donde no debe, justo en esas neuronas caóticas y traviesas que nos hacen imaginar, soñar y pensar en cosas extrañas.

Primero fueron tardes de Mortadelo, de Zipi y Zape, de Capitán Trueno y también, en tebeos prestados porque esos no se compraban en casa, de superhéroes de barras y estrellas, siempre acomplejados, con tantos poderes y siempre con más problemas que un libro de matemáticas… ¡anda que si yo tuviera esos huevos iba a tener esos cuernos!, como le dijo el ratón al toro.

Después vinieron Verne, Salgari, Asimov, y también Agatha Christie, ésta última en dosis de no a más de tres horas por libro, hasta que le encontré el truco y a las diez primeras páginas ya sabía quien era el asesino, porque solo había que pensar en quién lo parece menos, y por qué.

Y después vinieron… ¡los apuntes! Lógico, lo que se pierde en el frío hay que ganarlo para septiembre. Pero siempre hubo lugar para los libros. Cada vez menos ligeros, cada vez con más enjundia. Porque el calor no anula el entendimiento, que solo lo distrae un poco, y con la edad aprendes a distraerlo tu a él. Me aficioné a plantearme, verano tras verano, batallas literarias cada vez más duras.

Un año, por ejemplo, cayó Joyce.  Bueno, caí yo (pero no por KO, sino a los puntos). Me explico: leerlo, lo leí entero, pero no me enteré de nada. O al menos eso deduzco por la adoración que inspira el Ulises y que yo, pobre patán de escasas letras, para nada comparto.

Otro año, que para esto valor no me falta, dí con un tocho enorme que valdría para sostener él solito no menos de tres estanterías. Un libro maldito cuya sola mención valdría para que todos los abusones del pueblo hicieran cola ante mi casa para pasar a darme una colleja. Se trata de “Gödel, Escher, Bach, un eterno y grácil bucle”, de Douglas Hofstadter. Lo menciono así, a pleno confort, por si alguna vez queréis encontrar un modo de suicidaros lentamente y de paso aprender algo sobre sistemas formales. Tan jodido es el asunto que resulta que el libro en cuestión esta mal encuadernado (aún lo conservo) y por alguna extraña razón tiene un capitulo entero repetido… pues fijaos que lo leí enterito y ¡no me di ni cuenta! Fue solo después, buscando no-se-qué concepto cuando, al pasar páginas, caí en el error. Eso si, el muy cabrón me tuvo entretenido un tiempo intentando resolver un inocente problema de aritmética (si, hago los ejercicios), hasta que me dí cuenta que se trataba de la conjetura de Goldbach. Pa habernos matao.

En fin, ya veis que de esta forma tan poco razonable he ido planteándome, y a veces superando, este tipo de retos literarios cada nuevo verano. Pienso que no hay que tenerle miedo al tocho, en absoluto. Al contrario, soy de esos que lamenta que algunas buenas historias sean tan cortas. A me pierden esos tomos bien gruesos y con el lomo más apretado que una soprano con faja; de hecho, a veces miro primero el tamaño y después ya voy leyendo el título. Y a veces acierto.

Por ejemplo este verano tengo varios candidatos en ciernes. Puede que Gibbons, aunque no creo haber sido tan malo este año como para merecerlo, o tal vez me apetezca volver a leer El Quijote, pero… vaya… tampoco he sido tan bueno.

Algo encontraré, e incluso puede que tenga tiempo para leerlo, aunque últimamente tengo las tardes tan solicitadas que ya estoy dando citas para septiembre. Pero incluso aunque tenga que renunciar a mi tocho veraniego anual, sea por falta de tiempo o sea por total carencia del mismo, tendré que plantar batalla para no perder la costumbre.

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4 comentarios en “Veranos de papel.

  1. Así eran, y son, esos veranos para mi también. Lo que te pasó con el libro de Hofstadter, me pasó con Rayuel, de Cortázar. ( Quizás demasiado joven para entenderlo, es lo que tiene ser el hermano pequeño, te aventuras con libros que no son para tu edad). Mis veranos en el pueblo eran de misterio, Poe, Lovecraft… ahí siguen en la estanteria de mi habitación de infancia y juventud, fieles, reservándome su aroma a papel viejo…
    Me encanto viajar al pasado con tus palabras.
    Feliz verano, Israel!

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  2. Me ha encantado esta entrada. Me identifico completamente: mejor suelo que sofá, primero tebeos, Agatha Christie (mi madre tenía la colección completa, y luego poco a poco tochos infumables.
    Me he reído cuando has dicho lo de los matones en la puerta jajjaa

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