Reír también es querer.

Ayer despedí a un buen amigo. Cuando me llegó la noticia no tuve que pensarlo siquiera. No tenía obligación, no tenía que ir, pero quise ir. Veinte años no es nada, ¿verdad, Gardel?, ni lo son mil kilómetros cuando tienes un buen motivo. O dos. O muchos más.

Porque además pude viajar en el tiempo. Volver, volver a la tierra, a ese cementerio que la mina fue rodeando con los años para engullirlo, tal vez para hacerse de una vez por todas con los cuerpos que no pudo robar en vida, quizás para arropar a todas esas almas con escoria y pizarra y rescatarlas del mundo para devolverles la paz mineral de las profundidades. Allí yacen los míos y allí es donde quiero estar cuando sea mi hora.

Triste, estaréis pensando. Y no tiene por qué. Estas despedidas no son más que una pequeña nube, negra sombra fugaz y breve que no alcanza a tapar el sol de los recuerdos. Porque mi amigo, padre de mi amigo, es de esas personas que reparten alegría. Y con esa alegría le recuerdo, porque su eterna alegría dejó huella en mi vida y en las de los que estábamos allí.

La alegría es un bien que cuanto más se reparte, más crece, y cuanto más se da, más se tiene. Es algo extraño y maravilloso a la vez. No hay matemática que pueda con ella, ni existe tampoco tristeza que consiga apagarla del todo.

Nuestra pequeña nube llovió un poco de humedad por las mejillas y nos dejó un sentido rato de sombra pero, al poco, respetuosa, como nosotros con ella, dio en irse y nos dejó al sol con nuestros recuerdos, con nuestras risas que ese día eran las suyas, todas las que fue regalando por dónde iba, las que siempre tenía guardadas detrás de una oreja, las que yo creo que eran una forma más de querernos.

Si dicen que quien bien te quiera te hará llorar, yo sé gracias a él que quien te hace reír, por eso, y porque si, también te quiere.

Sé que hay mucho más en cada persona. Las vidas son también de abrazos y de lágrimas, y de besos, y de empujar para que aprendas a montar en bicicleta, y de querer y de ayudar. Algunas son de éxitos y glorias, otras de caerse y saber levantarse, pero todas son de sentir, y de soñar , y de amar, y las más dignas son también de estar cuando hace falta, y todo eso estaba allí entre nosotros, en los corazones que había a su alrededor, pero dejadme que me quede con ese pequeño detalle tan importante de la alegría.

Yo salí del cementerio que tanto le estorba a las máquinas dándole a mi amigo las gracias por tantas gracias.

El sol me acompañó brillante por todo el camino de vuelta.

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