Remordimiento.

Aquella tarde tenía varios teléfonos móviles para reparar en su banco de trabajo. Los miró por encima: Un par de baterías que cambiar, una pantalla rota, dos o tres cambios de carcasa y poco más. Si se ponía a ello y no había complicaciones podría salir pronto de aquel cuchitril oscuro.

Tras entregar los dos primeros se puso a desmontar el siguiente, protegido por una funda tan llamativa que solo podía pertenecer a una adolescente. Sí, aquella pantalla se había llevado un buen golpe y la carcasa de metal estaba rayada. Le colocó una pantalla nueva, la conectó y apretó aquellos extraños tornillos. El día que la gente se entere que todo esto solo consiste en tener el destornillador apropiado se nos acaba el negocio – pensó. Una vez terminado lo encendió para probarlo, e introdujo el pin que venía anotado en el ticket de reparación.

Tras comprobar que el teléfono funcionaba perfectamente, cabalgó en su silla giratoria con ruedas hacia la puerta de la trastienda; al ver que no había nadie esperando en la tienda, supo que tenía unos cuantos minutos para entregarse a su vicio inconfesable.

Un primer vistazo por los contactos y el whatsapp de aquel teléfono le ofreció una buena panorámica de su propietaria. Joven, alocada, inconsciente, y bastante bonita. Había muchos selfies, de todo tipo. A aquella chica le gustaba hacerse fotos. Su mente enfermiza le sugirió que podría haber algunas imágenes mucho más interesantes. Volvió a mirar por la puerta. Todo tranquilo. Se frotó las manos.

Pasó por los distintos archivos de imágenes con la destreza que solo da la práctica, con esa rapidez nerviosa de quien sabe bien lo que busca y es incapaz de dominar su ansia por encontrarlo. Pero aparte de unas cuantas fotos en la playa, aquel móvil no parecía contener nada que pudiera llegar a satisfacer sus instintos. Se entretuvo en mirar esas fotos de verano. La chica era preciosa, muy bien formada, con una cara llena de alegría y un cuerpo que no podía dejar de desear. Siguió buscando entre las fotos, cada vez con más interés.

El ruido de la puerta al abrirse le pilló desprevenido. Apenas tuvo tiempo de soltar el teléfono y coger un destornillador para aparentar que seguía con su trabajo.

-¿Tienes alguno terminado?

-Si, aquí tienes este Samsung y este iPhone, ya están listos.

-¿Cómo vas con los demás?

-Ufff, este de la pantalla averiada me está dando problemas. Si quieres te termino antes los dos cambios de carcasas… ¿A qué hora vienen a recogerlos?

-El de la pantalla rota no ha dicho nada, y los otros vendrán en una hora o así. Ah, y aquí te dejo esta tablet que acaban de traer, dicen que no va bien pero yo creo que esta petada de juegos… si borras unos cuantos y la reinicias, listo.

-Ok, déjala por ahí, y ahora si puedes déjame un rato tranquilo para que acabe con estos.

-Como quieras.

Solo de nuevo. Esperó unos instantes y volvió a coger aquel teléfono. Sabía que tenía poco tiempo, y también sabía que allí podía encontrar algo más, esas fotografías que son solo para la intimidad, las que solo se comparten con alguien de mucha confianza. Ese tipo de fotografías de las que después uno se arrepiente y… ¡Estaba claro! Tenía que recuperar los archivos borrados. Sólo allí podría hallar algun pequeño tesoro para su colección. Decidido, conectó el teléfono a su ordenador portátil y le pasó un programa de recuperación de archivos borrados.

Poco a poco los fantasmas de las imágenes que fueron pasaron desfilando por la pantalla: restos de imágenes que una vez estuvieron allí y de los que ahora, en la mayoría de los casos, solo quedaba el nombre del archivo. Cientos, miles de archivos dañados. Puede que tuviera la suerte de encontrar algunas imágenes que fueran recuperables y tal vez, solo tal vez, alguna de ellos colmara sus expectativas.

Diecisiete archivos recuperables. Los nombres no sugerían nada, todos se llamaban con el prefijo “img” seguido de unos cuantos números. Recuperó el primero, una foto de aficionado de un paisaje sin nada destacable. Poco a poco fue recuperando y viendo los siguientes: un perro, un cumpleaños, un selfie desenfocado y cosas parecidas. Pero al abrir el archivo número 11 de la lista se quedó paralizado y no pudo evitar que aflorara el grito que acababa de nacer de lo más profundo de su garganta: en la foto se veía a la chica totalmente desnuda en el suelo tendida sobre un charco producido por la sangre que manaba de su cuello degollado.

-¿Qué te pasa,  Javier?

A duras penas consiguió recomponerse y apagar el monitor antes de responderle a su compañero.

-¡Nada, tío! ¡Es que… me he pillado un dedo con los alicates! ¡Vaya mierda!

-Vaya, jajaa, pero ¿estás bien? ¿Quieres que vaya?

-Esto… ¡No! Déjalo, no te preocupes, no ha sido nada.

No se atrevía a mirar de nuevo aquella foto. No podía hacerlo. Cogió el siniestro móvil casi sin mirarlo y lo desconectó con esfuerzo de su portátil. Sentía que no dominaba sus actos. Sus manos temblaban y no respondían. El corazón le latía tan rápido que pensó que iba a sufrir un ataque. Estaba helado, inmovilizado, absolutamente confundido.

Había pasado del frenesí al pánico en solo unos instantes. Y sobre todo se negaba a creer lo que había visto. Su mente le sugirió mil posibilidades para explicar aquella imagen, desde una escena de halloween a una broma pesada para algún amigo… pero no -pensó- nadie se desnudaría solo para dar una broma pesada.

Pese a todos sus esfuerzos por negarlo, aquello era real. La imagen de esos ojos vacíos y esa cara pálida y desfigurada en una mueca horrible iban minando poco a poco su escepticismo y sumían sus pensamientos en un abismo de locura. Y desde ese abismo empezaron a abrirse paso los remordimientos.

Nada de aquello habría pasado si no hubiera cedido una vez más a su maldito vicio. Tantas veces se decía que no iba a volver a hacerlo, y tantas otras volvía a engañarse pensando que no era más que una travesura, que no tenía importancia, y entonces era cuando su voluntad cedía a los más bajos instintos.

Pero aquello era distinto. ¿Y si nadie sabia lo que había pasado? ¿Y si tenía en sus manos la prueba de un crimen? ¿Y si sus manejos habían dejado huella en aquel jodido aparato y ahora se veía implicado en un asesinato? ¿Cómo iba a explicarse? ¿Qué iba a decir? ¿Cómo justificaría que había visto aquella imagen?

Como poco, todos sabrían de su extraño vicio. Le tomarían por un pervertido. Perdería su trabajo. Mirarían a fondo sus ordenadores y seguramente encontrarían todas las fotos que había copiado y guardado, todos esos desnudos robados, esas poses comprometidas que guardaba como un tesoro. Eso arruinaría su vida. 

No, tenía que olvidarse de lo que había visto. Devolver aquel teléfono reparado, callarse y tratar de seguir como si nada. Si había una investigación era lógico que sus huellas aparecieran en ese móvil, y nadie podría saber nunca que había espiado de mala manera su contenido.

Pero la mirada ausente de aquella chica muerta pesaba en su conciencia más que todos esos años de fisgoneo y depravación. Era más fuerte que su continua lucha interna, más poderosa aún que su deseo de protegerse de lo que acababa de ver.

Notó como sus lágrimas caían sobre el banco de trabajo. No se molestó siquiera en limpiarlas. Cerró los ojos para contenerlas y aún así seguía viendo a la chica.

No sabía que hacer. Ante la duda optó por la decisión que le acarrearía el menor daño posible; podría convivir toda su vida con ese enorme peso en su conciencia, acostumbrado tal vez por su cotidiano vaivén entre el frenesí y el remordimiento, pero nunca podría sobrellevar la vergüenza y el desprecio si los demás conocieran su verdadera condición.

Limpió el móvil, sintiendo miedo hasta de tocarlo, y lo metió en la fundita de plástico con burbujas para devolverlo al mostrador. Empezó a rellenar el ticket de reparación y solo entonces pudo leer el nombre de la persona que lo había llevado: Eric.

Recordó que había visto un Eric en el whatsapp, con muchos, muchísimos mensajes. Y fotos. Si, podía recordar su cara, y muchas en las que estaban juntos. Había selfies también. Seguramente era el noviete de la chica. Si, uno no se hace tantas fotos con un buen amigo. Y era precisamente el tal Eric quien había traído el móvil a reparar.

Iluminado por esa idea su mente se puso a trabajar febrilmente. No lo había traído ella, claro, eso era imposible, ni tampoco nadie que pudiera ser de la familia. El noviete. ¿Por qué? ¿Tal vez porque el móvil se rompió la pantalla en aquel justo momento? ¿Y si el tal Eric era quien la había matado? Ya se sabe, pelea entre novios, el tipo pierde los nervios, la cosa va a mayores y…. o tal vez era un caso de maltrato, o celos, o ¡Qué se yo! Lo que está claro es que el tal Eric tiene mucho ver en todo esto.

Y tal vez ha traído el móvil para eliminar pruebas, o porque necesitaba… Si, a lo mejor necesitaba que volviera a funcionar para poder… quién sabe… deshacerse de algo que le comprometia, o para ¡asegurarse de que esa foto esta borrada!

Estaba claro: tal vez hizo primero la foto y luego, una vez que se rompió la pantalla del móvil… puede que mientras se deshacía del cuerpo…  entonces se arrepintió, supo que esa foto le comprometía y no se le ocurrió otra cosa que traerlo a reparar.

Justo en ese momento el móvil empezó a sonar -se le había olvidado apagarlo – y en la nueva pantalla apareció el nombre “mamá”.

Joder, joder, ¡joder! ¡No podía cogerlo! Dejó que sonara, una y otra vez, durante segundos interminables, hasta que el teléfono se quedó en silencio.

Se estremeció al darse cuenta de que nadie llama a su hija muerta. Aquella madre pensaba que su hija estaba viva, luego… el crimen era reciente, muy reciente. Seguramente ahora la estaban buscando, o tal vez solo era una llamada rutinaria, pero lo que estaba claro es que aquella tragedia acababa de ocurrir, y él tenía una forma de comprobarlo.

Encendió de nuevo el portátil y conectó el movil. Unos instantes más tarde tuvo ante su vista el archivo recuperado y su fecha. La imagen se había tomado hacía solamente dos horas. Acababan de matar a esa chica y él sabía quien había sido. Estaba en sus manos hacer justicia, aunque eso le costaría su trabajo, sus amigos y su vida.

Desesperado, arrepentido hasta lo más hondo de su alma de todos aquellos años de miradas pervertidas, indeciso entre cargar con ese peso al que estaba tan acostumbrado u otro mucho, mucho más grande, halló en su interior un deseo. Quiso ser digno, quiso volver a respetarse a sí mismo. Quiso expiar su culpa y afrontar la verdad, y en su momento de mayor angustia reunió todo su valor e hizo doble click de nuevo en el archivo. Por una vez en su vida no miró al cuerpo desnudo, sino a los ojos, a aquellos ojos abiertos que le miraban, y pudo comprender lo que le decían.

Sin dejar de mirar a esos ojos Javier cogió su propio teléfono y marco el número de la policía.

 

 

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16 thoughts on “Remordimiento.

    1. Gracias y, si, es cierto, las técnicas que citó existen, se pueden recuperar archivos borrados en determinadas condiciones. Hay que tener mucho cuidado con lo que se hace con estos aparatitos, la seguridad total no existe.

      Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias, Fran. Te contesto a ti y también a los otros mensajes aprovechando este espacio. En realidad el argumento se podría haber resumido en dos o tres frases; la trama no tiene mucha sustancia, y es solo una excusa para lo que quería hacer en realidad: meterme en una mente torturada y compleja. Es fácil identificarse con un héroe, de elevados ideales, o con una persona normal y corriente porque eso es lo que soy. Pero es muy difícil desarrollar empatía con un pervertido. Un gran ejemplo sería Nabokov en Lolita: la caracterización de ese ser despreciable, que se despreciaba a sí mismo, le costó no pocas polémicas pero es, a su vez, un trabajo literario enorme, de una calidad y un poder inspirador descomunales. Somos pequeños, no más que aficionados, pero nada nos impide leer y aprender de los grandes; al contrario, ese es el camino, y no hay que tener vergüenza alguna para usarlos como inspiración, o como motivo, o para tratar de emularles aunque el resultado sea tan pobre que uno se queda en pretencioso, y poco más.
      El objeto de este relato no es otro que la lucha interior del personaje, la trama del asesinato no es más que una herramienta para colocarlo ante una decisión trascendental y ahí, por estremecedora que parezca la historia, he querido incrustar un mensaje esperanzador, un pequeño motivo para seguir creyendo en la condición humana. El personaje, por depravados que sea, encuentra en su interior un reducto de dignidad que le permite, tal vez por primera vez en su vida, hacer algo digno. A veces crecen amapolas en medio de un trigal.

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