El oro de los tontos.

Como algunos sabéis soy natural de Riotinto, el pueblo aquel que salía en los libros de texto gracias a su gigantesca mina a cielo abierto. Lo recordaréis bien si tenéis ya una edad: se trata de un enorme cráter excavado por las mismas máquinas de vapor que años antes abrieron el Canal de Panamá, y también por los brazos de miles de hombres, mujeres y niños, en busca del deseado cobre con el que el mundo empezaba a llevar la electricidad de un sitio para otro.

Yo me crié entre esas piedras. Aquella primera bicicleta que aumentó en un par de kilómetros la onda expansiva de mis travesuras me permitió explorar a conciencia los aledaños de la gigantesca explotación. Y algo más, pues con esa edad un cartel de “prohibido el paso a toda persona ajena a la empresa” es toda una invitación a investigar lo que podía haber más allá.

Así pude recorrer, solo o en mala compañía, caminos y montes que ocultaban grandes secretos. Porque uno, víctima del engaño de gamberretes con más kilómetros en la vida, estaba convencido de que por allí había oro, y solo había que saber encontrarlo.

Si, oro. Aunque nuestras minas son de cobre, la naturaleza es caprichosa y nos adornó los estratos con otros minerales, entre ellos plata y oro, de forma que durante milenios mi pueblo parió lingotes, aunque los de allí jamás vieran ninguno: si en la antigüedad iban derechitos para Roma, más tarde, con la venta de las minas a los ingleses se desviaron a Londres y finalmente, en tiempos de Franco, no se sabe bien a dónde iban pero a los mineros nos regalaban cada año unos almanaques preciosos con escenas de caza pintadas por Zuloaga.

Animado por esa fibre infantil recorría a lomos de mi BH, pagada con más lagrimas de lo confesable, las enormes montañas de escorias buscando algo que brillara, jugándome el pellejo sin conocimiento ninguno porque cada pocos minutos un volquete vaciaba allí su carga estéril creando un aluvión de piedras por la ladera del que Indiana Jones no hubiera podido escapar ni subiéndose al Halcón Milenario, aunque eso es otra historia.

Porque hablaba del oro, de lo mucho que lo busqué, y de que el fin lo encontré. O así lo creí, pues la pirita lleva siglos engañando a los buscadores de oro con sus brillantes cubos metálicos. El oro de los tontos, como la llamaban en el medio oeste americano.

Poco me duró la ilusión, pues unos ojos expertos vinieron a sacarme del error antes de convertirme en el hazmerreir del barrio. 

Unos ojos cansados que sabían de minerales, del insoportable calor de las profundidades, de desayunos con aguardiente para calentarse el animo antes de bajar al pozo, de besos madrugadores de despedida siempre con sabor a ultimo y de muchas, muchas cosas de padres de esas que los hijos acabamos entendiendo tarde, o a veces demasiado tarde.

Al menos fui feliz por un rato con mi preciosa piedra que, una vez trasmutada de oro a pirita, pude cambiar por unos cromos, pues siembre hay alguien más crédulo que uno. 

Y aunque yo seguí buscando, nunca encontré oro, porque el oro no estaba en la mina, sino en casa. 

Ahora lo sé, papá.

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10 thoughts on “El oro de los tontos.

  1. Al leer esta interesante y sincera vivencia me ha venido a la mente que allá por el año 1992, cuando estuve trabajando en el Puerto de Somosierra, a la altura de Robregordo, si no recuerdo mal, un viernes de los que regresábamos al lugar de origen, en uno de los taludes apareció una galería de una antigua mina que al parecer se extraía plata y oro. Yo estaba al cargo, o vigilando que unas retroexcavadoras cumpliesen con las horas pactadas, es decir, que no se escaqueasen del trabajao. De pronto , llegó hasta mí una piedra del tamaño de un melón que creí estaba llena de pedacitos de oro. Se la enseñé a uno de los maquinistas, que al igual que yo creyó se trataba del preciado metal, miramos a nuestro alrededor y entre los dos hicimos un buen acopio de piedras que más tarde guardamos en nuestros respectivos vehículos y, cuando llegué a Plasencia, lo primero que hice fue llevar una piedra a una joyería y allí se desvanecieron todas mis ilusiones al notificarme que se trataba de Pirita.

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  2. Que lindo relato!!! Evoca la infancia, cuando se podía fantasear, y las tardes tranquilas, nos desafiaban a encontrar tesoros allí donde vivíamos, tu tuviste más suerte que yo, ya que crecí excavando la tierra con la esperanza de encontrar algún tesoro, y lo único que encontré fueron lombrices y gusanos blancos!!! Pero los recuerdos son imborrables!!! Saludos Israel!!

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