El simbúscalo.

De niños nos pusieron de tarea llevar algunos insectos a clase. Lo típico, cuatro mariposas pinchadas con un alfiler y una mariquita para tocarle la fibra a la seño. Pero el capi y yo nos lo tomamos en serio.

No hay nada más inquietante que ponerse a levantar piedras en el campo. Aparece de todo: escarabajos, larvas, ciempiés, arañas y todo tipo de pequeñas criaturas de esas que como poco dan grima.

En una de ellas apareció una extraña criaturita mezcla entre gusano y cochinilla, bastante fea o por lo menos complicada de mirar. El capi me miró fijamente y aseveró con suficiencia: “eso es un simbúscalo”.

Vaya, todos los días se aprende algo. 

Y yo le pregunte lo mismo que os estaréis preguntando en este momento: “¿Qué es un simbúscalo?”

-Pues eso, eso de ahí. Solo lo encuentras cuando no lo buscas. Por eso se llama simbúscalo.

Bueno, no perdí la esperanza de aprender algo aquel día, así que seguimos levantando piedras, cerro arriba y cerro abajo, hasta que bajo una de ellas apareció un estupendo ejemplar de alacrán. Un escorpión, durmiendo plácidamente en su cómodo agujerito húmedo ajeno a la mala prensa que tiene su especie entre los gigantes de dos patas. 

Armados con un palito y un vaso de plástico conseguimos apresarlo sin riesgo y dimos por terminada la cacería. Después hicimos un pequeño fuego con la caja de cerillas que todo buen pilluelo debe llevar siempre encima y le dimos un hervor a nuestras capturas, que quedaron lustrosas y bien rígidas, perfectas para nuestro propósito.

Al día siguiente cogimos la tapa de una caja de zapatos y montamos sobre ella nuestro pequeño zoo, fijando los bichos con alfileres y escribiendo su nombre. De diez.

O casi, porque el capi se empeñó en que el simbúscalo se llamaría simbúscalo sí o sí, y ya le podían ir dando por el culo a Linneo y la enciclopedia Durban donde en realidad fuimos incapaces de encontrarlo. Lógico, ya aparecería su nombre cuando no se lo buscara.*

Pero allí faltaba algo. Tanto trabajo y seguro que el diez nos lo quitaba alguna ñoña de la primera fila con unas cuantas mariposas con lacitos. Y yo que era de todo menos bueno ideé otra de mis geniales creaciones. Le arranque un pelo a una de las citadas, le hice un pequeño agujerito a la tapa de cartón y con mucho esmero até el extremo a la bolsita de veneno al final de la cola del escorpión.

Se me daban muy bien este tipo artesanías, ya fuera porque mi madre era modista y yo tenía que ayudarla con el hilo y la aguja, o tal vez por mi larga trayectoria atrapando moscas y atándoles mensajes con un pelo.

Llegado el momento de la presentación, tuve los santos cojones de tirar del pelo justo cuando la seño estaba admirando nuestro pequeño bestiario. Todavía hay noches en las que me despierto escuchando otra vez ese grito. 

Por si te lo preguntas, no, no nos llevamos aquel diez pues, como el bicho de marras, en aquel tiempo los dieces solo venían cuando uno no los buscaba.

¡Y mira que nos lo habíamos currado!

  • Ahora descreo de la leyenda porque cuarenta años más tarde el nombre del bicho sigue sin aparecer, y eso que no me he molestado en buscarlo en todo este tiempo.
Anuncios

9 thoughts on “El simbúscalo.

    1. Pues me alegro mucho, es una de tantas viejas historias que atesoramos los hijos del desarrollismo en la España rural, criados en una época tan convulsa que entramos a preescolar cantando el cara al sol y terminamos la EGB recitando a Miguel Hernández, cosas mucho menos importantes para nosotros que cazar lagartijas y jugar a policías y ladrones.

      Le gusta a 3 personas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s