Infierno en las calles.

Una de cada once baldosas era una trampa. Al pisarla caías sin remedio al abismo. Veías a la gente caminar horrorizada por las aceras. Cada cierto tiempo alguien pisaba alguna y era tragada irremisiblemte, gritando y estremeciendo a los demás transeúntes.

En uno de cada diez balcones tiraban pianos a la calle. Pianos de todo tipo: de cola, de pie, incluso órganos. Un tipo que caminaba unos metros por delante tuvo suerte: le cayó un teclado Yamaha que solo le rozó el hombro. Pudo esquivarlo, dolorido, saltando a su izquierda, pero otro en estaba la acera de enfrente sucumbió aplastado por un magnífico Steinway que con un último y desafinadisimo acorde dejo en silencio toda la calle.

Los autobuses urbanos dejaron de respetar los pasos cebra si el peatón pisaba fuera de los rectángulos blancos, como medida gubernamental contra el envejecimiento de la población. Los jubilados caían como moscas. Y para hacer que cruzar la calle fuera aún más peligroso para los ancianos, los taxis aquel día no hicieron huelga.

De cada cinco macetas, cuatro se mantuvieron fieles a las rejas de las ventanas, pero las otras se animaron a dejarse caer cada vez que pasaba por debajo de ellas un vegetariano, causando tal siniestralidad ecológica que en pocas horas la carne de cerdo dobló dos veces su precio.

No era raro ver caer piedras desde el cielo, ya fueran trozos de cornisas, revestimientos pétreos desprendidos e incluso algún que otro pequeño meteorito que se sumó a la fiesta para darle quebraderos de cabeza a los abogados de las compañías de seguros, a los que apuntaban preferentemente para aplastarles el cráneo sin darles tiempo siquiera a pedir un deseo.

Seis de cada ocho farolas pusieron sus cables en corto, electrocutando a quien las tocaba por descuido, y sobre todo a cualquier chucho que osara apoyar su pata en ellas, vengandose así de toda una vida impunemente orinada.

Uno de cada dos maquinas de tickets para la zona azul premiaban a los usuarios con fotos de la esposa del concejal de tráfico y movilidad urbana totalmente desnuda y en actitud más que receptiva, mientras que en las demás, la señora aparecía en pose algo más recatada, pero, eso sí, también sin ropa. Faltaría más.

Treinta de cada treinta farmacias tenían las puertas automáticas extrañamente averiadas, pues se deslizaban para abrirse cuando se acercaba alguien pero cuando cruzaban la entrada se cerraban de golpe, cortando en dos a las personas, con o sin receta. Algunos farmacéuticos trataron de volver a pegarlas con esparadrapo, pero se notaba mucho y la seguridad social se las rechazó todas. 

Trece de cada diez concejales tenían un brazo incorrupto. El izquierdo.

Seis de cada cien palomas eran el seis por ciento. Las restantes decidieron cagarse unas a otras, cansadas de hacerlo sobre los transeúntes que bastante tenían ya con esquivar pianos, macetas y pequeños meteoritos. 

Y uno de cada mil, !solo uno de cada mil transeúntes! logró llegar a su destino. Los demás no pasaron de nivel y se cambiaron al candy crush como un parlamentario cualquiera.

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