Haciendo el humor (y no la guerra).

Últimamente me apetece hacer humor. Al menos lo intento. En este camino que me he marcado de aprender a escribir, una etapa muy importante es aprender a trabajar la alegría, añadir una gota de diversión a la vida.

Y no es nada fácil, aunque lo parezca. Al contrario, es un género bastante complicado, porque yo creo que es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar. Hombre, siempre se puede provocar la risa con un par de chistes viejos o con una ocurrencia, pero tratar de enhebrar historias de cierto calado donde se busca divertir, donde se procuran muchas sonrisas en vez de unas pocas carcajadas, es algo bastante más complicado.

Primero, porque la diversión se basa en sorprender continuamente al lector, introducir ocurrencias, giros y expresiones que le resulten divertidas, por lo extraño o por lo ocurrente, pero sosteniendo a la vez un hilo argumental. Y por mucho que caracterices a los personajes o compliques las situaciones, unos y otras pronto se agotan, o se vuelven enrevesados hasta perder la coherencia, o se entra en una espiral de ocurrencias inconexas que se torna una montaña rusa de emociones sin sentido para el lector.

Después, porque el humor requiere muchísima más imaginación que un drama o una historia épica. O así lo creo yo. Tienes que obligarte a pensar fuera de la caja todo el tiempo, a sembrar continuamente pequeños conflictos que se resuelven frases más tarde, todo ello dentro de un argumento, y tambien tienes que saber dosificar el surrealismo, porque si abusas se pierde el sentido o se cae en la incoherencia, pero si prescindes de él acabas simplemente hilando chistes viejos.

Escribir humor tiene otro condicionante. A diferencia de interpretar humor, sea en un monólogo, contando chistes o en una serie o película, al escribir humor no hay más recurso que la palabra. Se pierde todo el lenguaje no verbal del humorista o los recursos visuales de una película. Y esos elementos son fundamentales para hacer reir. Al carecer de ellos y disponer únicamente del texto escrito, hay que fiarlo todo al fondo, pues la forma apenas ayuda. Es decir, hay que sembrar el texto de ideas como si fuera un campo de minas, y hay que hacer que el lector las pise.

Pero a la vez se dispone de recursos que no tiene el intérprete. Porque el texto se puede trabajar a muchos niveles, y no solo está la semántica del propio escrito, sino también su forma, porque unas comillas o una letra en cursiva puede alterar totalmente el sentido de una frase, o un título con el que se juega, o incluso una falta de ortografía premeditada.

Y los propios comentarios, como he hecho en la serie de las ratas aliens, donde introduzco un diálogo con el lector a un nivel distinto del de la propia historia, que a la vez es un recurso para nuevas variaciones sobre el tema.

Yo no soy más que un aprendiz, estas son mis asignaturas y trato de prosperar en ellas. Pero tengo grandes maestros.

Escribir humor es mucho más sutil que interpretar humor. O debe serlo. En la escuela de mis recuerdos están Mihura, Poncela, Muñoz Seca, Laiglesia, Fernández Florez o Alfonso Paso, grandes de este género chico que en tiempos de La Codorniz hacían humor cuando no se podía. La sutileza de sus escritos, blancos a la fuerza pero cargados de retranca y múltiples sentidos e interpretaciones, es para mí el paradigma de este pequeño arte y un espejo en el que mirarse, porque la modestia de saberse limitado y ramplón no es impedimento para la ambición de querer ser mejor y tener altas miras. Escribir Humor, ambas con mayúsculas, no está al alcance de cualquier cuentachistes, pues implica dominar la escritura y a la vez saber domar una imaginación desbordante, de la que se extrae el grano para presentarlo como paja, o viceversa.

Hay bastante humor en la literatura, por mucho que no se le reconozca y raramente se le premie. Desde el propio Cervantes o Quevedo a Eduardo Mendoza, las letras castellanas han dado grandes motivos para sonreir a sus lectores.

También hay dignísimas fuentes de humor que no necesariamente toman forma en un libro. Gila o Les Luthiers por ejemplo son grandes, muy grandes hacedores de humor. Tanto, que yo creo que sus creaciones resistirían el paso a negro sobre blanco, pues leer un monólogo de Gila o un sketch de estos grandes argentinos puede ser casi tan divertido como verlos, incluso a pesar de que se amputa la puesta en escena, la verbalización, la representación y la música. Por la sencilla razón de que sus textos son buenos, muy buenos, y como obra escrita merecerían una buena lectura.

Pero, sobre todo, el humor es cosa seria. Solo asumiendo esta paradoja se puede pasar, como intento, de enhebrar gracias a enhebrar con gracia, de procurar la risa fácil a trabajar con seriedad un género complejo, donde la risa importa menos que la diversión, porque reírse se ríen hasta la hienas, pero divertirse pasa por comprender y para eso es requisito que sean inteligentes tanto autor como lector.

En último lugar pero no por su importancia esta la finalidad del texto. Creo que tratar de divertir es un gran propósito en este mundo que solo nos propone discordias, tristezas, desencuentros, ambiciones, mezquindades, vidas lujosas fuera de nuestro alcance y una inmensa cantidad de contenidos en las redes sociales que en realidad son solo ruido blanco.

Si, tratar de alegrarles un poco la vida a los demás es una buenísima intención. Merece la pena el esfuerzo.

 

 

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8 comentarios en “Haciendo el humor (y no la guerra).

  1. Sin embargo, como bien dices, muy pocas obras de humor llegan a ser reconocidas por tacharlas de simples o poco profundas. Para mí hacer reír y saber reírte de tí mismo es fundamental para tener una mente sana. Besacos!

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  2. Escribir con humor para mí es sumamente difícil. Aun más en el relato breve. Se cae en el simple chiste.
    Creo igual que vale la pena probar, en muchos casos usando la ironía.
    Quiero agradecer tu tiempo, tu lectura en mi blog.
    Un abrazo desde Uruguay-Montevideo.

    Le gusta a 1 persona

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