El cliente siempre lleva razón.

Los gritos se podían oír en todo el centro comercial. La señorona estaba apabullando a la pobre cajera que no podía más que excusarse, al borde de las lagrimas, por el error en el ticket.

Desde el alto pedestal de su dignidad ofendida, la insufrible clienta le recordaba a voces que le había cobrado dos veces el bote de perfume, que era una incompetente, que la había estafado y que quería hablar con el responsable para presentar una reclamación. Bramaba sus quejas e improperios con tanta insistencia que toda la tienda estaba pendiente del espectáculo.

La cajera, impotente, no sabía ya que decirle, pues cualquier respuesta fuera de tono habría acabado con su puesto de trabajo. Deseó en su fuero interno no necesitar tanto aquel sueldo miserable, ser libre para poder decirle cuatro palabras y estamparle el perfume en la cabeza a la harpía. Pero no podía. Tenía que tragarse todas aquellas barbaridades y reprimir como pudiera sus lagrimas de impotencia. No sabía cómo había podido pasar, pero todo indicaba que el terminal había leído dos veces el código de barras: En el ticket había dos botes de Chanel, y sobre el mostrador, donde la indignadísima había vaciado con rabia su bolsa, solo había uno.

No tuvo pues otro remedio que descolgar el teléfono y avisar al gerente. Aquello le iba a costar, como poco, un bote de ese perfume que no se podía permitir. 

-¡Eso es! ¡Que venga el gerente! ¡No hay derecho a que un sitio como éste tenga a cualquier barriobajera de dependienta! ¡Se va a enterar! ¡Yo soy la señora de…!

Si, todo el corrillo que se había congregado alrededor sabía ya quien era su marido, pues lo había nombrado varías veces, como también sabía el cargazo y la influencia que tenía, y tantas otras cosas que salieron de aquella garganta desbocada. 

La furiosa dama no paraba de agitarse, gesticular y moverse de un lado para otro. Ahora se debía a su público, clientes y trabajadores que seguían expectantes la representación, unos apoyando a la estafada, otros apiadándose de su compañera.

Pero de pronto surgió de entre la maraña de piernas que la rodeaban un pié disimulado y menudo con el que, arrastrada por sus continuos aspavientos, no pudo evitar tropezar, para trastabillar sus pasos y dar con toda su señorial anatomía de bruces en el suelo.

Algunas de las clientas se acercaron para ayudarla a levantarse, otras se quedaron espantadas del susto y las menos se limitaron a hacer un gran esfuerzo para no romper a carcajadas. Pero de pronto una de ellas exclamó: 

-Oye, ¿No huele como a…?

-Si – respondió otra- es… Chanel ¿no?

Lo era. El costoso aroma se expandió como la pólvora por todo el local. Chanel número cinco para más señas, vertido en el carísimo charco en el suelo y en la mancha delatora que decoraba ahora la falda plisada de la indignada clienta.

El guarda de seguridad extrajo de aquel bolsillo con mucho cuidado los restos del bote de la discordia, aún con el código de barras en su etiqueta, y lo expuso a la vista de los congregados junto con los restos de la poca dignidad que aún le quedaba a la señora.

Jamás volvió a aquella tienda.  Si vais cualquier día por allí podréis ver a la pobre cajera de la que omito el nombre, pero bien podréis reconocerla porque suele sentarse junto a otra compañera que calza un treinta y cuatro.

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4 comentarios en “El cliente siempre lleva razón.

  1. Desgraciadamente, yo como dependienta que soy, tenemos que tragar barbaridades e injusticias de clientas que por creerse “señora de tal” o “tú no sabes con quién estás hablando” tienen permiso para hablarte mal y dejarte en ridículo delante del todo el mundo. Todos cometemos errores, y gracias a Dios siempre se pueden resolver. Como en este caso, con devolverle el producto duplicado basta y no hace falta montar un numerito si su vida es muy aburrida y necesita entretenimiento.

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  2. Tu historia me ha hecho recordar el día que vi robar un perfume en un centro comercial de Barcelona. La señora iba con un abrigo de pieles y toda enjoyada. Yo era muy joven y entonces tímida, salí medio asustada y sorprendida, hoy hubiera actuado de otra manera, los años dan experiencia. Me ha parecido un relato muy ameno.
    Saludos.

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