Vivir para imaginar.

La experiencia es la materia prima de la imaginación. Nadie inventa desde cero, al contrario, imaginar es un proceso por el construimos ideas a partir de lo que ya conocemos. 

Recuerdos, imágenes, conocimientos, lecturas y todo lo que hemos aprehendido de la realidad son las piezas fundamentales de nuestro proceso creativo, y con ellas establecemos nuevas relaciones, derivamos hechos distintos y combinamos de formas diferentes para obtener nuestras propias creaciones.

El escritor ha de ser, por tanto, un gran observador. Todo cuanto le rodea, lo que vive, lo que lee o lo que piensa se convierte en el combustible para su proceso creativo. Por eso, cuantas más vivencias tengamos y sobre todo cuanto más capaces seamos de introducirnos en esas realidades y extraer conocimiento de ellas, más material tendremos para crear nuevas realidades.

El proceso de crear pasa, más tarde, por descomponer y volver a componer. Hay una química en todo esto que tiene que ver con darle un nuevo sentido a los elementos, experimentar con ellos aplicando nuevas fórmulas para obtener combinados interesantes. 

Esas fórmulas están en muchos sitios, quizás el más importante de ellos sea la gran obra escrita, y por eso mismo el escritor ha de ser un gran lector. Pero hay que saber leer, no basta con seguir una historia, hay que comprenderla, leerla como si uno la estuviera escribiendo y tratar de entender por qué su autor utilizó tal recurso o engarzó de tal manera los hechos. Yo lo llamo la metahisoria, la historia detrás de la historia que no trata tanto del qué, sino más bien del cómo y el por qué.

Otra enorme fuente de fórmulas es el sueño. Sí, hay muchas formas de soñar, además de la horizontal. El sueño, o la ensoñación si os gusta más el término, es un estado en el que la mente se libera de ciertas ataduras con la realidad y puede crear con mucha más libertad. Es eso por lo que nos llamaban la atención en clase, una de las actitudes junto a la curiosidad que el sistema educativo se encargaba de extirparle a los alumnos en mis tiempos, donde aprender equivalía a memorizar y razonar era algo que se confiaba estúpidamente al libre albedrío de los chavales.

Hay más fuentes de fórmulas, unas regladas, otras más de andar por casa, pero su propósito es el mismo: convertir la tan denostada divagación en algo productivo para la escritura.

El resto está en los manuales. Imaginar no. Para imaginar hay que vivir, experimentar con intensidad el mundo y sus distintas representaciones (libros, películas, comunicaciones, relaciones, etc.).

Las ideas no hay que buscarlas, solo hay que saber verlas.

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