Juicio a las doce, más o menos.

-Agustín Pofenas, se le acusa de atraco a mano armada en una institución sanitaria, robo a un taxista, posesión de arma de fuego, amenazas, secuestro y extorsión a varias personas y por último de destrucción de material orgánico. Eso pueden significar quince años de cárcel o veinte mil euros. ¿Qué tiene usted que decir al respecto?

-Que cojo el dinero, señoría.

-¿Cómo dice?

-Pues que entre la cárcel y el dinero, escojo llevarme el dinero.

-Pero, ¿es usted idiota? ¡Son veinte mil de fianza! A ver, ¿es que este hombre no tiene abogado?

-Tengo, señoría, me lo han asignado de profesión.

-Será de oficio.

-Eso, de oficio.

-Y ¿qué?

-Y nada.

-¿Cómo que nada?

-Pues que nada, que me ha llamado diciendo que no puede venir al juicio porque está en clases de natación.

-¡Pero esto no puede ser! ¡No se puede juzgar a este hombre sin defensa jurídica!

-Ah, pues entonces ya está, ¿no?

-¿Como que ya está? Yo soy quien dice aquí cuando está y cuando no está.

-Y ¿está?

-No, no está.

-Pues si que… ¿entonces qué?

-Entonces declaro el juicio aplazado hasta que se procure una defensa al acusado.

-Señoría -intervino el fiscal- eso no va a poder ser.

-¿Que no va a poder ser? ¿Por qué no va a poder ser?

-Porque nos podemos quedar sin pruebas, señoría.

-¿Como que nos vamos a quedar sin.. QUÉ?

-Mírelas usted mismo. Ya se están poniendo amarillas. Dentro de un par de horas sólo podremos juzgarle por robar un poco de requesón. – intervino displicente uno de los alguaciles.

-Ya les dije yo que había que conservarlas en frío. – Sentenció el valija.

-Pues estamos apañados. ¿Y no hay más pruebas?

-Circunstanciales, señoría – respondió con temor el fiscal -. Y además…  no se han presentado los testigos.

-No se ¿QUÉ? ¿Cómo que no se han presentado?

-Que no se han presentado, ya le digo. Sabemos que están todos vendiendo la historia del atraco en los medios. Al operario del banco lo hemos localizado en una tertulia, el taxista está dando ahora mismo una rueda de prensa y la enfermera creemos que está grabando el programa de Bertín Osborne. Están todos locos por hacer caja. Y aquí el valija se ha hecho viral.

-Oiga, sin faltar, ¿eh? – respondió indignado – que uno no tendrá muchos estudios, pero lo que es vacunas, me las pusieron todas.

-Valija, hijo mío, viral quiere decir que te has vuelto popular en las redes sociales.

El juez hizo valer su autoridad a martillazos.

-Orden, ¡Orden! ¡Ya está bien! ¡Al próximo que hable sin que yo le pregunte lo condeno por desacato!

Una vez se hizo el silencio, prosiguió.

-Señor fiscal, ¿cómo se atreve a presentarse aquí con un acusado sin defensa, unas pruebas que se están descomponiendo delante de mis ojos, sin testigos y sólo con unas pruebas que usted mismo dice que son circunstanciales? ¿¡Como se puede ser tan patán!? ¡Si solo tengo que abrir mi facebook para encontrar material suficiente como para meter a este fulano entre rejas para toda la vida!

-Señoría, si me permite -interpelo el acusado.

-Proceda.

-¿Como?

-¡¡Que hable, hombre, que hable!!

-Ah, vale. Que digo yo que esto lo podríamos arreglar de otra manera…

-Vaya, y podría decirnos usted a todos los letrados, juristas y expertos presentes en esta sala ¿de QUÉ puñetera manera se supone que lo podríamos arreglar?

-Pues… mire… es bien fácil. Podríamos hacer un trato, ¿no? cómo en las películas ¿me sigue? Verá: Ustedes retiran las acusaciones y yo a cambio… pues no denuncio al banco de semen por publicidad engañosa.

-¿Cóooomo?

-Pues si, ¡publicidad engañosa! ¡Vaya que sí! Mire usted, no es honesto poner un rótulo que dice “banco” cuando en realidad ahí dentro no hay dinero y solo hacen guarrerías. Uno es un profesional de lo suyo, y como ladrón con cierta experiencia me siento totalmente estafado por ese banco de pacotilla: me han hecho perder MI tiempo y Mi dinero, porque uno se tuvo que comprar el casco, alquilar una pistola y coger un ta… bueno, en realidad el taxi me salió gratis… pero, en fin, que me siento estafado porque la publicidad de ese banco no se corresponde con los servicios que uno espera de él, que en este caso es robarle la pasta.

El juez entró entonces en estado ojiplático a tal punto que era completamente incapaz de levantar el martillo.

-Ese es el trato, señoría. Y le advierto, si me dicen que no, de aquí me voy directo a consumo.

El silencio pesaba ya como el plomo. El juez recuperó cierta capacidad de movimiento y aprovecho para indicarle al fiscal con un movimiento de dedo que se acercara a su mesa.

Se aproximó a su oido y reuniendo el poco aliento que le quedaba, empezó a susurrarle.

-Pepe, me quedan dos meses para jubilarme. Dos meses, Pepe. Me has traído a esta sala de todo en estos años. De todo. Desde la puta balinesa aquella que se puso a bailar en pelotas para el jurado hasta el majareta que se quitó el brazo ortopédico y me lo tiró a la cabeza. Pero esto de hoy no te lo perdono, Pepe. ¡Esto no te lo perdono! Yo te mato, Pepe. ¡Te matoooo!

Alterado y furioso, el juez cogió por el cuello al fiscal y empezó a apretar con todas sus fuerzas para asfixiarle. Los alguaciles acudieron corriendo para tratar de separarles. Se formó un tremendo alboroto, sobre el que resonaban los improperios que el juez le dedicaba al fiscal, eso sí en la lengua de Cicerón, que todavía hay clases.

-Oigan. ¡Oigan! – preguntaba Agustín angustiado- ¿Entonces que hay de lo mío? ¿Cómo queda la cosa? ¿Aceptan el trato o no?

Por toda respuesta, en la sala retumbó de nuevo la voz del juez exclamando “Pepe, que te mato cabronazoooo”

-Pero, oigan, déjenlo ya. ¡Nada, ni caso!

Se acercó como pudo al juez, captó su atención y le insistió.

-Señoría, ya veo que está ocupado, pero ¿que hay de lo mío? ¿Me puedo ir ya o qué?

Y la voz del juez, débil y apagada ya por el fuerte abrazo al que lo sometían los alguaciles para contenerle, alcanzó a decirle “siiii… te pueeeedes ir yaaaa…. a la mieeerdaaaaaaa…”.

Absuelto o algo parecido, Agustin Pofenas, alias el valija, dirigió sus pasos aliviados a la puerta de salida, no sin antes aprovechar para recuperar su casco de motorista de la mesa donde se exponía junto a una pistola y unas cuantas probetas que ya solo podrían servir para una fondue.

 

 

 

 

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17 thoughts on “Juicio a las doce, más o menos.

  1. Fin de la historia, para descanso del corrector ortográfico de mi móvil. Confieso que he disfrutado mucho con las peripecias de él valija, y me he encariñado un poco con el.
    Ese detalle de tener que atracar al taxista para poder pagarle define totalmente la sublime candidez de esta criatura que vive en un mundo muy particular donde las cosas son como él cree que son, a pesar de todos los demás. El apellido Pofenas se lo he robado a Álvaro de Laiglesia, parte de una generación que hacía el humor cuando no se podía, y de hacer el amor ni hablamos. Sirva de modesto homenaje a esos ladrones que en realidad eran gente honrada.

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