¿Quién engañó a quién?

Jueves de mercadillo. Para más inri Jueves con mayúscula, de los pintados en rojo en el calendario. No hay lugar para excusas: Toca hacer de corredor de bolsa.

Y aburrirse.

Mirando ese río de gente recorriendo los puestos en busca de una ganga me siento extraño. No me seduce nada de esto; trato de camuflarme en el paisaje como puedo y dejo pasar el tiempo pensando en mis cosas, que sí, guapa, que te queda bien, hasta que mis oídos se hacen inmunes al martilleo del pregón de los vendedores que, clamando ¡a euro! ¡a euro!, se desgañitan para darle salida a la mercancía. Llega un momento en que ya ni les oigo,  arrastrado por la marea de mis propias divagaciones.

Y así transcurre la mañana calurosa hasta que de repente descubro un puesto de libros. Sí, de libros, ¡en un mercadillo!

-Oye, que sigue tú, que ya te alcanzo.

Sobre precarios tableros montados en caballetes me contemplan cientos de libros viejos, con sus pastas gastadas y sus páginas amarilleadas por el tiempo. Libros de dudosa procedencia que guardan aún el aroma a desahucio o a contenedor azul. Libros al fin y al cabo, historias rogando en silencio un segundo hogar, una oportunidad de pasear sus páginas ante nuevos ojos.

Pasa por mis manos una biografía de Winston Churchill publicada en 1944. Interesante. Y la fecha es lo de menos, que uno sabe bien como acaba. Es cuando descubro que el chalán del puesto no valora los libros por su contenido, sino por la cantidad de manoseo que acarrean y por el grado de envejecimiento de la celulosa. Vamos, que tampoco era un incunable.

Matrimonio buscando algo que leer. Allá que voy y les endoso un Hemingway, ¡a dos euros!, pero se decantan por un best seller de los setenta. ¿Así que te gustan las de detectives? Pues aquí tienes las obras completas de Dashiell Hammet. Y va y se lleva una novelita de Vazquez Montalbán. Gustos, colores. Perdón, que estamos en un mercadillo: Gustos, olores.

En fín, que entre lo caro y lo inútil encuentro un diccionario de latín. Vaya, y a tres euros, ¡con lo que echaba de menos el mío!

-Te doy dos por este.

-¿Qué marca? ¿Tres euros? Pues tres euros.

Se ve que el tipo no ha visto La vida de Brian. Así que eran tres euros o nada.

Al final la encuentro entre la verdura, lugar interesante gracias a una especie de Gracita Morales a la que pregonando el pimiento y el brécoli solo le falta preguntar ¿lo va a comprar al señori-to?

-Ah, ya estás. Cógeme esta bolsa porfa. ¿Eso te has comprado?

-Una ganga. Tres euros.

-¿Por esa mierda? ¿Para qué quieres eso? ¡Te han vuelto a engañar!

Y es muy posible, sí. Es posible que todos esos espabilados cargados de zapatos de polipiel con aires de grandeza, camisetas con el cocodrilo de pega, gafas de sol rayoband y todo tipo de baratijas sospechosas, al ver pasear a un capullo por el mercadillo con un viejo diccionario de latín en la mano lo clasificaran automáticamente en la G de gilipollas o en la R de rarito.

Será porque no se dieron cuenta de que llevaba entre mis manos la llave que permite entrar en Troya, y cruzar el Rubicón, y entender como se llaman los animales y las plantas, y saber incluso por qué los de Cabra se laman Egabrenses. ¡Por solo tres euros!

¿Quien engañó a quien?

 

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6 thoughts on “¿Quién engañó a quién?

    1. Tenía uno heredado, pero lo reclamó el propietario. Es lo que tiene ser hermano menor, que nunca nada es tuyo.
      Hasta ahora me apañaba con traductores online pero son un desastre. ¡Donde esté un buen diccionario!

      Le gusta a 1 persona

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