6. El cuchillo de Kjartan.

Un leve ruido perturbó el sueño ligero de Kjartan. De alguna forma supo que ella estaba allí, tras él, amparada en la noche. Permaneció inmóvil y espectante, fingiendo dormir. Oyó el leve roce de la hoja de su cuchillo al salir de la funda colgada en la pared. Alertó sus músculos y se preparó mentalmente para detener el golpe. Esperó.

Quizás no debería haberla liberado. Solo la había atado para que no se dañara a sí misma. Pero la pierna ya se iba recuperando y necesitaba empezar a caminar apoyada en el cayado que había cortado para ella. Imposible con las manos atadas. Era djarn y no podría confiar en su palabra, pero algo en su mirada le hizo decidirse.

El golpe se hacía esperar. Tal vez dudaba. Permaneció inmóvil.

Había tenido oportunidades para matarle antes. No había entre ellos pacto alguno, ni juramento o promesa. Ni siquiera una deuda. La observó durante días, mientras la enseñaba a tejer cestas de cáñamo o cuando arrastraba su cuerpo con torpeza porque el orgullo le impedía pedir ayuda, y hasta ser ayudada. No sabía si algún día, cuando recuperara los músculos de su pierna y cediera el dolor, ella simplemente se iría. O si pesaría tanto el condicionamiento del rito djarn que quisiera realmente matarle.

Ahora estaba esperando a que lo hiciera.

De pronto algo cayó junto a su cabeza. Algo negro y ligero. Tal vez solo era una distracción para que se volviera y asestarle el golpe mortal. Abrió los ojos.

Era su larga trenza de pelo negro.

Se volvió, pero ella ya no estaba. El cuchillo estaba en el suelo, a su lado. Ella se había vuelto al establo a dormir con Shanka.

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Pasaron varias lunas por el firmamento.

-Va muy cargada, pero puedes montar si quieres.

-No voy a cambiar mi dolor por el suyo.

-¿Has oido, Shanka? ¡Mira cómo se preocupa por tí! ¡A saber que habréis estado haciendo vosotras dos todos estos dias a solas en el establo, jajaja!

El camino a Arkd’ur era largo, duras jornadas río abajo por la orilla sinousa del Ansvaal hasta llegar a los remansos. Allí donde el Kjwan’sib se entregaba manso a la llanura del valle el terreno se iba volviendo más llano y el camino más ligero. Los pasos se perdían entre las suaves colinas donde maduraban los olivos y abundaba el pasto y el matorral.

Duna había abandonado el rito djarn y Kjartsn había creído seguro dejar que la acompañara en su viaje. Era tiempo ya de ir a comerciar. A ella le vendría bien ejercitar la pierna y dejar que el viento y el sol sanaran la pústula de su brazo que antes había sido la marca de su clan.

Pasaron largos días de camino en los que Kjartan le hablaba de las cosas del mundo a su alrededor, tan extraño para una criatura del desierto. Ella se interesaba por todo lo cercano, por Shanka, por el río y por su entorno. Él a veces le preguntaba sobre su vida, sus raíces o la aldea donde la raptaron, pero Duna callaba y caminaba.

La luna llegó al creciente.

-Realmente pensé que ibas a cortarme el cuello aquella noche.

Pudo ver el desprecio en su expresión a la luz del fuego de campamento.

-Si hubiera querido hacerlo no lo estarías contando.

-No estés tan segura.

Duna lo miró con fijeza y entonces Kjartan le lanzó el cuchillo. Ella lo cogió al vuelo, lo sopesó como sólo hacen quienes saben usarlo, buscando el punto donde se equilibra el peso de la hoja, acariciándolo en su mano, y le miró de nuevo.

-¿De verdad quieres que lo haga?

Por toda respuesta Kjartan se puso en pié, se volvió para darle la espalda y se señaló la nuca con un dedo.

Duna dudó unos instantes, bufó con desprecio y se decidió a atacar.

Rodeó la hoguera con sigilo, se colocó un paso tras él, cargó el peso en la pierna sana y se dispuso a clavar el cuchillo en la cerviz del hombre. Cuando su brazo ya iba bajando irremisiblemente, Kjartan se agachó y giró levemente, alzó su brazo derecho, la cogió por la muñeca y tiró de ella con fuerza a la vez que doblaba su cuerpo por la cintura, haciéndola caer bruscamente delante de él.

-Haces demasiado ruido. No cuidas de tu sombra. Eres previsible. Y eres lenta.

El sol y la luna llena se encontraron en el cielo.

Las jornadas eran igual de agotadoras, pero ahora caminar era el verdadero descanso, porque las noches se iban en aprender a luchar. Duna era fuerza y velocidad, incluso a pesar del lastre de su pierna, pero Kjartan le fue enseñando mil maneras de usar su cuerpo, de canalizar esa fuerza y multiplicar su efectividad en el combate.

En esos pocos días practicaron durante toda la noche, primero la lucha cuerpo a cuerpo y después Kjartan fabricó armas de bambú y empezó a introducirla en el manejo de la espada corta, la espada larga, la daga y el arco y la flecha.

-¿Quién eres en realidad, Kjartan?

-Tu y yo tenemos muchas diferencias. Una de ellas es que yo sé quien soy, y tú no. Tu todavía tienes que encontrarte, en cambio yo solo deseo perderme. Mañana llegaremos a Ard’ur, creo que hoy será mejor descansar.

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4 thoughts on “6. El cuchillo de Kjartan.

  1. El título de este capítulo no es casualidad. Detrás de la propia historia hay un cambio y una decisión: Duna descubre que vivía en un engaño y escoge abandonarlo, acogiéndose a la realidad más probable, la que le rodea, en ausencia de una explicación correcta. Esta será su propia búsqueda en el resto de la historia, como Kjartan le sugiere en las últimas frases. Hay premio para el primero/a que lo vea: le dedico el próximo capítulo.

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  2. Y ahí los voy a dejar, a las puertas de una extraña ciudad. Pero hay más: he modificado todos los capítulos anteriores, y creo que tendré que volver a hacerlo más adelante. No importa, la historia está viva, y crece, y tiene que adaptarse a las nuevas ideas que van llegando.
    Como también cambiará el orden de los capítulos: los dos que quiero escribir ahora serán anteriores a los actuales 5 y 6. Necesito introducir más escenarios, personajes y fuentes de conflicto, así que habrá que reordenar todo a conciencia.
    Eso sí, de momento las tramas no se cruzan (las veo como hilos), pero ya lo harán…

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