Un acto digno.

“Voy al escenario, el espectáculo esta noche se hace igualmente”.

Y ante el estupor de la taquillera que le acababa de comunicar que no se había vendido ni una sola entrada para la función, Giovanni salió al escenario e interpretó la obra completa. Una hora y veinte minutos de palabras de amor al teatro, en la que seguramente fue una gran representación.

Sin público.

Creo que este acto, ocurrido realmente, dignifica las artes escénicas. Es toda una muestra de pundonor y honestidad, uno de esos actos que muchos consideran estúpidos, y que muchos estúpidos ni siquiera consideran, pero que constituyen la esencia de eso que llamamos amor al arte.

Pero, ¿representar para nadie?

Representar, al fin y al cabo. Actuar por respeto a la profesión, por amor al teatro y a la obra, por dignidad. Llenar de vida el escenario. Crear. Actuar para la taquillera, el operario de los focos y algún acomodador. Actuar para si mismo. Para el autor. Para el teatro. Para el arte.

Pues, ¿cuántas veces esta lleno el patio de butacas y en realidad no hay nadie? ¿Y cuántas otras la obra no logra atravesar ese cristal imaginario que rodea el escenario? ¿Cuántas salas se llenan de gente para ver una sarta de efectos especiales, o un producto comercial, o una bazofia cuyo único reclamo es un premio comprado o mal dado?

Pienso en lo felices que serán los habitantes de ese pueblo que ignoraron al Actor, porque seguramente prefieren ver en el cine o en la tele a sus ignorantes favoritos.

Bendito don este de la ignorancia que convirtió una representación más en un Acto Digno.

 

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4 comentarios en “Un acto digno.

  1. Una anécdota de algún modo comparable.
    Praga, verano europeo de 1994.
    Un turista uruguayo (que no habla ni media palabra de checo) se pasea por el casco histórico de la mágica ciudad. Alentado por un anhelo espiritual, ingresa en una vistosa iglesia en la que entra y sale gente. Se instala en uno de los bancos. El sacerdote comenzó la misa hace nada más minutos, en su idioma impenetrable (para el turista). El ansia del turista por estar ahí (lejos de su patria desde hace meses) puede más que las dificultades idiomáticas. Media hora después, al llegar el momento de la comunión, ese turista es el único que se aproxima a comulgar, al borde de las lágrimas. Agradecido con Dios por ese honor. Una misa para él solo, en el lenguaje universal de las almas y los espíritus. Un cura para él solo, en una región donde escasean las vocaciones sacerdotales.
    El turista: quien estas líneas escribe. 😀

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