4. En la ratonera.

Al salir del pasillo principal en dirección al ala oeste estuvieron a punto de darse de bruces con una pareja de soldados. Regnus tiró con fuerza de la mano del niño y se ocultaron rápidamente tras una esquina. Pasaron de largo, pero no tendrían tanta suerte la próxima vez. Pronto les buscaría toda la guardia de palacio. No podrían continuar por los pasillos.

-Konstantin, tienes que ayudarme. Tu conoces todo esto mejor que nadie. ¡Vamos! ¡Tenemos que ir a las caballerizas!

El chico le miró fijamente. De pronto le cogió de la mano y tiró de él, echando a correr. Cruzaron varias habitaciones comunicadas entre ellas por puertas interirores. Tras atravesar un estrecho patio interior llegaron a una estancia más amplia, pero había soldados custodiándola. Konstantin salió al estrecho balcón, le hizo agacharse y lo atravesaron hasta el otro extremo. Entraron por una ventana a las habitaciones de la reina, vacías y oscuras desde que murió en el parto.

Konstantin recorría el palacio como un hurón en una madriguera. Al pasar ante su propio dormitorio Regnus le hizo esperar un momento, sacó su bolsa de un viejo arcón y prosiguieron su camino escaleras abajo.

En el patio central había varios soldados formados. No podrían atravesarlo para llegar a los establos. Konstantin tiró entonces de su mano y se dirigió a las cocinas. Por la ventana pudieron ver que tambien había allí soldados, gritando y mirando por todas partes. Se sentaron en el suelo. Sin saber bien qué hacer aprovecharon para recuperar el resuello y esperar a que salieran de allí. Regnus trataba de pensar como podrían hacerse con un par de caballos y salir de la ciudadela.

Markus había recorrido ya los pasillos y habitaciones de la planta primera, sin resultado. Pensó en los lugares donde solía ver al niño y dividió a sus soldados para que se dirigieran a ellos. Se encontró con Friedrick al pié de una escaleras. Este le ordenó extender la búsqueda por toda la ciudadela.

Al cabo de unos minutos se fueron los soldados y los sirvientes volvieron a sus labores. Pero ahora estarían informados de la búsqueda. Ya no sabría en cuales de ellos podía confiar. De pronto vio por la ventana acercarse a Zaza, ama de cría de Konstantin que ahora servía en las cocinas. Dejó oculto al pequeño y se asomó con mucho cuidaddo.

-¡Zaza! -la llamó con cuidado- Estoy aquí. ¡Tienes que ayudarnos!

-¿Regnus? Pero, ¿Cómo? ¿Qué sucede? ¿Está mi niño contigo?

-Si, tenemos que sacarlo de aquí a toda costa. ¡Quieren matarlo, Zaza! Friedrick… ese malnacido ha matado al rey.

-Eso no puede ser. ¿Estas seguro…?

-¡Lo he visto hacerlo! ¡Zaza! ¡Mira esto! -y le enseñó el anillo Hardman. Zaza pasó entonces del estupor a la comprensión. – Ayúdame, tenemos que conseguir llegar a las caballerizas y desde allí, tratar de salir de alguna manera…

-Eso sería una estupidez, Regnus. Os reconocerían al instante. Pero tengo una idea mejor. Hoy han traído carbón para las cocinas. Vamos, trae a Konstantin. ¡Seguidme!

Konstantin se echó en los brazos de la única madre que había conocido, la que lo había alimentado y cuidado, la que más lo había querido. Y solo entonces, sobre aquel pecho cálido y acogedor que le diera la vida, fue capaz de derramar sus lágrimas.

Friedrick sabía que el tiempo jugaba en su contra. No podía esperar más para dar la alarma si quería que el escenario que había montado en la sala delo trono fuera creíble. Mandó llamar a sus hijos y les ordenó que suspendieran la búsqueda en el recinto interior y cerraran las puertas de la ciudadela para que nadie pudiera entrar ni salir.

Ragnus y Konstantin se habían transformado en un viejo carbonero vestido de harapos al que seguía un niño sucio y astroso de pelo enmarañado. Las monedas de oro que habían comprado un silencio sirvieron también para conseguirles un par de borricos cargados de pertrechos. Regnus quiso darle las gracias a Zaza.

-¡No hay tiempo para eso! ¡Escúchame con atención! Recuerda que ahora eres un carbonero. Olvídate de tus maneras refinadas y de las palabras rimbombantes de los señores. Las puertas de la ciudadela van a estar muy bien vigiladas. Así que bajad los dos la cabeza. Siempre. Sois pobres y tenéis miedo. No miréis a los ojos a los soldados. Y sobre todo no les habléis si no os hablan ellos primero.

Tras salir del patio trasero y conducir su escasa reata por el camino que bordeaba el interior de la muralla, el viejo y el niño llegaron por fin a la puerta Sur de la ciudadela. Había bastante gente. La guardia estaba inspeccionando y registrando a todos los que salían. Sirvientes, soldados y cortesanos eran cuidadosamente revisados. Regnus supo que Su disfraz no iba a servirle de mucho; todos los soldados conocían bien su cara y la de Konstantin. Los descubrirían a pesar del hollín y los harapos.

La fila continuaba avanzando lentamente, sin remedio. Pronto llegarían a la puerta. Su corta huida iba a terminar bajo aquel arco de piedra. Regnus vio entonces como salían de la torre del homenaje Markus y tres soldados caminando deprisa en dirección a ellos.

Cuando ya sólo quedaban tres o cuatro personas por delante, se plantó ante ellos el carbonero que se había prestado a venderles su ropa y sus burros. Y su silencio. Al ver su cara enojada Regnus temió una traición. Solo tenía que delatarles allí para sacarse unas cuantas monedas más.

El hombre empezó a gritarles y a hacer aspavientos.

-¡Ah, aquí estáis! ¡Te lo voy a decir por última vez! ¡Yo soy el único que trae carbón a palacio! ¿Lo entiendes? ¡No quiero volver a veros por aquí! ¡Os conozco muy bien a los dos!

Los soldados empezaron a prestarles atención. Uno de ellos se acercó para tratar de poner orden.

-¡Marchaos de aquí, cerdos asquerosos! -prosiguió el carbonero aún con más furia – ¡Malditos amigos de los Ramkars! ¡ Y tú no vuelvas a poner tus sucios pies en este lugar, ni vuelvas a traer a este niño leproso o vas a hacer que a todos se nos caiga la piel a tiras! – Y al decir esto señaló las extrañas marcas que había dibujado Zaza en la piel de sus piernas y sus brazos.

Rápidamente se formo un cerco a su alrededor. El soldado se quedó mirándolos con pavor. Conocía bien la lepra, una muerte en vida. Y como a tal la temía.

-¡Tú, viejo! -ordenó- ¡Saca de aquí a este mocoso de mierda ahora mismo! ¡Abrid paso! ¡No os acerquéis a este par de leprosos!

Ragnus cruzó raudo la puerta dando gracias a los dioses por la astucia de Zaza. Ganó las calles estrechas de la villa a paso ligero, llevando de la brida a los burros y casi arrastrando tambien al pequeño. Tenía que mezclarse con el incesante ir y venir de la gente. Tenía que salir rápidamente de allí, al menos antes de que Friedrick lanzara en su busca a todos sus hombres.

Después de recorrer las empinadas calles del mercado bajo la muralla exterior buscó refugió en un callejón oscuro para descansar. En pocos minutos pudo ver pasar a varios grupos de soldados a caballo. Uno de los jinetes se detuvo un poco más adelante, desplegó un pergamino y empezó a leerlo en voz alta. Proclamaba que el rey había sido asesinado por unos espías Berjsen. Habían raptado al pequeño principe con la complicidad de su tutor, el maestro Ragnus. El regente Friedrick había asumido el poder y prometía venganza para los asesinos. El regente conminaba al pueblo a buscarlos y ofrecía una fabulosa recompensa de doscientas monedas de oro por la captura de los secuestradores.

Ahora les buscarían por todo el reino; enviarían patrullas por todos los caminos y ciudades. No tendrían a donde ir.

Konstantin le miró con ojos tristes y abrió su boca por primera vez desde que lo sorprendiera tras el tapiz.

-Maestro, si padre ha muerto, entonces ahora yo soy el rey.

-Si, hijo mío, ahora eres mi rey.

-¿Entonces puedo darte órdenes?

-Realmente no. Todavía no te he prestado juramento, pero sí, dadas las circunstancias, puedes hacerlo.

-Madre era Ramkar. Quiero ir con ellos.

En su más profunda desesperación Regnus encontró la luz en las palabras del niño. Cuando los amigos se volvían contra uno tal vez era el tiempo de acudir a los enemigos. Irían con los Ramkar.

El sol se ocultó bajo el horizonte.

Los soldados velaban en la ciudadela el cuerpo sin vida del Rey, presididos por la fingida tristeza de los traidores. Abajo, en la villa, grupos de jinetes recorrían las calles sin descanso buscando en cada casa y cada rincón a un viejo y un niño. Mensajeros a caballo partían en todas direcciones difundiendo las proclamas del regente por todo el reino.

Y las sombras de la noche dieron amparo a una silueta encorvada que dejó atrás las últimas casas. Llevaba tras de sí a un par de burros y tomó un camino polvoriento, mientras una pequeña sombra furtiva se reunía con él algunos pasos más adelante, lejos ya de los ojos de las almenas.

 

¿Quieres leer más?

Sigue este enlace para acceder al indice completo de entradas publicadas y a contenidos adicionales de esta historia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s