3. Detrás de un tapiz.

Ante la mirada divertida de los guardias Regnus arrastraba sus pasos buscando al pequeño príncipe por el recinto interior. Konstantin se había vuelto a fugar del estudio aprovechando uno de los despistes del viejo maestro. Este había mirado ya en el patio de armas, por si estaba allí contemplando las prácticas de los soldados, también en las cocinas, donde iba a procurarse alguna golosina, y en todos los rincones donde solía ocultarse.

Llevaba toda una vida entre aquellos muros y creía conocer algo de la ciencia cabalística aplicada al diseño de la ciudadela por sus constructores. Decían que la fortaleza era como una mujer: se la podía conocer, pero era mucho más complicado comprenderla. Konstantin parecía haber nacido con ese conocimiento, tal era su habilidad para recorrer los múltiples pasajes, entresijos y estancias de aquel calculado recinto.

El maestro iba ya a recurrir a la guardia de palacio para encontrarle, al precio de una regia reprimenda, cuando recordó que le había dado por esconderse en el salón del trono a espiar las sesiones de su padre, el rey Edvard. Tomó un largo y oscuro pasaje, ideado como vía de fuga de la sala del trono, y le halló justo al final, agazapado detrás de un tapiz.

Se acercó a él por detrás con sigilo para taparle la boca con su mano. Entonces pudo ver su rostro lívido y el pánico dibujado en sus ojos. El merecido susto en realidad no había sido para tanto. Regnus oyó voces rudas en la sala y, para saciar su inquietud, se asomó con cuidado por el borde del tapiz.

Frente al rey pudo ver a Friedrick, su hermano menor, acompañado por sus dos hijos, Markus y Graenör. Junto a ellos estaban también el capitán de la guardia de palacio y algunos de sus soldados. Observó con extrañeza que dos de ellos estaban atados y amordazados, como si en realidad fueran prisioneros. Entonces percibió un extraño movimiento.

A una señal convenida algunos de los soldados rodearon al monarca, le sujetaron y le amordazaron para ahogar sus gritos. Friedrick se dirigió a él.

-Edvard, aquí termina tu reinado y tu estirpe. Prepara tu alma. Vas a reunirte con tu putita Ramkar.

El rey trató de revolverse enfurecido, retenido a duras penas por sus captores. Su hermano se acercó entonces a uno de los dos prisioneros, cogió la espada de su cinto, la sopesó unos instantes y con un movimiento decidido la enterró sin piedad en el estómago del rey, allí donde el acero mata con más dolor.

Regnus ahogó un gemido. Horrorizado por la escena que acababa de contemplar, trató de dominarse y aferró firmemente entre sus brazos a Konstantin. Si gritaba o se ponía a llorar los podía delatar a ambos. El rey había muerto. Ya no podía hacer nada, salvo proteger sus propias vidas.

-Caballeros, acaban de ver como el rey Edvard ha sido asesinado por estos dos bastardos espías de los Berjsen. Se han infiltrado en la ciudadela vestidos como nuestros soldados para burlar la guardia y cometer el crimen. Ahora esa espada les delata. Graenör, hijo, te corresponde el honor de hacer que paguen cara esta felonía.

El menor de sus hijos se acercó a los dos soldados atados y les asestó sendas estocadas mortales de necesidad. No tuvieron la más mínima oportunidad de hablar o defenderse.

-Ahora hemos de completar nuestro plan -dijo Friedrick-. Markus, lleva contigo a unos cuantos soldados y tráenos aquí al pequeño bastardo. Procura que nadie te vea. Graenör, nuestros vasallos han de ver en tí al héroe que ha combatido con esos asesinos para hacer justicia a su rey. Pero los héroes nunca resultan indemnes. Tendrás que ofercerles algunas heridas.

-Pero, padre, todos saben que soy un gran luchador, yo no creo que eso sea necesario….

-Yo diré lo que es necesario. Capitán, tenemos que hacer que Graenör parezca que ha combatido con estos caballeros. Usa tu espada con destreza.

El oficial miró temeroso al padre y al hijo por unos instantes. Pronto cedió ante la autoridad de primero. Desenvainó y, aunque Graenör trató torpemente de esquivarle, esperó a que se calmase y le produjo algunos rasguños en la cadera y el hombro.

Sin mediar palabra Friedrick tomo su espada y le atravesó desde atrás.

-¡Padre! Pero… ¿Por qué le has matado? ¡Es de los nuestros!

-Hijo, ahora has de ser consciente de tu posición. Ese hombre acaba de derramar sangre real y por tanto tenía que morir. Pero hay más razones. ¡Piensa un poco por una vez! Si queremos hacer creer que aquí ha habido realmente una lucha, conviene que haya habido alguna baja en nuestro bando.

Todos los presentes quedaron en silencio. Empezaban a tomar consciencia del verdadero cariz de la traición que habían cometido y del nuevo rey al que tendrían que prestar juramento. Friedrick volvió a hablar.

-Ya solo nos resta deshacernos del pequeño bastardo antes de dar la voz de alarma. ¡Pronto! ¡Vamos todos a buscarle! Tú y tú quedaos de guardia en la puerta y que no entre nadie en la sala del trono. ¡Nadie! ¿Habéis entendido? ¡Os va la vida en ello!

Cuando se cerró la puerta y el salón se quedó vacío Regnus se atrevió a salir del escondite. Se aproximó con cautela infinita al rey, su señor, que yacía sin vida en el suelo. Konstantin, tras él, corrió a echarse sobre su pecho.

El maestro comprobó las marcas en el puño y la guarda de la espada que tenía clavada en el vientre. Era el sello de los Berjsen, la misma marca que tenían los dos soldados muertos tatuada en el pecho. Nadie tendría dudas sobre la autoria del regicidio. Era un plan diábolico. Si conseguían matar al príncipe, Friedrick, siguiente en la línea de sucesión, se haría con el trono. Y tras dos décadas de paz, su primera orden como rey sería declarar la guerra a los Berjsen.

Pero no todo estaba perdido. Tenía que proteger al pequeño a toda costa, sacarlo de allí y esconderle de la vista de todos. Mientras viviera el niño Friedrick solo podría ser regente. Eso limitaría su poder y pondría en riesgo sus ambiciones. Así que su afán no podría ser otro que librarse de Konstantin para poder instaurar su propia dinastía. Pondría todos sus medios en ello. Les buscarían por todo el reino.

Tenían que huir, ocultarse, salir del reino, pero, entonces… ¿qué sería de Konstantin en el exilio? ¿Que pasaría cuando creciera y ya nadie pudiera reconocerle? ¿Cómo podría reclamar entonces el reino que le pertenecía por derecho?

No había tiempo. Los traidores podían volver en cualquier momento.

Tenía que salir de allí a toda prisa. Pero antes tuvo una idea: Le quitó al rey su anillo con el sello de la casa Hardman y se lo guardó entre sus ropas. Entonces le habló a Konstantin.

-Hijo, nos estan buscando. Quieren matarte como han hecho con tu padre. Tenemos que salir de aquí.

El niño estaba paralizado.

¿Has entendido, hijo? ¡Tenemos que salir de aquí sin que nos vean! ¡Vamos, por el pasadizo, sin perder un instante!

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7 thoughts on “3. Detrás de un tapiz.

  1. Leído y deleitado, pese a ello, he aquí un par de observaciones, para que las tengas en cuenta de aquí por delamte:
    “-Ahora hemos de completar nuestro plan -dijo Friedrick-. Markus, túcoge a unos cuantos soldados y tráenos aquí al pequeño bastardo. Procura que nadie te vea. Grundel, nuestros vasallos verán en *tí al héroe que ha combatido con esos asesinos para hacer justicia a tu rey. Pero los héroes nunca resultan indemnes. Tendrás que mostrarles algunas heridas”. Entiendo que el error se debe a que le has querido dar énfasis, algo que puedes hacer de igual modo al escibir “ti” en cursiva, tal y como está contemplado en el apartado dos de la segunda página en el siguiente enlace: http://www.fundeu.es/wp-content/uploads/2013/05/CursivasGuiaFundeu.pdf

    Por otro lado, en el párrafo 15 cometes un error que tal vez se deba a que tienes programado el procesador de texto y por ello no seas consciente. “-¡Padre! Pero *¿Por qué le has matado? ¡Es de los nuestros!”. Mejor así: “-¡Padre! Pero ¿por qué le has matado? ¡Es de los nuestros!”.

    Saludos cordiales

    Le gusta a 1 persona

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