Propósitos de enmienda.

Estaba tan absorta pensando en el sermón que casi ni oyó al padre Juan decir “podéis ir en paz”. El arrepentimiento es estéril cuando no hay propósito de enmienda. De nada sirve si una no se corrige. Ahora sus culpas pesaban como una losa. Pequeñas faltas, leves desconsideraciones y egoísmos absurdos que habían aflorado en su mente mientras su cuerpo estaba de rodillas. Perdida en estos pensamientos se dejó llevar por la corriente de personas que ya se levantaban de los bancos de madera.

Esquivó como pudo a los que se habían parado a mirar el tablón de anuncios: que si una peregrinación a tierra santa, que si colabora, que si ayuda… y el enésimo cartel recaudando fondos para no-se-qué damnificados por una catástrofe más. Más de lo mismo. No quiso distraerse. Tenía cosas importantes en qué pensar. Culpa. Enmienda. Arrepentimiento. Tratar de ser mejor persona, pensar un poco más en su familia, cuidar de los demás.

Tan abstraída se hallaba que casi se da de bruces con la vecina con la que ahora no se hablaba. Bajó la cabeza, justo a tiempo, y se encaminó muy dispuesta hacía a la salida. Enmienda, sí, pero ¿Cómo? ¡Hacía falta tanta paciencia para aguantar a su marido! Siempre protestando, siempre discutiendo. ¿Acaso tenía que dar siempre su brazo a torcer…? ¡Dios mío, dame fuerzas!

Su emoción era tan profunda que por poco no tropieza con un inmigrante que extendía su cesta tratando de aprovechar la salida de los feligreses. Ni siquiera ese pequeño traspié logró sacarla de su conmovedora angustia. ¿Qué había hecho mal para que su hijo quisiera irse a vivir con su pareja? Había tratado de darles una buena educación, de llevarlos por el buen camino, y ahora le pagaban así… Tenía que reflexionar ¿Cómo podría convencerle? Decidió volver andando a casa y tener más tiempo para pensar.

La ciudad ignoró sus pasos como queriendo respetar el recogimiento de su alma atormentada. Mientras examinaba su conciencia por entre las calles del viejo barrio dejaron de existir los demás transeúntes. Desaparecieron los ignorados. Se escondieron los humildes. No se pudo ver a los que sufrían hambre ni a quienes buscaban un trabajo con desesperación. Se fueron los que pedían, los que padecían, los que tiraban de muletas o andaban gracias a unas ruedas. Los que esperaban la muerte en habitaciones sin familia. Los que no importaban.

El mundo dejó de existir para sus ojos, o tal vez nunca había existido, o quizás fue que ella nunca quiso que existiera, y así poder encerrarse en su pequeño y triste martirio de culpas, arrepentimientos y enmiendas.

Su conciencia la envolvió con un velo de pequeñas miserias para darle en qué pensar y mantenerla ocupada. Le suministró pecados y absoluciones. Le echó sal en sus pequeñas heridas, y después las lavó para poder abrir otras nuevas.

Y así paso otra semana, una más, de las suyas, de las de siempre, de las de unos cuantos minutos de arrepentimiento y el resto de propósitos de enmienda.

 

 

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3 thoughts on “Propósitos de enmienda.

  1. Tan interesante como acertado e ingenioso, pese a ello, no exento de estúpidos despistes. “… Enmienda, sí, pero *¿Cómo?…”. Mejor así: “… Enmienda, sí, pero ¿cómo?…”.

    ¡Feliz y productivo domingo!
    Saludos

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  2. Así somos, sumergidos en nuestro mundo, mirando sólo nuestro ombligo, haciendo oídos sordos y mirando sin ver lo que nos rodea.
    Piadosos de pacotilla, insolidarios, cobardes… también yo me escondo algunas veces en mis problemas hasta que algo o alguien me abre los ojos y miro más allá de mis narices.
    Muy bueno, Israel y muy acertado.
    Un abrazo

    Le gusta a 2 personas

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