Bruto en el Parnaso.

Era tan temprano que parecía que acabaran de poner las calles. La niebla me perseguía por las esquinas de la antigua judería, hoy día poco más que una sucesión de callejones con tiendas de souvenirs para atrapar a los turistas como si fueran ratones de laboratorio. La humedad en los gastados adoquines arruinaba cualquier esperanza de ser puntual; pronto me vi perdido entre la escasa  penumbra de las farolas que me hurtaba los nombres de las calles y los establecimientos. Tan perdido como mis propios pensamientos.

La entrevista de trabajo había sido aún más extraña que el mensaje que dejaron en mi blog para contactarme. Tras cuatro o cinco preguntas rutinarias la entrevistadora me propuso un extraño ejercicio: escribirle su biografía en quinientas palabras.

-¿Podría darme algún dato?

-Me estás viendo.

Se supone que los escritores somos buenos observadores. De algún modo le debió gustar aquel esbozo inventado a toda prisa, pues unos días más tarde me ofrecieron un puesto de trabajo del que solo llegué a saber dos cosas: la dirección que llevaba anotada en un papel y que iba a poder pagar el alquiler sin tener que volver a pedir prestado. 

Las demás respuestas estaban tras la vieja puerta de hierro que por suerte acababa de encontrar al final de un oscuro callejón, venciendo así los empeños del viejo barrio por protegerse de los intrusos.

Tardaron en abrirme. Los ojos de Aníbal salieron de la espesa madriguera de sus cejas y se alzaron sobre sus gafas de contable para escrutarme con una curiosidad infinita. Una de esas raras ocasiones que te hacen sentirte más alto.

-Tú debes ser el nuevo. ¿Gabriel…?

-Sáez, Gabriel Sáez.

-Perfecto. Encantado. Entra y sígueme.

Aquello era la jodida cocina de un jodido restaurante. No tuve tiempo siquiera de quedarme pasmado. Aníbal se movió como activado por un resorte y empezó a andar a toda prisa. Mientras trataba a duras penas de seguirle sorteando encimeras y armarios, esquivando a cocineros apresurados y pinches remolones, atravesando estrechos pasillos y despensas, intentaba retener algo del torrente de órdenes y explicaciones que vertía al pasar de forma incesante, de las que algunas tendrían que ser para mí, pero mi mente se negaba a reconocerlas, entregada como estaba a lamentarse por la equivocación que me había traído allí para trabajar fregando cacerolas o pelando patatas.

Al borde ya de mi desesperación Aníbal abrió una puerta de madera de la que se podían imaginar los cristales detrás del polvo y desembarcamos en una gran sala con lámparas colgantes en el techo, paredes de papel pintado, cuatro grandes mesas de madera cubiertas de papeles y gente hablando alrededor de ellas. Para mi consuelo, gente que no llevaba delantal.

-Este va a ser tu nuevo hogar. Déjame que te presente a tus compañeros.

Y se entregó sin más a ese esfuerzo inútil, porque el recién llegado siempre es incapaz de retener más que los tres o cuatro primeros nombres. Al resto los anoté mentalmente con esbozos como espabilada, escondido tras las gafas, curvas peligrosas, duque venido a menos, orgasmo chillón, polilla de librería y otras asociaciones de ideas similares que me permitieran más adelante ubicarme dentro de aquel extraño paisanaje.

 -Deberíamos tener un manual, un curso de adaptación o algo así, pero de momento nos apañamos bien enseñándonos unos a otros. Pronto irás conociendo a toda esta gente. De momento vas a estar unos días con Collete para que te enseñe el oficio. No es su nombre en realidad, pero tu llámala Collete. Yo tampoco me llamo Aníbal. ¡Amigo, aquí todos tenemos un nombre de guerra! Ve pensando en el tuyo, ¿eh? Ah, Collete, aquí traigo algo de carne fresca para nuestro menú; va a estar unos días pegado a tus faldas, ya sabes, hasta que sepa arreglárselas por sí solo. Cuida bien de nuestro amigo…

-Gab… Bruto. – Querian un apodo, y eso fue lo primero que me vino a la cabeza o ¿acaso era que me habían presentado a algún César?

-Pues… eso, Bruto.

-Encantada, Bruto. ¿Te han contado algo ya?

Aníbal se dejó arrastrar por su hiperactividad a otra parte y pude por fin tomar un poco de aire.

-Sí… Y no, la verdad. Por un momento llegué a pensar que me habían contratado de pinche o algo así.

-Ya, es norma de la casa: a Aníbal le encantan las sorpresas. Ven, siéntate aquí con nosotros, íbamos a empezar ya. Estos son Bardo, Diva y Fuentes. Bardo, ¿que tenemos hoy?

-Poca cosa: Un hombre de negocios que quiere una escenita con su mujer y el tipo con el que ella se está acostando, algo de catársis de segundo y un buen final a la italiana. No ha puesto muchas limitaciones.

-Bruto, ese hombre de negocios nos ha contratado para vivir esta escena,  seguramente porque no puede hacerlo en su vida real o tal vez porque necesita desahogarse y escupir un poco de mala baba. Aquí seleccionamos a los actores, les escribimos un guión y después dirigimos la obra utilizando monitores y unos micrófonos para comunicarnos con los auriculares que llevan ocultos los actores. El hombre come un buen menú mientras disfruta de unos minutos de gloria, nosotros cobramos y todos contentos.

-Entendido, entonces el cliente participa en la obra, pero  ¿cómo hacéis que se aprenda su papel?

-No tiene papel. Él actúa a su libre albedrío, es un elemento incontrolado en la obra. Por eso estamos aquí detrás durante toda la interpretación: A veces hay que improvisar, reinventar la trama, escribir diálogos al vuelo e incluso introducir algún actor para evitar conflictos y secuelas desagradables. ¿Eres rápido escribiendo?

-Bastante, la verdad.

-¿E inventando?

-Creo que sí.

-Tendrás que serlo. Bien, vamos a empezar con esto.

Invertimos un par de horas en desarrollar varias tramas para aquella extraña escena. Collete llevaba las riendas, era la escritora, encargada del desarrollo, y en la mesa estaban Bardo, que interpretaría al abogado, Diva, que haría el papel de la esposa infiel, y Fuentes, un mocetón bastante bien parecido que lógicamente sería el amante. Los actores intervenían en la creación de la obra desde el primer momento, pero era Collete quien perfilaba la trama, y les iba proporcionando diálogos para memorizar e indicaciones para las distintas variantes dramáticas.

Varias páginas después teníamos ya perfilado nuestro pequeño drama y los actores empezaron a ensayar. Collete y yo nos fuimos a desayunar con algunos de los otros escritores. 

Allí me explicaron la dinámica del asunto. Aquello no era realmente escribir para teatro, porque el cliente, o los clientes, también intervenían en la trama y sus reacciones eran imprevisibles. El guión tenía que estar abierto a posibilidades e incluso a reinventarse por completo sobre la marcha.

Seguimos trabajando algunas horas más en la historia, o mejor dicho en las varias historias posibles, y después ella aprovechó para enseñarme el restaurante antes de que empezaran a llegar los clientes. 

Desde la lujosa entrada principal se accedía a una pequeña barra donde se recibía a los clientes y se realizaban las reservas. Un par de largos pasillos enmoquetados daban acceso a una serie de reservados, pequeños comedores de lujosa decoración donde tenían lugar las distintas comedias, o tragedias, o lo que fuera que encargase el cliente. 

Todos estos reservados tenían nombres de grandes dramaturgos clásicos: Moliere, Sófocles, Ionesco… nuestro cliente de hoy almorzaría en la salita Pirandello, tal vez por aquello del final a la italiana. Collete me la mostró y aprovechó para indicarme la ubicación de las cámaras que utilizaríamos para observar el desarrollo de nuestra obra.

A eso de la una y media nos avisaron de que acababa de llegar nuestro hombre.

Y hasta aquí he llegado por hoy. Anoche tuve un extraño sueño que ha estado revoloteando todo el día por mi cabeza. Tenía que escribirlo, a ratos, durante el trabajo, tomando café e incluso he aparcado un rato en una gasolinera porque me venía una idea. Es incomodo escribir con el móvil, debería haber esperado y revisarlo antes de publicar pero siguiendo otro impulso lo he subido en bruto (Fran se debe estar frotando las manos). Al fin y al cabo, de Bruto va la cosa. ¿Qué os parece? ¿Promete? ¿Merece la pena continuarlo?

 

 

 

 

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11 comentarios en “Bruto en el Parnaso.

  1. La verdad es que no dejas de sorprenderme. Me ha gustado tanto que, a pesar de que haberlas haylas; esta vez, sin que sirva de precedente, me voy a abstener de mencionar las veces y las comas que te has dejado en el tintero. En cuanto a las preguntas, hacerte saber que, para mi gusto, sí merece la pena seguir con el relato.

    Saludos

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    1. Muchas gracias Fran, es un borrador y seguramente tenga que reescribirlo entero, con el ordenador por supuesto, así que espero dejarte muchas menos correcciones pendientes.
      La idea de fondo va muy con los gastro-algo tan de moda hoy en dia, de hecho estuve por ponerle un nombre de ese estilo al establecimiento, pero llegó la idea de ese monte Parnaso con Apolo y las musas correteando y no me pude resistir a colar a un Bruto en tan idílico paisaje…

      Le gusta a 1 persona

    1. Si, quiero hacer un par de capítulos más, y después revisarlo todo a fondo. Entonces será el momento de decidir.
      Vuestros consejos y opiniones son muy valiosos para mí, muchísimas gracias a ti y a todos!

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  2. Pues a mí me ha sorprendido por la originalidad de la trama: ¿escritos por encargo? ¿en un restaurante? ¿libre albedrío para el cliente? Creo que promete, me intriga saber que derroteros tomará tu mente…
    En cuanto escribir por impulso, a lo Bruto, me parece necesario cuando las ideas te surgen hasta el punto de no dejarte hacer nada más. Y si luego hay que corregir pues se corrige. Fran seguro que nos ayuda😉 encantado.
    Besacos!

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  3. Pues la verdad, te felicito. Me ha gustado. Y mira que es largo y me daba pereza leerlo 😅 pero he empezado para ver qué tal y me ha enganchado!! El principio, tengo que confesarte que no mata, demasiada frase hecha o expresiones un poco gastadas. Yo lo continuaría, pero divídelo en capítulos más cortos jeje

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