0, 3, 6, 12, 24, 48…

Hay quien piensa que ese inmenso círculo de rocas son los restos de un planeta que reventó.

Hay quien cree que son el rastro de migas que dejó la remota civilización alienígena que se supone que nos creó para así poder volver algún día y echarnos la bronca por ser tan malvados con el planeta donde ellos nos acomodaron, pero tardaron tanto que entre Marte y Júpiter esclavizaron esas pobres piedras con su gravedad y las condenaron a su órbita, y los pobres aliens ya no saben encontrar el camino para regresar. No, muy listos no serían: nosotros somos la mejor prueba de ello.

Hay otros que saben que los asteroides son lo poco que queda de un planeta frustrado, un planeta que nunca pudo ser porque Júpiter, poderoso y grave, lo impidió y de paso engulló parte de sus restos.

Y para la mayoría no son más que el escenario perfecto para un vídeo juego de naves espaciales, pobres ilusos, cuando los asteroides distan millones de kilómetros entre ellos y solo se choca uno con otro cada mil o diez mil años. Estos mismos son de los que creen más en los mapas que en lo que representan, cuando nunca son lo mismo, y a pesar de lo que vean en las películas el cinturón de asteroides no es más que una región del espacio.

Pero el caso es que, en contra de lo que muchos imaginan, el cinturón de asteroides no lo descubrió un astrónomo, sino un matemático.

Johann Daniel Titius descubrió que existía una relación matemática entre las distancias de los planetas al sol que se correspondía con la progresión que he dado por título a esta entrada: si a cada uno de esos números le sumamos 4 y los dividimos por 10, obtenemos la distancia de ese planeta al sol en UAs (Unidades Astronómicas = distancia media de la tierra al sol).

Según esa relación, Tituis halló que debería existir un planeta a 2.8 UAs del sol, y no era así. Tenía la Tierra a 1UA, Marte a 1.6 UAs, Jupiter a 5.2 UAs…  pero ¡nada a 2.8 UAs!

Como suele ocurrir en estos casos, Titius y sus números fueron ignorados, cayeron en el olvido, y después vinieron otros y encontraron los primeros asteroides, que por cierto confundieron con planetas, y llego otro señor que redescubrió los números de Titius y… en fin, ya sabemos lo que dicta la condición humana a la hora de acaparar méritos, ponerle nombres a los descubrimientos y colocarse medallas.

Tarde, demasiado tarde, le dieron el nombre de Titius a un cráter en la Luna y a un pequeño asteroide.

Por mi parte, le he nombrado a él varias veces en este texto y he ignorado olímpicamente los nombres de los demás. Por compensar, más que nada.

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