Crónicas del limbo.

Hola a todos.

Hoy, dia de Todos los Santos, me parece un día muy a propósito para recuperar esta historia y publicarla en el blog: Trata sobre el limbo, ese espacio indefinido entre el cielo y el infierno donde reposan las almas cándidas en espera de destino. O al menos así lo imaginé yo, como una sala de espera donde los no-vivos esperan eternamente un destino que nunca llega. 

Se trata en realidad de una serie de ejercicios encadenados que fuí publicando en facebook cuando pensaba que aquel medio servía para algo, hasta que me dí cuenta de que allí mas de tres frases seguidas podían causar vértigo y desmayo, resultando el autor mutilado en visitas y cada vez más pobre en amistades.

Aquellos primeros ejercicios los pasé posteriormente a un blog cuyo nombre debería habser sido “sin pena ni gloria”, y los fui continuando cada vez con menos aceptación pero con más provecho para mi, pues cada nueva entrega era una práctica en la que intentaba estilos distintos, inventaba el argumento sobre la marcha y trataba de ser coherente con lo ya escrito sin renunciar a incorporar nuevas ideas y situaciones. Sin éxito, que todo hay que decirlo.

Cuando uno quiere ejercitarse recurre a aquello donde se encuentra más cómodo  y se despoja de otra pretensión que la de activar algunos músculos concretos. En mi caso, mi habitat natural es el humor, lo ha sido toda mi vida, y los músculos a desarrollar eran (y son) escribir con mayor fluidez, ampliar vocabulario y recursos y la siempre inteligente estrategia de tirar lineas a ver que pasa.

Lo que viene a continuación es extenso, de momento voy a recuperar el primer capitulo pero hay dos más. Creo que es ligero para leer, pero se puede hacer pesado y redundante. Lo siento, son sólo ejercicios. Aún así, y consciente de que esta historia no sirve para otra cosa, me atrevo a compartirlos, y cumplo con mi conciencia al avisar de que lo que os viene encima ahora no es bueno ni malo, sino peor.

Pretende ser humor, no humor de carcajada sino mera escritura entretenida y simpática. No hay más. Alguna vez pensé en remozarlo y reconvertirlo en obra para teatro, pero tendría que obligarme a reescribirlo entero y no creo que merezca la pena, cuando el cuerpo me pide darle salida a ideas nuevas. Por ejemplo con el profesor Nippú, que viene a ser lo mismo: ejercicios. He creado un personaje que se va perfilando poco a poco en cada nueva entrada, y le he dado una estructura muy sencilla y repetitiva a los textos para concentrar el esfuerzo en encajar ideas absurdas y todo tipo de contradicciones en un tipo presuntuoso a la vez que cándido, rácano hasta la médula, mercantilista como contraposición a todo lo que se espera de un sabio oriental y soberanamente idiota pese a su proverbial abundancia de sabiduria. Un autentico fraude, con el que de paso critico veladamente todos los fraudes que me llegan al ordenador cada dia: spam, iniciativas sospechosas, productos milagrosos, mensajes que si no se reenvian te pueden costar la vida eterna, promesas imposibles y demás basura que como bien sabréis parasita las redes por doquier.

Volviendo al limbo, donde por cierto ya me había situado en el párrafo anterior, si esta presentación ya es un peñazo, os podéis imaginar lo que viene ahora. No obstante, el texto esconde alguna risa, y espero que tengáis la habilidad de encontrarla y, si es posible, disfrutarla.

Ando como siempre hambriento de critica. No os cortéis un pelo porque los ejercicios son precisamente para eso: para corregirlos. Solo entonces se aprende de verdad.

Con vosotros…


 

Crónicas del Limbo.

Hay una luz al final del túnel, o eso pensó Pepe cuando vio que al final de aquel largo conducto lóbrego y oscuro había realmente algo de claridad, más allá de toda esperanza.

No se trataba de esa luz que forma parte del recuerdo ancestral que albergamos todos los humanos, una luz al final de un túnel que poco a poco se va haciendo más y mas grande, fuerte y luminosa hasta que nos vemos atraídos irremisiblemente hacia ella, y es entonces cuando la claridad nos envuelve, nos encandila y nos sume en un estado de perplejidad y aturdimiento del que nos saca de repente ese bendito cachete terapéutico aplicado con oficio por la comadrona, que hace que estrenemos nuestros pulmones llorando; lloramos por el propio cachete, lloramos porque vemos venir que no va a ser el último que nos den, y tal vez también porque ya empezamos a echar de menos aquel tranquilo, seguro y acogedor spa amniótico donde hasta las patadas que daba uno para sacudirse el estrés fetal eran recibidas con cariño por la propietaria de las instalaciones.

Pero no, aquello no era un útero sino un túnel, lo que reconoció más allá de toda duda pese a que nunca había visto un útero por dentro, pero túneles a cientos, y lo que había allí al fondo era indudablemente una luz. Como Pepe no tenia mucha costumbre de estar muerto, ante la duda decidió que lo mejor que podía hacer era hacer lo que se suponía que tenía que hacer, y así lo hizo, dirigiéndose tambaleante y desconcertado a esa luz que le atraía, como si se tratara de un mosquito… después de picarle a un borracho.

Aquella luz no era, por decirlo de alguna forma, bíblica, pero tampoco era natural. Venia del techo, de las paredes, venia de todas partes de aquel recinto que le recordaba, ahora se daba cuenta, a una sala de espera. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a aquella claridad majestuosa y empezó a reconocer formas cada vez más nítidas: paredes, muebles, sillas, figuras, siluetas… Si, indudablemente aquello era una sala, y en aquella sala había más gente.

2.

-Ha llegado otro – gritó alguien desde el fondo.

-Hoy no paran – se oyó – ¡vaya mañanita que llevamos!

Pepe tomó entonces consciencia de si mismo; salió de su aturdimiento y empezó a recordar que hace poco estaba cayendo desde un piso once, que veía el suelo acercarse con rapidez, que tuvo la certeza absoluta de que iba a morir, que empezó a ver toda su vida pasar en imágenes, pero el suelo se acercaba deprisa, tan deprisa que tuvo que empezar a suprimir contenidos mas o menos desde la primera comunión hasta su primer encuentro sexual, para concentrarse así en lo realmente importante, y de repente, cuando ya iba a tocar el suelo (y ni siquiera le había dado tiempo de llegar a las imágenes del viaje a Estambul) llegaron de repente la oscuridad y el silencio; después vino el túnel, la luz, y ahora aquello…

¿Estaba vivo o muerto? De hecho, ¿Dónde estaba? Pero el caso es que estaba, y si estaba significaba que era (vaya, ni Descartes), o sea que no tenia mas remedio que estar vi…

-A ver, usted, el nuevo. Antes de que empiece a preguntar gilipolleces, hágame el favor de leerse el decálogo.

Pepe se volvió hacía el cartel que le señalaba insistentemente aquel tipo con bata blanca, y leyó lentamente:

VAYA. ESTA USTED MUERTO… ¿Y AHORA QUE?

 

  1. Esta usted en el centro de recepción de muertos. Si, usted esta aquí porque esta muerto, y no debe preocuparse por ello: nosotros nos ocuparemos de todo.
  2. Si es usted abogado váyase al infierno, en sentido literal. En caso contrario puede seguir leyendo.
  3. No empiece a filosofar todavía. Mas adelante tendrá toda una eternidad para eso. De momento, concéntrese únicamente en seguir nuestras instrucciones.
  4. Lo suyo ya no tiene arreglo. Esta usted muerto y punto. A pesar de todo eso que le contaron en vida sobre reencarnaciones y demás, aquí no hay segundas oportunidades. Haberlo pensado bien antes de morirse.
  5. Este es un punto sin retorno al que nunca volverá; a partir de aquí su destino es irreversible. Vigile sus pertenencias y no se deje nada olvidado: los objetos perdidos serán entregados al sindicato de ángeles para el rastrillo anual.
  6. Póngase cómodo y permanezca atento a las instrucciones. Cuando oiga su nombre diríjase a la puerta que se le indique. Olvide el viejo truco de esconderse en los aseos: aquí no hay aseos… ni usted tiene ya necesidad de utilizarlos.
  7. No se impaciente ni proteste si ve que tardamos en llamarle. Somos muy eficientes, pero además aquí no hay hojas de reclamaciones y usted ya no tiene prisa.
  8. Sea cual sea su destino a partir de este punto siempre puede llegar a ser peor. Recuerde esto cuando se le ordene hacer algo.
  9. Las decisiones aquí son tan firmes e irrevocables que no las cambia ni Dios.
  10. No se moleste en defenderse o hacer alegaciones en su favor: eso le convertiría automáticamente en abogado y sería de aplicación el punto 2 de este decálogo.

3.

El cartel no consiguió otra cosa que aumentar su estado de confusión. Tras leerlo detenidamente una y otra vez finalmente decidió que lo mejor, tal vez lo único que podía hacer era sentarse y esperar acontecimientos.

Vio un sitio libre en el centro de una de las últimas filas y se abrió paso como pudo entre los que ocupaban los otros asientos para poder llegar allí. Entre aquella gente había un poco de todo: desde un tipo con aspecto de ejecutivo hasta una joven más preocupada por sus uñas que por retirar las rodillas para dejarle paso libre. El detalle más curioso era que ninguno tenía aspecto de muerto: todos parecían tan perfectamente saludables como él, y al tener este pensamiento de pronto reparó en ello, tan saludables ¡Como él mismo!

¡Pero eso no podía ser! Se había caído desde un piso once. Vale que el ejecutivo seguramente hubiera palmado de un infarto repentino o que la chica quizás se hubiera tomado una tortilla de barbitúricos porque el guaperas del barrio la había dejado por otra, y claro, esas son muertes que le dejan a uno como si nada, pero él después de aquella horrible caída tenía que haberse estrellado contra la arqueta de la compañía telefónica, y sin embargo allí estaba, completo, perfecto y maqueado como si acabara de arreglarse para la cena de fin de año.

El vejete del asiento de al lado se le quedó mirando como si comprendiera las tribulaciones de pepe, y de pronto, le preguntó:

-¿Natural o accidente?

-¿Cómo dice? – respondió pepe.

-Digo que si ha muerto usted de muerte natural o ha sido un accidente.

-Esto… digamos que ha sido un accidente: Me tiré desde el piso once de un edificio en construcción.

-Ya. Supongo que las escaleras cansan lo suyo, pero me parece una forma de bajar un poco drástica, ¿no?

-Visto así, desde luego. Oiga, perdone, todo esto es muy extraño, pero hay una cosa que no entiendo: Después de la caída yo debería estar bastante, digamos, espachurrado.

-Ah, eso. Vaya, no quiero ni pensarlo, ha dicho once pisos, ¿no? ¡Menuda hamburguesa le habrá dejado usted a la funeraria, jejejeje! Pero aquí no hay problema, nos dejan con el último estado más o menos presentable que tuvimos en vida.

En ese momento terció en la conversación un tipo que estaba sentado en la fila de atrás, justo detrás del abuelo. Se trataba de un hombre maduro, gordo más que grueso, vestido con un chándal de colores chillones y zapatillas con forma de hipopótamo, de las de andar por casa.

– Al parecer antiguamente los muertos llegaban aquí tal y como estaban al palmarla. Imagínese, esto tendría que ser peor que una película de Tarantino: para cuatro que vinieran más o menos arregladitos de la funeraria, aparecería cada impresentable que seguro que no habría estómago que aguantara un turno completo, así que el sindicato de ángeles hizo una huelga para protestar por la casquería y al final consiguió del de arriba que al morir, antes de venir aquí, se nos diera la última apariencia razonablemente decente que tuvimos en vida.

– Pues no está mal pensado, la verdad.

– Ya, Usted ha tenido suerte en esto, pero ¡fíjese que pintas me han dejado a mi! ¿Usted cree que hay derecho a esto? Y ahora cuéntale a todo el mundo que tú eras comercial y que ibas todo el día de punta en blanco. Joder, con todo un armario lleno de trajes y me dejan así, como si viniera de tirar la basura.

– Bueno, se ve que algún cachondo de por aquí no debe haber entendido bien eso de “razonablemente decente”. Pero, si me permite que le pregunte, ha hablado usted de ángeles, así que supongo que tenemos que estar en el cielo o algo así, ¿no?

Los dos se quedaron mirándole fijamente y, casi como si se hubieran puesto de acuerdo, rompieron simultáneamente a reír.

-¿El cielo? Jejeje, vaya, que bueno… No, hombre, no. ¡Esto es el Limbo!

4.

-Mire –dijo el vejete- es usted un recién llegado, no tenga prisa que poco a poco se irá enterando de cómo funciona esto.

-¿Prisa? Pero… ¿Cuánto tiempo llevan ustedes aquí?

-Yo creo que llevo unos veinte años, si no he perdido la cuenta -dijo el gordo.

-Yo hice catorce el mes pasado, añadió el vejete. Por cierto, mi nombre es Luis.

-Yo soy Juan Mari, aunque creo que ya nos han presentado anteriormente…

-Si, creo que lo recuerdo. ¿No fue en el cumplemuertes de Maria Antúnez?

-Puede ser, aunque somos tantos que uno nunca sabe…

-Cierto, amigo, y cada vez somos mas. Como esto siga así no sé como vamos a caber aquí.

-Disculpen – intervino Pepe – ¿han dicho ustedes cumple… muertes? Por cierto, mi nombre es Pepe, encantado de conocerles.

-Pues si, hijo, cumplemuertes. Una vez muertos no tiene ningún sentido seguir cumpliendo años, así que aquí celebramos el aniversario del día en que la palmamos.

– Pero ¿Cómo es eso? ¿Es que se celebran cosas aquí? ¿Con tarta, velas y demás?

– ¡No hombre no! ¿Cómo vamos a comer o beber algo? ¿Es qué todavía no se ha dado cuenta? ¡Está usted muerto hombre! Eso no es su cuerpo, ¡es solo una ilusión! –dijo el abuelo, y después le susurró calladamente al del chandal- ¿Has notado que cada vez los mandan mas tontos?

-Hombre, comprende que de una caída de once pisos alguna secuela tenia que quedarle al pobre…

– Pero, espere, ¡si yo puedo tocarme! Brazo, pierna, cara… ¡Lo noto! ¿Cómo que esto es una ilusión?

– En fin, usted lo ha querido. –Dijo Juan Mari, y sin pensarlo un momento se puso de pie, armó el brazo con todas sus ganas y le soltó a Pepe tal bofetada que en otras circunstancias hubiera tumbado a una mula.

– ¿Qué, ha notado ahora algo?

– Pues no, joder, no. O sea, la he visto venir, y le juro que se ha salvado porque no me la esperaba, que esto me llega a pillar en buena forma y estaría usted ahora mismo colgando de aquella lámpara, pero lo cierto es que la mano ha llegado, me ha tocado la cara y yo no he sentido nada, absolutamente nada. Oiga, esto es de locos. ¿Como es posible? ¿Qué somos? ¿Fantasmas? ¿Zombies?

-Deja que se lo explique yo –dijo el abuelo-. A ver, ¿recuerdas eso que se decía siempre en los entierros, eso de que “no somos nada”?

-Hombre, claro.

-Pues llevaban razón, hijo, llevaban razón.

5.

Pepe no paraba de sorpresa en sorpresa, o mejor dicho de disgusto en disgusto. Tenía que asimilar aquello, y cuando antes mejor. Así que Ese no era en realidad Su cuerpo. Pensó que lo que sentía se trataría entonces de la misma sensación que tienen los vivos (si, los vivos, tenia que irse acostumbrando a llamarlos así) cuando le amputaban un miembro y por algún misterio las terminales nerviosas seguían enviando información, de forma que el pobre manco, o cojo seguía sintiendo el miembro perdido durante toda la vida. Tal vez por eso hay tan pocos eunucos.

Pues esto tenía que ser lo mismo, pero a lo bestia: a todos estos pobres les habían amputado el cuerpo. Pero, ¿y la mente? ¿Por qué pensaba? ¿Por qué sentía y estaba? ¿Por qué Existía? Mira Pepe -se dijo a si mismo- ¡Un mojón para Descartes!

Esto era una verdadera pesadilla, y lo peor de todo era que de nada serviría pellizcarse para salir de ella. Necesitaba calmarse y tener un poco de tiempo para asimilar la situación, así que decidió levantarse de la silla y darse una vuelta por la sala. Tal vez observando un poco el sitio y la gente que había tal vez conseguiría averiguar más cosas.

-Si me disculpan voy a darme una vuelta por aquí- dijo a modo de despedida-. Pero querría pedirles un favor: veo que aquí no hay muchos sitios libres y, ¿les importaría guardarme la silla?

-Tranquilo hijo –replico Luis con paciencia- que no te la va a quitar nadie porque esa es ya TU silla. Desde que la dejó el pobre Ernesto estábamos deseando de que llegara alguien y la ocupara.

-Ah, muy bien, espero estar a la altura pero ¿y si por casualidad me apeteciera sentarme en otro lado?

-¡Eso ni se te ocurra chaval! –exclamó mister mercadillo, el comercial responsable de grandes cuentas, indignado como si fueran ya las dos de la tarde y todavía le quedara por vender media furgoneta de melones- ¿Habráse visto? ¡Ándate con mucho ojo que aquí somos muy mirados para ciertas cosas!

-Si hijo –calmó las cosas la voz de la experiencia- Nos quedan muchos años aquí juntitos, viéndonos, hablando, rozándonos los unos a los otros, y yo que tú procuraría no andar fastidiando a nadie, porque sea quien sea tendrá toda una eternidad para devolvértela.

-Amigo Luis –dijo Juan Mari, resignado como si ya hubiera aparcado la furgoneta junto a los contenedores de basura- haces bien en avisarle, porque se ve que no tiene ni idea de la que se juega ¿No te acuerdas de la que se lió con aquel tipo que quiso acercar la silla un poco a la puerta?

-Ya te digo, media sala dejó de hablarle y la otra media, bueno, esa era mejor que no le hablara. Lo que no sé es como terminó todo, porque hace bastantes años ya que no le veo.

-Natural, porque al final acabó en el infierno.

-¿Y eso?

-Articulo dos. Se ve que los de la fila tres sector centro descubrieron que había hecho un par de cursos de derecho y claro…

-Pues si que -admitió Pepe o lo que quiera que fuera aquel cuerpo despistado- En fin, no se preocupen que me ha quedado bastante claro. A ver: El cuerpo de Pepe que no es cuerpo, ni siente, ni padece, la silla de Pepe que ya es de Pepe para los restos y, en fin, ¿hay alguna cosita más?

-Pues mira – replicó Juan Mari como si ahora estuviera hablando con el espabilado de su primo que si que había colocado todos sus malacatones-, a lo mejor si que te conviene ir dándote esa vueltecita, ¿eh?, y ten cuidado con lo que haces y lo que dices, porque tienes que ser consciente de que aquí en realidad solo tenemos una cosa.

-¿Aparte de la silla?

-No, la silla no es tuya, pero es TU silla para los restos –sentenció la perla del geriátrico-. Como te ha dicho aqui el amigo, cada uno de nosotros solo tenemos una única cosa.

-Vale… ¿el qué?

-Tiempo. Todo el tiempo del mundo.

6.

Media hora no es mucho cuando tienes todo el tiempo del mundo, pero el paseo de Pepe no daba para más. Luis, socarrón, lo recibió a su vuelta:

-Vaya, Pepe, ¡cuanto tiempo! Ya estamos de vuelta, ¿No? Y ¿Que tal? ¿Te vas haciendo con esto un poco?

-Psé, no hay mucho que ver, pero hay algunas cosas que me han extrañado bastante.

-Bueno, ya te iras acostumbrando pero dime, dime, ¿Qué te ha llamado más la atención?

-Pues, para empezar, que hay mucha gente, pero no hay niños. Ni uno solo.

-Eso es natural -respondió Juan Mari saliendo de su letargo-, a los niños los clasifican directamente y van todos directamente al cielo, sin tener que pasar por aquí.

-Lo mismo ocurre con los políticos –completó Luis.

-¿Que van al cielo? –preguntó Pepe extrañado.

-No, no, ¡Que no pasan por aquí! -contestó Juan Mari a gritos, provocando la risa de la concurrencia.

-Pero hay algo más–prosiguió Pepe-, he estado pensando en vosotros… lleváis catorce años sentados al lado uno de otro y ¿de verdad que no os conocíais?

-¿Y quien te dice a tí que llevamos catorce años juntos?, preguntó Luis.

-Hombre, lo he deducido: si las sillas son para toda la vida, y uno de vosotrs lleva aquí veinte años y el otro catorce, entonces lleváis catorce años juntos, fijo.

-Para empezar, aquí no hay nada que sea para toda la vida, ni las sillas, ni nada, por la sencilla razón de que no hay vida. Te recuerdo que estamos muertos. ¡Grábatelo!: Estamos Muertos. Fiambres. Difuntos. Y para terminar, este que esta aquí…

-Deja, deja, Juan, que se lo explico yo –intervino Luis antes de que Mister Chandal se pusiera en modo altavoz-. Hace unos días se quedó vacante el asiento este de aquí atrás, y se ve que nuestro común amigo había solicitado traslado hace unos cuantos años, porque se conoce que le había tocado al lado de un señor que resultó ser guardia civil, y aunque se presume que no se llevaban del todo mal, se entiende que se lo concedieron antes de que acabaran los dos en el infierno.

-Ah, comprendo –dijo Pepe sin mucho interés en profundizar en el asunto-. Pero, entonces, si haces algo mal aquí puedes terminar en el infierno ¿no?

-Si -apuntilló Luis-. Ten en cuenta que aquí estamos en observación, básicamente porque al palmarla no tenían claro qué hacer con nosotros. Pero tampoco es un examen, y por mucho que te portes bien aquí no tienes el cielo ganado. Ahora, eso si, si la cagas, ya puedes irte preparando para una buena barbacoa…

-Entonces, siguió Pepe intrigado, ¿Qué es lo que le pone fin a esto? Es decir, ¿A que esperan para mandarnos a un sitio u otro?

-Pues entre otras cosas a que aparezcan pruebas o testigos de aquello que hiciste mal en vida.

-¿Cómo?

-Si –dijo Juan Mari-, por ejemplo yo creo que me retienen porque se supone que me quedé con un reloj de mi primo. No, este no, otro, uno bueno, un rolex auténtico, cadena de oro, mecanismo automático, ¡una verdadera maravilla que no atrasaba ni un segundo al año! -y solo entonces, al percibir como a su alrededor varios pares de ojos se entrecerraban lentamente y algunos ceños se fruncían, rebajó gradualmente su tono de voz- …O al menos parecía bueno… aunque la verdad que solo lo ví un poco de lejos y… bueno, tampoco sabría decir con seguridad…

-Tranquilo –lo paró Luis antes de que siguiera metiéndose en el patatal al que iba de cabeza- pongamos que era un rolex auténtico. ¿Vale? Pues sigue…

-Pues sigo. En fin, que veinte años aquí dan tiempo para que uno examine la conciencia a fondo, y salvo esas cuatro tonterías que hemos hecho en vida todo el mundo, la única duda que me queda es lo del rolex este.

-¿Yyyy? –insistió Luis.

Pues que por eso me tienen aquí, porque mi primo me lo dió, y luego dijo que yo se lo había quitado, mal rayo lo parta, y ahí empezó a liarse todo, hasta que, en fin, el tiempo pasó y pasó, pero como la cosa nunca quedó clara, cuando la diñé y me trajeron aquí, pues… pues eso, que me toca esperar hasta que la palme mi primo, lo traigan aquí y se aclare el tema de una puñetera vez.

-Entonces –afirmo Pepe inocente- después de tantos años estarás deseando de que aparezca tu primo.

-Hombre pues…

-Quita, quita –dijo Luis- que eso implicaría desearle la muerte a alguien, y no sé si eso te puede llevar al infierno, que no lo sé, pero para ir al cielo seguro que no ayuda nada.

(Coño, pensó Juan, ¿a que va a ser por eso..?)

7.

-Pero lo que más me inquieta es saber quien manda aquí –dijo finalmente Pepe.

Y tenía su lógica: dentro de todo lo extraño de aquel lugar, quizás lo más sobrecogedor era enfrentarse con la respuesta definitiva a la duda que ha venido preocupando a la humanidad desde que aquel mono se cayó de un árbol y para que sus compañeros no se cachondearan de él dijo que se había bajado porque le daba la gana y se puso a caminar todo erguido porque se había escoñado la espalda y…, esto, perdonad que ya vuelvo con vosotros… …esa arraigada inquietud por la que se ha derramado tanta tinta y a veces tanta sangre: saber que hay detrás la muerte.

Llegados a este punto, y como quiera que el articulo tres desaconsejaba ponerse a filosofar, a Pepe, más que resolver la cuestión trascendental en sí, que sí, pero no, le interesaba conocer los mecanismos y la propia razón de ser de todo este tinglado por una mera cuestión de supervivencia: si metía la pata, como tenia por costumbre, le esperaba aquel futuro tan oscuro que pregonó Antonio Molina, trabajando en el carbón, o quien sabe si peor aún, trabajando DE carbón.

-Pues no está muy claro en realidad –respondió la experiencia de Luis-. Por una parte está el de arriba, como dicen estos, después está el sindicato de ángeles, que también manda lo suyo pero nunca aparecen por aquí, después están los interinos, que son todos esos que ves con su batita blanca pavoneándose y dando órdenes, y por último están los becarios, que son los que en realidad hacen que todo esto funcione.

Así que había toda una jerarquía por ahí detrás. Buena señal, pensó nuestro simpático fiambre, se ve que por lo menos le dedican recursos a esto. Pero no estaba muy conforme con la explicación, por lo que continuó indagando…

– ¿Has dicho interinos? Vaya, uno pensaba que aquí en el limbo todo era, no sé como decirlo, ¿inmutable? ¿eterno..?

-Los interinos solo son becarios que han promocionado – afirmó Juan Mari-. Unos cuantos siglos haciendo méritos y ¡zasca! A vivir la vida padre. Ahí los tienes, todo el día rascándose y dando ordenes.

-Rascándose ¿el que? Porque se supone que los ángeles no tienen sexo, ¿no?

-¿Ángeles? ¡Que va! ¿Como qué ángeles? Los interinos son muertos como tú y como yo.

-¡Ahi va! Yo pensaba que eran una especie de ángeles de segunda categoría, o que no se han ganado las alas o algo…

-No hijo –intervino ahora Luis- tú has visto muchas películas. Los ángeles están donde tiene que estar, o sea en el cielo. Esto es tierra de nadie y aquí no puede haber ni ángeles ni demonios. Otra cosa es que la titularidad del limbo en escritura sea del de arriba, que como construyó todo lo que existe en siete días y no había todavía nadie en condiciones de pagarle, se quedó con algunos locales como pago a cuenta.

-Vale, pero entonces los interinos…

-Pues lo que te ha dicho Juan Mari: Son muertos que han sabido buscarse la vida… vaya, que frase mas cachonda, ¿no?

-Si, Luis, lo has bordado –dijo Chandalman partido de risa.

-Pero yo sigo sin entenderlo.

-Veras hijo, si te portas bien, no das problemas, y resulta que además tienes alguna habilidad especial como ¿qué diría yo? llevar libros contables, hablar idiomas o por ejemplo si has trabajado en el cine en efectos especiales (eso lo valoran mucho para el mantenimiento del túnel), pues con el tiempo te pueden coger el Curriculum Mortis y si se produce una vacante, puedes llegar entrar de becario.

-Ah, y ¿pagan bien?

-No pagan, pero, ¿de que te serviría aquí el dinero?

-Entonces, trabajar para nada…

-Ya, pero ¿recuerdas aquello de que nadie es imprescindible? Pues es cierto, pero por lo que cuentan por aquí, no ha ido ni un solo interino al infierno desde hace mas de cuatro siglos…

 

 

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11 comentarios en “Crónicas del limbo.

    1. En vista de vuestras opiniones, tendré que pensarlo… es un estilo que no he tocado mucho (¡como si hubiera manoseado mucho los otros!) y en ese sentido sería un buen ejercicio. Pero habría que darle la estructura argumental que no tiene, y adaptarlo. Complicado…

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