Crónicas del limbo (2)

Capitulo 2. Admitido.

1.

Sentado y en silencio, Pepe encuentra finalmente un momento de tranquilidad para poder abstraerse de aquel entorno y reflexionar un poco sobre todo lo que le ha ocurrido en los últimos ¿minutos? ¿horas? ¿días?

Solo ahora se da cuenta de que ha perdido totalmente la noción del tiempo, y es precisamente al tener este pensamiento cuando descubre la razón: en todo el tiempo que lleva aquí no ha tenido la menor necesidad de dormir, comer, ir al baño o rascarse siquiera.

Es curioso como todos estos pequeños actos cotidianos marcan nuestra rutina de tal manera que, libres de ellos, el reloj interno se nos vuelve más inútil que un sindicalista prejubilado (que ni sabe ni puede hacer nada). Mirando a su alrededor Pepe comprueba que ninguno de los presentes en la sala está durmiendo, ni recuerda haber visto a nadie comer, beber, fumar o ir al baño. Y nadie tiene pinta de tener ganas de hacerlo. Nadie esta sucio. Nadie ha tosido o bostezado.

Simplemente están allí como troncos a la deriva en un río sin rápidos ni remansos, un río que se mueve pero siempre es el mismo, ajeno a cualquier cambio, tiempo o circunstancia. Vaya –pensó- si estuvieran en esta sala Heráclito y Parménides se habrían declarado pareja de hecho y todo.

Pero, entonces, ¿cómo medían el tiempo? ¿Por qué afirmaban algunos llevar años aquí? ¿Por qué oyó al principio “vaya mañanita…” si no hay manera humana de saber si es de dia o de noche? Aunque estaba cada vez más intrigado, decidió archivar todas estas preguntas porque ya había coqueteado bastante con el artículo tres, y si había algo que tenía claro era que por extraño que fuera este sitio, siempre sería mucho mejor que el infierno.

Dejó todas estas divagaciones para más adelante, consciente de que la respuesta seguramente le iba a costar tener que exponerse a que Luis le volviera a dejar de nuevo en evidencia, mientras le explicaba con cierta guasa que para medir el tiempo llevaban mentalmente la cuenta de sus propias pulsaciones o que en realidad todos llevaban un reloj de arena metido en el culo y él era el único que todavía no se había dado cuenta.

Pero había otra duda que le embargaba aún más… si allí estaban muertos y carecían de todo apetito y necesidad, ¿Qué alimentaba entonces todos aquellos cuerpos? ¿Qué energía los animaba? ¿Respiraban realmente o solo era una ilusión? Porque sus pulmones se hinchaban y deshinchaban, como siempre, guiados por ese mecanismo involuntario que impedía incluso que uno se suicidase negándose a respirar. Vaya, ¿y si probaba a intentarlo?

Pero claro, si ya estaba muerto, ¿como podría volver a suicidarse? Y si, contra toda lógica, consiguiera asfixiarse, ¿lo enviarían de cabeza al infierno por reincidente? Tras pensarlo un poco decidió que tenia poco que perder y, envalentonado, probó a aguantar la respiración, como cuando de pequeño competía a ver quien resistía más tiempo bajo el agua.

Los segundos fueron pasando lentamente.

Pepe apretaba la boca más y más y se tapaba la nariz con dos dedos mientras contaba sus pulsaciones.

El tiempo se arrastraba lentamente sin que notara nada, hasta que empezó a percibir una  sensación de ahogo que no sabía si era real o….

-El último que lo intentó terminó con la mandíbula rota –dijo Juan Mari bastante displicente.

Tras dar una enorme bocanada lo más disimuladamente que pudo, recuperando un poco de dignidad y algo de aire, Pepe consiguió reponerse y contestar.

-¿Es que se quedó inconsciente y se dió un golpe?

-No. Fue por la hostia que le metió un interino por andar haciendo el gilipollas.

-Vaya. Bueno, total, al fin y al cabo no le dolería mucho.

-Nada, je je, ni se enteró. Pero es jodido quedarte para toda la eternidad con la boca como un buzón lleno de folletos del Mercadona.

-¿Y eso?

-Hijo -saltó Luis, siempre al quite…-, aquí te dan un cuerpo nuevo, pero no cubren la garantía.

-Pues si que…

Y en ese preciso momento una voz amplificada se sobrepuso a la conversación anunciando gravemente:  “Jose Diaz Rico, acuda a sala tres”.

2.

-Vaya –exclamó Pepe- parece que me están llamando…

-Si, te toca pasar por admisión. Y ya estaban tardando, la verdad.

-Sala tres –murmuró Juan pensativo- eso significa que le ha tocado con Contreras.

-Pues si, últimamente anda siempre por la tres. Hijo mío, vete preparando.

-¿Preparando?

-Ya estás oyendo, Contreras te espera. Yo que tú me daba prisa, y andaba con mucho cuidado…

-¿Tan malo es?

-Peor. Pero no te hagas esperar, que aquí todo siempre puede ser peor.

Pepe se encaminó rápidamente a la puerta indicada, tocó suavemente con los nudillos y una voz lejana contestó “pase”.

-Muy buenas, me han llamado. Soy José Diaz Rico.

Ante Pepe se erguía la figura imponente de una mujer que solo podía definir como perfecta: alta, morena, con un traje negro ceñido que convertía sus curvas en esa forma ideal que tantos escultores quisieran extraer del interior de un bloque de mármol, y una cara que remataba a modo de exquisito capitel aquella formidable estructura, una cara que era la misma definición de la armonía, dotada con facciones simétricas y meticulosamente proporcionadas entre las que destacaba sobre todo una boca de labios carnosos y aterciopelados, labios que se abrieron para él, solo para él, diciendo con una voz inusitadamente grave que parecía proceder del seno más recóndito y profundo de aquella sílfide:

– Tú ERAS José Diaz Rico, pero ahora no eres, solo TE LLAMAS así.

-Pero supongo que…

-¡No supongas nada! –soltó su lengua como un látigo de siete colas- Tú limítate a contestar a lo que te pregunte, y punto. A ver que tenemos aquí…

Y se puso a hojear en silencio lo que parecía ser un expediente, formado por una carpeta de cartulina bastante gastada que contenía unos cuantos folios amarillentos, en cuya portada pudo observar varias líneas con nombres, todas tachadas sucesivamente excepto la última, donde estaba escrito el suyo. Pues si que aprovechan aquí el material -pensó.

-Diaz Rico. Casado. 43 años. Un montón de pecados veniales, poca cosa, la verdad. Según esto parece que tú no deberías estar aquí…

Y entonces Pepe sintió una conmoción, un rayo de esperanza que atravesó su alma para iluminar su sombrío futuro. Seguramente en vez del temible Contreras había tenido la suerte de dar con aquella criatura maravillosa que, además de increíblemente guapa, sería inteligentísima, porque de un solo vistazo había visto el error que le había conducido a aquel lugar horrible.

Era todo un golpe de suerte, esa misma suerte que siempre se le había negado, y al reconocerlo recuperó la ilusión de que aquella extraña situación se resolviera de un plumazo. En su imaginación ya se veía en bermudas flotando sobre una nube mientras cantaba canciones de Albano y Romina acompañado de un coro celestial de querubines, estado de gracia que casi le hizo levitar hasta que de repente aquella voz vino a ponerle de nuevo los pies en el suelo.

-Pero… espera… vamos a ver… ¿Cómo fue esa caída? ¿Te caíste o te tiraste?

-Pues… pues me caí, claro. Mire, estaba desesperado. Yo no sabía ni lo que hacía. Iba a tirarme, desde luego, pero llegado el momento no tuve valor. Vale, quería morir, pero no podía hacerlo, realmente no podía, y cuando ya iba a dejarlo y volverme a casa se me enredó el pié con la soga, tropecé y…  aquí estoy.

-¿La soga? ¿Qué soga?

-Pues la que llevaba por sí acaso, que uno es muy suyo para ciertas cosas, y pensando que podría haber gente por allí, y con la vergüenza que da eso de suicidarse, pues siempre podía colgarme por el hueco del ascensor para tener algo de intimidad. Pero al final dejé la soga donde no debía, allí justo en el borde. Sé que fué un gran error, pero claro, como estaba algo embotado por los barbitúricos no pude…

-Pero, ¿Qué barbitúricos?

-Bueno, eran el plan original, pero como siempre me ha costado tanto trabajo tragar las pastillas, cuando solo llevaba seis o siete tuve que dejarlo por imposible y entonces me fuí al edificio de enfrente. Ahora que me doy cuenta con la pistola hubiera acabado antes, pero el cabestro que me la vendió no me explico como se le quitaba el seguro.

-¿Y todavía dices que te caíste? ¿Niegas que fuera un suicidio?

-Pues si, lo único cierto es que me tropecé con la puñetera soga y me caí, precisamente cuando había decidido no suicidarme. Así que técnicamente eso no fue un suicidio.

-Técnicamente lo que fue es un puñetero desastre, la verdad. ¡Hay que ser torpe…! Pero tratándose de algo tan serio, la intención es lo que cuenta.

-¡Pero mi intención fue dejarlo! ¡Al final ví la luz! ¡No le miento! ¡Fué un accidente! ¡Yo quería vivir! ¡Quería vivir! -terminó entre sollozos…

-Eso es lo que dices ahora, pero ¿Puedes demostrarlo? Porque yo tengo ahí fuera a uno que dice que se tropezó y se cayó de una silla cuando casualmente se había atado el cuello a una viga porque le dolían las cervicales, hay otro que afirma que confundió un vaso de lejía con agua y después se tomó otros cuatro que, claro, según él tampoco supo distinguir por el sabor, luego está el japonés que cuenta que se había aficionado al equilibrismo y trataba de conseguir que su espada se mantuviera totalmente vertical cuando mira por donde se fue a caer justo encima, y, bueno, si te cuento lo del farmacéutico que tuvo la santa paciencia de tomarse todas las viagras que había en la farmacia una detrás de otra, y según él estaba viendo el fútbol, las tenía a mano y pensó que eran gominolas…

-Ese acabaría mal…

-Imagínate, la familia tuvo que comprar dos nichos.

-Pero yo no estoy mintiendo.

-¿Tienes pruebas? ¿Testigos?

-No.

-Pues ya te puedes ir acostumbrando a tu silla. Cierra al salir, por favor.

3.

Solo era otra visita más. Otra criatura confusa que se enfrentaba a su destino. Conocía perfectamente el caso por haber tratado ya con cientos, miles tal vez, y porque ella misma había pasado una vez por este mismo periplo: Primero la sorpresa, después la luz, inmediatamente el desconcierto y la confusión, más tarde el crudo baño de realidad al tener que admitir aquella amarga condena, y por último toda una eternidad para irse acostumbrando.

Solo era uno más entre miles, pero tuvo que reconocer que éste paisano en concreto le había dejado una sensación extraña. ¿Y si el tal Pepe era de verdad tan increíblemente torpe como para haberse matado por accidente cuando se disponía a suicidarse? Porque en ese caso el pobre tenía el cielo ganado, aunque solo fuera por la fatalidad que subyacía en toda aquella historia, triste a la par que esperpéntica.

Solo uno más, pensó cuando ya iba a archivar la recicladísma carpeta que resumía en cuatro míseros folios toda una vida, la de aquel desastre de persona. Pero algo en su interior hizo que en vez de enviarla directamente al olvido entre otros cientos, miles de historias similares, condenada a criar moho en un viejo armario metálico en el que entraban muchas carpetas pero raramente salía alguna, esta en concreto terminó acomodada dentro del cajón de su mesa. Tal vez porque no quería perderla de vista, o porque quería tenerla cerca, o puede que solo porque aquel color blanco roto (por no decir destrozado) hacía juego con las cortinas. No quería reconocer otra razón clara para ese trato tan especial, aunque puede que influyera algo el hecho de que a ella sí que se le daba bien tragar pastillas.

-Hombre, ¡ya estamos de vuelta! –dijo mercadilloman- ¿Qué? ¿Cómo ha ido la cosa?

-Pues por un lado bien, porque en vez del tipo ese que decíais me recibió una tía guapísima, con un cuerpo espectacular y una cara…. pero la verdad es que no entiendo como una criatura tan angelical puede tener tanta mala leche. Por abreviar, al principio he estado a punto de irme para el cielo, pero al final entre una cosa y otra me ha jodido de lo lindo la muy puñetera.

Luis y Juan se miraron el uno al otro y de repente empezaron a reírse a carcajada limpia, causando tal revuelo que los ocupantes de cuatro o cinco filas de asientos se volvieron a mirar qué pasaba. Luis, que fue el primero que pudo recuperar el resuello, le dijo de forma entrecortada.

-Y mira que te habíamos avisado… Chico, jajaja, bienvenido al Limbo: ¡acabas de conocer a Contreras!

Y entonces todas las personas que estaban mirando se unieron al jolgorio, partiéndose de risa como seguramente harían cada vez que la dichosa Contreras pisoteaba con sus tacones de aguja la moral de un recién llegado, dejándole la autoestima por los sótanos. Pepe comprendió que si estaban todos ellos allí era porque uno tras otro en su momento habían sucumbido a las artes sutiles de esta criatura diabólica, a esas trampas mil veces repetidas y que se resumían en la misma perversa estrategia: hacerles concebir esperanzas de una u otra manera para que acabaran confesando hasta el último pecado y… ¡zasca!

Así que decidió no enfadarse con ellos, a pesar del ridículo, a pesar de todas aquellas risas, del choteo y sobre todo a pesar de la guasa que tendría que soportar durante un tiempo, porque comprendió que todos ellos habían pasado exactamente por lo mismo y esto, en realidad, no era otra cosa que un rito de iniciación. Cuanto antes pasara esta prueba, antes encontraría su verdadero lugar en el limbo. Y le interesaba irlo haciendo, porque aquello iba para largo.

-Entiendo que habréis pasado todos por esto, más o menos. –pudo decir Pepe cuando bajaron un poco los decibelios de aquella inusitada algarabía.

-Claro, hombre –respondió uno.

-Pues ¿como no? Es su trabajo. –dijo una chica mas allá.

-Si esto en realidad no es el limbo, hijo, sino la asociación de damnificados de la Contreras, jajajaja… -dijo un abuelete al fondo.

-Entonces –se repuso de repente Pepe, iluminado por una idea perversa- seguro que también os habrá hecho el truco ese de quitarse la ropa y demás ¿no? ¡Menuda decepción! ¡Y yo que he llegado a pensar que quería algo conmigo!

En ese mismo momento se produjo un silencio de los de verdad, un silencio histórico, solemne, un silencio bíblico, como el silencio que rodeó a Moises cuando el lío aquel de las zarzas ardiendo y demás, y entonces no menos de quince caras cambiaron de color del rojo al verde instantáneamente, como si todos los semáforos del Paseo de la Castellana se hubieran puesto de acuerdo, y entonces pasaron unos matojos rodando, y después se oyó el cri-cri-cri de un grillo en voz en off, y solo pasados unos segundos que parecieron eternos se oyó debilmente la voz de uno de ellos que, rasgando el silencio, se atrevió a decir justo lo que aquellas quince cabezas antes rojas ahora verdes estaban pensando:

-¿Cómo? Que se ha quitado… ¿el qué?

Y no menos de treinta ojos miraron a Pepe tan fijamente como si se tratara del mismísimo Moisés bajando por la pendiente en bicicleta con unos clips en las pantorrillas para que no se le metiera la túnica entre los pedales y llevando en equilibrio sobre la nariz las tablas de la ley, hasta que Pepe, que había guardado esta bala en la recámara de su ingenio, disparó a quemarropa estas palabras:

-Pues eso, pero, venga, ¿qué os voy a contar a vosotros?, ¡si habréis pasado todos por lo mismo! Ahora comprendo que vayamos cayendo en la misma trampa uno detrás de otro, porque no creo que nadie que haya podido contemplar esa maravilla como yo sea capaz de negarle cualquier cosa. Vamos, es ahora y os prometo que yo daría lo que fuera por volver a entrar ahí dentro de nuevo.

Y no menos de quince mandíbulas cayeron desencajadas dejando como resultado no menos de quince bocas abiertas y quince caras de idiota totalmente paralizadas como si el mismísimo y ya mencionado Moisés en vez de traer las tablas estuviera en realidad repartiendo pizzas.

Como resultado, con esta salida tan ocurrente Pepe selló su certificado de pertenencia al Limbo, aprobó las oposiciones a chico del mes, se ganó un puesto fijo entre los populares de las filas de atrás (su hábitat natural por cierto), y conquistó definitivamente el respeto de la mitad de los presentes. Porque la otra mitad eran mujeres, claro, pero para eso ya se le iría ocurriendo algo, que tiempo iba a tener.

Pero además de esto Pepe ahora era absolutamente consciente de que iba a estar toda una eternidad en aquel entorno extraño, viciado y opresivo, llevando una existencia sin esperanza, sin solución y sin remedio, y si de algo entendía Pepe era precisamente de adaptarse a estas situaciones y de abrirse camino ante las dificultades.

Porque tenéis que saber que Pepe no era pragmático, no, sino lo siguiente: ¡Pepe era autónomo!

4.

Beltrán solo llevaba 12 años de becario pero tenía la sensación de que estaba bastante estancado profesionalmente. Cierto era que todavía no llevaba el tiempo suficiente como para aspirar a la tan deseada promoción a interino, pero reconocía con pesar que muchos becarios que llevaban menos tiempo que él estaban bastante mejor colocados de cara al ascenso.

Beltrán le había puesto bastante empeño en todo este tiempo consiguiendo una trayectoria impoluta, con un impresionante trabajo en I+D (Incordio y Denuncia) mandando al infierno a gran cantidad de gente y no solo por el articulo 2, llevando a cabo un excelente trabajo en su archivo de zona donde le tocaban siempre las tareas mas duras, como poner orden en el desastre organizativo que causaban guerras, terremotos o epidemias, y también haciendo más turnos que nadie en limpieza del túnel. Pero sobre todos estos logros habría que destacar su iniciativa de cambiar la luz al final del túnel por lamparas celestiales de bajo consumo, suponiendo un considerable ahorro para el departamento.

Y como suele ocurrir en estos casos, siempre había un becario trepa dispuesto a robarle su mérito y colgarse la medalla, lo que unido a un poco de desparpajo y a cierta dosis de jabón con el interino de guardia constituía la vía segura para el éxito en un sistema tan viciado. Esta había sido la norma durante casi todos los años que llevaba Beltrán en el puesto.

Hasta que hace dos años se incorporó al departamento su compañero Martínez, hoy por hoy el niño bonito de Contreras, quien ya se perfilaba de entre todos los becarios como el más seguro aspirante a subir en el escalafón pasando por encima de todas las antigüedades, méritos, valías, apadrinamientos y recomendaciones de sus propios compañeros.

Frente a todas las excelencias profesionales de Beltrán, Martínez solo podía exhibir una única virtud: la sutileza. Escaso bagaje para tan fulgurante éxito, pensaréis, y no os falta razón: lo que elevaba a Martínez muy por encima de la media no eran precisamente sus virtudes, sino más bien los defectos de los demás, defectos que él observaba, archivaba y utilizaba después con tal sutileza que podría destruirte ante tus propias narices sin que te dieras cuenta.

Beltrán era lógicamente su mayor fuente de recursos, pues le utilizaba, vapuleaba, engañaba o convencía sin ningún tipo de pudor ni escrúpulo, hasta el punto de que era el nombre de Martínez el que aparecía en el diploma de I+D otorgado por las delaciones de Beltrán, el que figuraba en la mención honorífica por el asunto de las luces de bajo consumo… y también era el nombre que estaba escrito en la portada del expediente que estaba buscando desesperadamente Beltrán a escondidas en ese mismo momento, tras violentar una puerta, dos armarios y la mayoria de sus propios principios.

Si a Beltrán le había costado muchísimo tiempo darse cuenta de las sutiles maniobras de Martínez,  después le había costado muy poco decidir lo que tenia que hacer con ese reptil: desenmascararle. Y para conseguirlo el único medio a su alcance era hacerse con su expediente, en el que seguramente podría descubrir algún dato revelador sobre la pasada vida de Martínez, algo tal vez demoledor que le permitiera incluso enviarle al infierno.

Por desgracia la muerte de Martínez databa de hacía no mas de ocho años, precisamente de una epoca realmente insulsa (a efectos organizativos, sin sobresaltos o tragedias), y que por tanto no había pasado bajo la escrutadora mirada de Beltrán. Tal vez por esa razón esta parte del archivo había caido en las manos de algún descuidado compañero y como resultado el desorden era la norma; Beltrán tuvo pues que sacar y mirar todos los expedientes uno por uno, revisándolos cuidadosamente durante horas y horas hasta que consiguió su propósito y se dibujó una sonrisa de triunfo en su rostro: ¡ya las tenía todas clasificadas por orden alfabético!

Y ahora solo le quedaba buscar por la M. Pero cuando por fin tenia ya en su mano el tan deseado expediente de Martínez, sintió de pronto una ligera presión en su hombro, se giró y pudo ver una mano perfecta que estaba pegada a un brazo perfecto que a su vez formaba parte de un cuerpo perfecto sobre el que estaba la cara perfecta de Contreras.

5.

 

Desde su degradación Beltrán se había convertido en una presencia oscura y callada en un perdido rincón de la sala de espera. Raramente se relacionaba con nadie, y mucho menos con sus antiguos compañeros. Era un verdadero paria en aquel vertedero de almas desahuciadas.

El estigma de la degradación impedía cualquier conato de integración con sus semejantes: ni los muertos de a pie tenían ninguna gana de relacionarse con quien había dedicado años a amargarles la existencia, ni el staff quería saber nada de alguien que había sido expulsado sin contemplaciones del departamento.

Pero eso no era lo mas importante: Beltrán estaba hundido por el peso de la culpa. No por cometer el error de haberlo intentado, sino por haber cometido la torpeza de dejarse pillar. Su estado actual solo era una más de las desgracias que le había causado Martinez, y esto solo había fortalecido su propósito de hundirle en la más profunda de las miserias, y con él a todo este sistema corrupto, viciado y basado en la injusticia, el ansia de poder y la depravación.

Esto solo aumentaba su frustración pues ahora, fuera del departamento, carecía de medio alguno para atacar el sistema desde dentro. Consciente de lo inútil de sus empeños, pensaba sin descanso en hallar una forma de cambiar todo aquello y procurarles un trato más digno a todos esos mismos muertos que le ignoraban y aborrecían a todo su alrededor.

Tal vez por eso, por la costumbre de años siendo ignorado por todos y por la falta de costumbre de hablar con nadie, Beltrán fue incapaz de contestar con poco mas que un gruñido cuando un desconocido le pregunto si le ocurría algo.

-¿Seguro que se encuentra bien? – insistió Pepe.

-Si. Bien. Como siempre.

-Ah, disculpe. Me había preocupado al verle tan…. inmóvil.

-Pues no. No me he vuelto a morir, aunque ojalá pudiera…. No, no me haga caso, estoy bien. Gracias. – respondió finalmente Beltrán, cortando la conversación  y retornando a su estado habitual de ensimismamiento nivel oso pardo hibernando.

Poco después Pepe comentó aquel breve encuentro con sus vecinos de silla, una pequeña comunidad que había ido creciendo poco a poco a su alrededor desde el asunto Contreras. Esa pequeña tertulia le estaba ayudando a conocer más del sitio, de la gente y de su experiencia, tanto en el propio limbo como anteriormente en el menos allá, como llamaban algunos al mundo de los vivos. Con ellos comentaba sus cada vez más frecuentes paseos, sus encuentros y las historias de los otros muertos, muchas para morirse de risa, otras de aburrimiento, algunas, de pena.

-No te acerques mucho a ese, es un mal tipo -le exhortó Juan Mari.

-Era becario pero lo echaron de mala manera. Se ve que tuvo que hacer algo gordo, muy gordo. -Repuso Flora, mujer madura, bajita y rubicunda, una de esas personas que están siempre más interesadas en los asuntos de los demás que en los suyos propios. Pero no todos podemos ser inspectores de Hacienda, claro.

-Lo cierto es que durante años ha estado haciéndonos la muerte imposible, dijo Luis con gravedad. Parece ser que esa mosquita muerta ha mandado a mucha gente al quemadero.

Y así continuaron comentando retazos de la muerte y milagros de aquel maldito becario renegado, mitad inventados, mitad precocinados, mientras Pepe se quedaba con la primera impresión (que es la que vale salvo que trabajes reparando fotocopiadoras) pensando que el tal Beltrán no parecía tan mala persona.

Pasado algún tiempo Pepe se dejó llevar por la curiosidad y busco la forma de entablar conversación con él. En parte le atraía el personaje y en parte tenía interés en conocer más sobre el departamento, y ¡quien mejor para ello que alguien que había estado dentro!

Es curioso lo complicado que puede resultar a veces que se comuniquen una persona que está deseando hablar con alguien y otra que esta deseando de que le hablen. Si a esto le añadimos la ausencia de maquina de café, de cola para entrar en el servicio, de ascensor, de parada de autobús y hasta de un clima del que poder quejarse, ¿Como demonios se puede iniciar entonces una conversación casual con un desconocido? Pepe tuvo que inventar algo radicalmente nuevo, original y distinto: Tras pensarlo detenidamente, se acercó y le pregunto la hora.

-Son las “aquí eso no importa” menos cuarto – respondió mecánicamente, pero al reconocer a su interlocutor rectificó a un tono más agradable- Ah, es usted otra vez.

-Si, pensé en pedirle fuego pero, claro, como aquí todos hemos dejado ya el tabaco, se me ocurrió pedirle la hora.

-En vida no sería usted creativo publicitario, ¿verdad?

-No, autónomo.

-¡Menos mal! No quiero ni pensar en el hambre que habría pasado.

-¿Y usted?

-Licenciatura en exactas. Premio extraordinario. Doctorado y varios masters en criptografia, estadística… Pero después el mercado laboral me llevó a especializarme en una rama concreta de la aritmética y la ejercí durante muchos años hasta que una enfermedad profesional repentina me trajo aquí.

-Sorprendente, nunca hubiera imaginado que las matemáticas pudieran ser letales, pero ¿Qué especialidad era esa, si no es mucho preguntar?

-Cálculo aplicado al diferencial monetario sobre las variables: tasa, tiempo, distancia.

-¡La leche! Y eso sirve para….

-Para devolver el cambio. Era taxista. Una noche subí a un par de yonquis, apareció una navaja y, bueno, ¡que le voy a contar…!

-Entiendo, joder, toda una vida trabajando para que vengan dos malnacidos y…

-Es lo que yo digo, ¡qué trabajo les costaba pagarme la carrera! ¿No? Total ¡si no eran ni 20 euros! Pero ellos nada, erre que erre, que si me he dejado la cartera, que si luego vuelvo y te pago…

-Pero… Pero… ¿Es que se los cargó usted por eso?

-¿Yo? Jajaja. ¡No hombre! Me dieron una navaja a cambio y los deje largarse. ¡Pensar que yo….! Jajaja.

-Entonces, ¿en qué quedó la historia?

-lo dicho, enfermedad profesional. A ver ¿Que es lo que hacemos todos los taxistas en los semáforos?

-Pitarle al de delante.

-Además de eso.

-Sacarse los mocos.

-Pues eso, pero se me olvidó que llevaba la navaja abierta en la mano.

6.

 

Las charlas con Beltrán se fueron convirtiendo poco a poco en parte de la rutina de Pepe. La cercanía fué trayendo de la mano la confianza, pero Beltrán nunca hablaba de su paso por el departamento: el tema era tabú, y Pepe no sabía si se debía a una cuestión de integridad profesional, algo que cuadraría perfectamente con la personalidad de Beltrán, o había motivos ocultos tras su silencio.

Al margen de esto, el contacto con Pepe acarreó ciertos beneficios para Beltrán, pues la popularidad del primero comenzó a ejercer un efecto balsámico sobre la intransigencia, en casos beligerancia, del resto de muertos sobre Beltrán.

Consciente de ello y deseoso de limar profundamente estas asperezas, un día consiguió de Flora permiso para que cediera temporalmente su silla (algo realmente difícil de lograr dadas las circunstancias) y de esta forma atraer a Beltrán a su entorno, eso sí, bajo promesa de relato pormenorizado a Flora de todo lo que allí se pudiera hablar.

-Compañeros, este es Beltrán, ilustre matemático.

-Hola a todos -dijo Beltrán cauteloso.

-Hola – respondío Luis secamente.

-Esto… -empezó Beltrán deseoso de agradar- quisiera agradeceros que me recibáis entre vosotros, llevaba años sin hablar con nadie hasta que Pepe se acercó a mi hace poco.

-A quien tienes que agradecérselo es a Pepe, que nos ha chantajeado de mala manera para que te dirijamos la palabra- dijo Juan chandal-, porque si por mi fuera…

-Juan -medió Pepe- habíamos quedado en que…

-Si, ya lo sé, ya lo sé, pero es que tener aqui al lado a este indivíduo que ha fisgoneado todos nuestros expedientes me hace sentirme como si estuviera en pelotas en medio de la calle.

-Hombre, para lo que llevas puesto tampoco tendrías mucho que perder -dijo Luis socarrón.

-Ahi le has dao! – sentenció Pepe, y todos empezaron a reir.

Y aquella risa espontánea tuvo el mismo efecto del cigarrillo compartido con el soldado de la trinchera enemiga, demostrar que lo que enfrenta a las personas suele ser artificial y ajeno a su propia naturaleza.

-Oye -preguntó – ahora que lo pienso, ciertamente habrás visto muchos expedientes…

-No tantos, y la mayoria eran antiguos. A mi me dejaban todos los marrones: clasificar guerras, epidemias, terremotos…

-Ya, ya, pero algunos si que habras ojeado.

-Hombre, si, algunos si.

-¿El de la Contreras por ejemplo?

-Que va, todos los expedientes del personal estan clasificados, solo tiene acceso el CEO.

-¿Quien? -pregunto Juan.

-El CEO -insistió Beltrán-, que es el que manda.

-¿El de arriba? -insistió Juan.

-No, el CEO esta mas abajo, pero arriba.

-No me entero -Se puso pesadito Juan.

-Molina, coño. -Aclaro Luis.

-Ah, claro. Molina. Pero no sabía que le decían el feo.

-CEO -aclaro Pepe-, no feo. Ce-E-O.

-Pero si que habrá visto expedientes de los que andamos por aqui.

-No. Mi trabajo era ordenar y clasificar, solo abría las carpetas cuando no había otra manera de identificar a los borr.. a los muertos.

-¿Que es eso de borr..?

-Bueno, en el departamento a los muertos nos llaman borregos. Lo siento, se me ha escapado, llevo tanto tiempo sin hablar que me ha salido sin querer… pero no, no quiero recordar nada de aquello, para nada.

Lástima, pensó Pepe, la posibilidad de hablar con gente había ablandado algo la resistencia de Beltrán, y de hecho había contado algunas cosas, lo que siempre era un buen principio, pero algo había hecho click en su mente y se había vuelto a encerrar en si mismo. Tenía que averiguar qué era lo que pasaba, pero no ahora, no entre tanta gente.

7.

Después de concluir aquel encuentro que había sentado las bases de una nueva situación para Braulio, ahora ya más aceptado, o por lo menos así era en el centro de las últimas filas… pero, claro, os habréis perdido un poco. Braulio en realidad es Beltrán, Braulio Beltrán Benavides, un nombre compuesto por dos partes de casualidad y una de mala cabeza, la de su padre, quién no estaba lo suficientemente sobrio cuando fue al registro civil e inscribió a este hijo no deseado nombrándole con lo primero que se le vino a la cabeza para que el crío tuviera las tres Bés por iniciales, invocando así al destino para que esa criatura resultara Buena, Bonita y Barata para un hogar que ya estaba repleto de bocas que alimentar.

Pasar de llamarse Beltrán a Braulio no era más que otro síntoma de su incorporación al grupo de los borregos: por una ley no escrita, los muertos se llamaban entre ellos por el nombre, y los del departamento por el apellido, como probablemente hayáis intuido muchos de vosotros.

Retomando el hilo, tras el encuentro Pepe tuvo la intención de intentarlo de nuevo con Braulio, pero entre el tiempo perdido en poner al día a Flora con todo lujo de detalles, el tiempo invertido en devolver los mil favores que le había costado conseguir que su circulo aceptara a Braulio y el tiempo perdido en explicarle a Juan lo que era en realidad un CEO, cuando finalmente se pudo acercar al exbecario este ya había retornado a su letargo.

No era cuestión de sacarle de su mundo interior sino más bien de introducirse en él; con esa intención Pepe le hizo esa infausta pregunta que ha destrozado tantos y tantos matrimonios en la historia:

-¿En que estas pensando?

-Pues… en nada en concreto -respondió Braulio con la mirada perdida.

-No puede ser, algo te ronda por la mente y creo que te ayudaría contarlo. Un problema repartido entre dos pesa menos.

-Es mi problema, Pepe, es mi problema. No puedes hacer nada.

-Deja que eso lo decida yo. A ver, seguro que tiene que ver con tus tiempos de becario.

-Ya me has preguntado varias veces sobre eso, Pepe. ¿Por qué te interesa tanto?

-Pura curiosidad.

-¿Seguro?

-Eh… No. La verdad es que no tengo ninguna esperanza de salir de aquí y me espanta esta condena a estar siempre igual, a existir toda una eternidad sin poder hacer nada para evitarlo. Tal vez conociendo como funciona el sistema podría cambiarlo ¿no? Hacer algo al menos. Intentarlo. Tener algo por lo que luchar.

-Veo que no te importa mucho acabar en el infierno.

-No creo que pueda ser mucho peor que esto. Tal vez esto sea el infierno en realidad, y nuestra condena no consista en otra cosa que esperar eternamente.

-No sabes lo que dices.

-Entonces, ilustrame tú.

-De acuerdo. Pero vamos a empezar por lo que sabes. ¿Por que piensas que estamos aquí?

-Pues… porque arriba tienen dudas y no pueden decidir sobre nosotros, es decir, que no saben con seguridad si merecemos cielo o infierno.

-El de arriba es omnisciente. Lo sabe todo.

-Bueno, pero esta el libre albedrío y todo eso.

-No, para nada. La decisión se basa en hechos que ya han pasado, esto va de lo que has hecho y dicho en vida, de tu historia. Se nos juzga por eso y Él lo sabe todo. Y si lo sabe todo, entonces, ¿Por qué estamos aquí?

-Pues la verdad es que no lo sé.

-Pepe, si estamos aquí es para que todo esto siga abierto.

Anuncios

7 comentarios en “Crónicas del limbo (2)

  1. “-¿Y usted?

    -Licenciatura en exactas. Premio extraordinario. Doctorado y varios masters en criptografia, estadística… Pero después el mercado laboral me llevó a especializarme en una rama concreta de la aritmética y la ejercí durante muchos años hasta que una enfermedad profesional repentina me trajo aquí.

    -Sorprendente, nunca hubiera imaginado que las matemáticas pudieran ser letales, pero ¿Qué especialidad era esa, si no es mucho preguntar?

    -Cálculo aplicado al diferencial monetario sobre las variables: tasa, tiempo, distancia.

    -¡La leche! Y eso sirve para….

    -Para devolver el cambio. Era taxista. Una noche subí a un par de yonquis, apareció una navaja y, bueno, ¡que le voy a contar…!”

    Este fragmento es para ponerle un marco y colgarlo del cabecero de la cama. Muy buenas las dos partes, no sé porqué pero para mí darían para una peli de Berlanga o de Cuerda cojonudas!

    PD: he venido a parar a este relato a través de Buscando a Casiopea. Cuando vendas los derechos dale un porcentaje de la taquilla, que te está haciendo buena publichitá xD

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias! Entre todos me estáis dando un subidón que no me lo puedo creer. Hasta le estoy dando vueltas a convertirlo en una comedia en tres actos: actodenuevo, actoloquepuedas para venderlo y acto…marporculo. ¡Si solo son cuatro ocurrencias! Me alegro mucho si habéis echado unas risas, y a Casiopea le debo mínimo una cena (¿puedo llevar a los niños?)
      En serio, muchas gracias y encantado de conocerte. Ahora le doy a seguir a tu blog, que ya el nombre promete…!

      Me gusta

      1. Joder, pero son cuatro ocurrencias muy bien ocurridas. A mí es que el humor de retorcer palabras y de pillar por sorpresa me encanta! Y no, no tengo un blog, es el nombre que tengo puesto en fb XD si yo no sé apenas escribir, que soy zurdo y me mancho siempre con la tinta del boli 😦 Lo poco que hago son las letras de Los Giraflores pero porque como demostró Leonardo Dantés canciones puede escribir cualquiera jajajaja un saludo!

        Le gusta a 1 persona

    1. Son totalmente distintos: Nippú no es mas que un esquema repetitivo donde poder encajar la primera estupidez que se me va ocurriendo. Tiene mucho del humorista que crea una serie de “tics” y un personaje absurdo, y lo usa repetidamente como vehículo para montar sus parodias.

      Esto es diferente, tiene menos “momentos” absurdos y menos lugares comunes, y consiste más en hilar una historia a base de ocurrencias que poco a poco van encajando y le dan sentido a los personajes y a la propia historia. Pero esta construido a estirones, como crecen los adolescentes, y para hacer algo serio con esto tendría que empezar por crear un argumento y después ir encajando lo que hay con una trama más coherente.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s